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7A La Prensa Panamá, viernes 7 de agosto de 2026 Goytía, las constituciones de Panamá y las comarcas indígenas Stanley Heckadon Moreno Especial para La Prensa [email protected] 1970 En la década de 1960, aproveché la publicación de su trilogía ‘Panamá en el siglo XIX’ para visitarlo, y encontré fascinantes sus historias sobre los primeros 50 años de república. En 1976 volví para entrevistarlo sobre las constituciones que había tenido el país. Al recordar su forma culta de hablar pienso en cuánto ha retrocedido nuestra cultura política. En las décadas de 1970 y 1980, trabajé como antropólogo en la Dirección General para el Desarrollo de la Comunidad, y con la Dirección General de Planificación Económica de la Presidencia. Entre mis labores estaban, evaluar proyectos de desarrollo rural, la demarcación de las comarcas indígenas y las áreas protegidas del país. Durante mis giras de campo llevaba en la mochila: mosquitero y manta comprada en La Villa de Caracas, poncho, dos mudas de ropa, foco, brújula, cámara, medicamentos, antídoto antiofídico brasileño y un frasquito de Culebra Crogoe, pócima para mordidas de serpientes que en Kankintú me obsequió Luciano Stonestreet, famoso curandero del río Cricamola. Me recomendó que si me picaba una serpiente venenosa y en luna llena, debía tomar una cucharada sopera calentándola con un fósforo o tizón. De no cesar la hemorragia, tomar otra cucharada, quedarme en cama, solo beber líquidos y no ver mujeres. Llevaba también mapas distritales de la Dirección Nacional del Censo, los mejores, mostrando los caminos de a pie, los ríos y sus vados, los caseríos y cerros importantes. El objetivo de estas giras a pie era identificar las necesidades más sentidas de la gente y su nivel de organización para acometer pequeños proyectos como escuelas, puestos de salud, zarzos y mejoras a los caminos. A la serranía del Tabasará entré en el invierno de 1970 con mi baquiano y lengua traductor Marcos Quintero Bejarano, dirigente guaymí de Cerro Iglesias. Llegamos a un caserío al norte de Tolé donde 10 días antes cinco niños se habían ahogado en la quebrada Tambor, al regresar a casa de la escuela; tragedia frecuente en esta región lluviosa, empinada y de ríos pedregosos. De todo faltaba en estas comunidades, salvo las hambrunas y epidemias si una sequía destruía las cosechas. Pero la gente me decía que su mayor necesidad era la comarca, es decir, la seguridad sobre la tierra. Desde la construcción de la Interamericana entre Santiago y David, en la década de 1960, los latinos avanzaban desde el sur cercando las tierras para potreros. Este acaparamiento de tierras me llevó a ocuparme de recabar información sobre las leyes de Panamá acerca de los indígenas durante la colonia, en tiempos de Colombia y con la república desde 1903. Ya que las constituciones son un tema medular, entrevisté a reputados constitucionalistas. Uno de ellos profesor en la Universidad Santa María la Antigua, fundador del Movimiento Acción Comunal, ministro de educación, diputado a la Asamblea Nacional, candidato a la presidencia y de los que redactaron la carta de la Organización de Estados Americanos. Su nombre, Víctor Florencio Goytía Alvarado, nacido en Soná en 1899. Aproveché la publicación de su trilogía Panamá en El siglo XIX, para llamarlo, felicitarlo por su nueva obra, presentarme y explicarle lo que en mente tenía. Dijo que estaba jubilado, un poco mal de salud, pero me recibiría en su casa en Punta Paitilla. Al enterarse que mi mamá era maestra y había venido manejando desde Chiriquí a visitarme, me dijo que la trajera para cenar. Encontré fascinantes sus historias sobre Panamá en los primeros 50 años de república. Tanto así que se me olvidó el tema del cual quería hablarle. Me sorprendió que me pidió que le hablase sobre los ríos donde habitaban los indígenas tal como el Tuira, Chucunaque, Cricamola, Teribe, Fonseca, el Calovébora, y de la serranía del Tabasará. El 10 de marzo de 1976 volví a entrevistarlo. Esto me comentó sobre las constituciones y las comarcas indígenas de Panamá. “Hemos tenido muchas constituciones durante los siglos 19 y 20. Pero desafortunadamente unas son copias casi textuales de otras. ¿Por qué? Porque obedecían a los intereses personales de un personaje que quería ampliar su periodo presidencial. El caso de las leyes dirigidas a las comunidades indígenas ha sido solo reflejo de un problema de nuestra jurisprudencia constitucional, desconocimiento de nuestras realidades sociales. Se hacían leyes sin estudiar, ni conocer las realidades sociales y culturales de nuestro país. En consecuencia, esas leyes al ser puestas en práctica chocaban con la realidad social. Este desconocimiento es trágico porque qué es la ley sino una cristalización de las costumbres y tradiciones sancionadas por un pueblo. Si se dicta una ley que no concuerda con la realidad social de su medio, entonces hay conflicto inevitable entre la ley y el medio. No se puede