3A La Prensa Panamá, lunes 10 de agosto de 2026 Panorama Rony González (Der.) con las banderas de Panamá y Ucrania en su brazo. Cortesía Tres años bajo fuego: la vida de un panameño en la guerra Ohigginis Arcia Jaramillo [email protected] CONFLICTO BÉLICO La Cancillería ha confirmado la vinculación de unos 30 panameños con la guerra entre Rusia y Ucrania. Rony González es uno de ellos y actualmente combate en las filas del ejército ucraniano. A sus 36 años, Rony González ha aprendido a medir el tiempo de otra manera. Lleva tres años y nueve meses en Ucrania, una parte importante de ese tiempo combatiendo junto al ejército de ese país. La guerra, dice, le cambió la forma de mirar la vida: antes pensaba en lo que haría al día siguiente; ahora piensa en el momento, porque “el día de mañana no está prometido para nadie”. Cuando se le pregunta cómo describe el campo de batalla, González no necesita demasiado tiempo para responder. Habla de una tierra “desollada”, impregnada por el olor de la pólvora y de cuerpos en descomposición. A lo lejos se escuchan disparos que no siempre permiten identificar dónde está el enemigo. También están los drones, los morteros y la artillería. “Cada paso que das para avanzar es como caminar descalzo en un camino lleno de espinas”, cuenta. En ese escenario, dice, la muerte deja de ser una posibilidad abstracta. “Donde perder la vida es mejor que quedar herido”, afirma. Cada día que logra ver el sol trae consigo la incertidumbre de querer seguir viviendo. El mayor temor, explica, no es estar solo, sino enfrentar un asalto enemigo con vehículos blindados y apoyo de tanques. Incluso comer se convierte en una especie de recompensa: “Cada cucharada de comida es el alivio que llega a tu estómago y sacia tu hambre”. González también recuerda la falta de condiciones básicas. Hay momentos en los que pasan meses sin poder bañarse. “No sabes qué huele más feo: un pedo o el olor que tiene tu cuerpo después de meses sin bañarte”, dice, con una crudeza que refleja la cotidianidad de quienes permanecen durante largos periodos en posiciones de combate. Para él, esa es la guerra: hambre, suciedad, incertidumbre y la necesidad permanente de identificar de dónde puede llegar el próximo ataque. Su motivación Llegó a Ucrania por decisión propia. González asegura que fue el segundo panameño en incorporarse al ejército ucraniano. Antes que él, dice, ya había otro panameño desde el comienzo de la guerra y asegura que todavía está vivo. No mantiene contacto personal con él, salvo por videollamadas. Su llegada, aclara, no ocurrió porque aquel compatriota lo convenciera: viajó por su propia cuenta. Su historia tampoco comenzó, como se ha contado en Panamá, simplemente después de perder un empleo en una mina en Donoso. González explica que la decisión fue el resultado de varios años de dificultades para encontrar trabajo. Intentó emprender, pero las cosas tampoco funcionaron. A eso, según cuenta, se sumaron el desempleo, el aumento de la violencia y el crimen, y su percepción de que el Gobierno prestaba mayor atención a las discusiones políticas que a los problemas cotidianos de los ciudadanos. En Ucrania también encontró una vida que no esperaba. Hace un mes se casó con una ucraniana, después de un año de noviazgo. La conoció a través de un amigo de ese país, quien le pidió que entregara un mensaje a su esposa. La mujer era vecina de quien hoy es la esposa de González. Así comenzó una cadena de mensajes que terminó acercándolos. Su esposa, cuenta, no parece interesada en el dinero ni en las ventajas que pudiera representar estar casada con un extranjero que combate en una guerra. Todo lo contrario. “Todos los días me ruega que deje este trabajo y que me quede en su casa”, relata. Vivir entre drones y trincheras La guerra le ha dejado también heridas. González asegura haber sido herido dos veces, por fuego de artillería, una granada y un dron. La experiencia que más recuerda ocurrió cuando su posición quedó completamente rodeada por el enemigo. Eran tres combatientes frente a unos 10 adversarios. Combatieron y lograron resistir. González salió con una herida menor provocada por un fragmento de granada. “Muchas veces” ha estado cerca de la muerte, responde cuando se le pregunta por ello. “Quien no ha estado cerca de la muerte en una guerra no ha ido a línea cero”, sostiene. No habla de cuántas personas ha matado. Dice que perdió la cuenta hace mucho tiempo y que no tiene permitido revelar esa información. Pero, sobre todo, afirma que no es algo que lo haga sentir orgulloso. “Al final del día solo cumplo con mi trabajo y defiendo un territorio que está siendo invadido”, explica. Sobre los combatientes del otro lado, evita hacer generalizaciones. Su percepción de los ucranianos, en cambio, es distinta. Los describe como un pueblo unido, humilde y bueno. “Cuando te ganas su confianza eres uno más de ellos, no te miran como un extranjero, eres un hermano más”, dice. Él, que llegó desde Panamá y terminó incorporándose a una sociedad en guerra, asegura que ha encontrado allí una segunda casa. Por eso no descarta quedarse. Si la guerra termina, dice, le gustaría vivir en Ucrania.
RkJQdWJsaXNoZXIy MTUxMjQ5NQ==