aplicar. Es decir, entonces, las leyes de la república sobre indígenas se establecían sin estudiar primero las culturas a las cuales iban dirigidas. ‘Territorio’, ‘Circunscripción’ y ‘Comarca’ son conceptos utilizados para describir un área que no embona fácilmente con la división político y administrativa civil del país. Por ejemplo, que en nuestro caso es provincia, distrito, corregimiento, regimiento. Por tanto se utilizan estos términos para expresar estas realidades. En una comarca hay una realidad cultural única. Pero en un circunscripción o territorio puede haber varios grupos culturales”. Al recordar la forma culta y educada de hablar de don Víctor Florencio Goytía, con la forma de expresarse de algunos de los diputados a la Asamblea Nacional en este siglo XXI, pienso en cuánto ha retrocedido nuestra cultura política. Víctor Manuel Álvarez F. [email protected] Imagen conceptual elaborada con asistencia de OpenAi. La vieja ‘rockola’ Las viejas rockolas tenían un encanto difícil de explicar. Bastaba introducir una moneda, escoger una canción y esperar que la aguja hiciera su trabajo. Eran mucho más que una máquina; eran el corazón de cafeterías, bares y restaurantes. Allí sonaban boleros, tangos, salsa, rock and roll y las canciones que terminaban convirtiéndose en la banda sonora de una generación. Pocos saben que el nombre con el que las conocemos proviene de Rock-Ola, una empresa fundada en Estados Unidos por David Cullen Rockola. Con el paso de los años, aquella marca terminó dando nombre a todas esas máquinas musicales que ofrecían algo maravilloso: la posibilidad de elegir. Una buena rockola nunca imponía una canción; ponía a disposición decenas de historias convertidas en música. Hace algún tiempo comprendí que esa vieja máquina tenía mucho que enseñarnos sobre la comunicación. Durante una clase universitaria conté una anécdota para ilustrar un tema. Les relaté a mis estudiantes cómo hice mi primera compra por internet. Muchos imaginarán que fue una computadora, un teléfono celular o algún aparato tecnológico. No. Lo primero que compré fue un muñeco de Roberto Durán. La historia provocó sonrisas y cumplió su propósito pedagógico. Días después, un estudiante levantó la mano y me sorprendió con una petición inesperada. —Profesor, vuelva a contar la historia del muñeco de Roberto Durán. Mi primera reacción fue pensar que estaba bromeando. Sin embargo, hablaba completamente en serio. Quería escuchar nuevamente la historia. Fue entonces cuando entendí algo que nunca había considerado: existen relatos que las personas disfrutan escuchar más de una vez. No porque desconozcan el final, sino porque vuelven a disfrutar la emoción con la que son contados. Lo mismo ocurre con una buena canción. Sabemos exactamente cómo empieza, cómo termina y, aun así, la escuchamos decenas de veces. También sucede con ciertas películas, con los cuentos infantiles que los niños piden cada noche o con ese gol histórico que un aficionado al fútbol puede ver una y otra vez sin perder el entusiasmo. Pero no todas las historias tienen ese privilegio. Existen personas que convierten cada conversación en un concierto de un solo tema. Cambia el lugar, cambia el público y cambian los años, pero ellas siguen interpretando el mismo repertorio. Antes de que comiencen a hablar, ya sabemos cuál será la anécdota, el chiste, la queja o la opinión que volverán a repetir. Es allí donde aparece la vieja rockola. No porque repita canciones, sino porque parece tener un solo disco disponible. Como profesor, esa experiencia me dejó una lección que intento compartir con mis estudiantes. Comunicar bien no consiste únicamente en hablar con seguridad. También significa saber leer al público. Hay historias que merecen regresar porque siguen emocionando. Otras ya cumplieron su ciclo y necesitan descansar. Por eso siempre les digo que alimenten su conversación. Lean un libro. Escuchen un podcast. Visiten un museo. Conversen con personas distintas. Aprendan una habilidad nueva. Viajen cuando puedan, aunque sea al barrio de al lado. Observen. Pregunten. Curioseen. La mejor forma de no repetir siempre el mismo discurso es darle a la mente material nuevo para pensar. También les recuerdo algo que suele olvidarse: levantar la voz no fortalece un argumento. Una buena idea no necesita gritar para hacerse escuchar. Lo que convence no es el volumen, sino la claridad; no es la insistencia, sino la calidad del mensaje. Todos repetimos alguna historia de vez en cuando. Eso nos hace humanos. Lo importante es que nuestro repertorio sea mucho más amplio que una sola anécdota. Quizá por eso sigo recordando aquellas viejas rockolas con tanta simpatía. A diferencia de algunas personas, ellas siempre ofrecían alternativas. Si un bolero no era el indicado, bastaba elegir un tango. Si el tango no convencía, allí estaban la salsa, el jazz o el rock and roll esperando su turno. La comunicación debería funcionar igual. Tener la capacidad de cambiar de tema, de descubrir nuevas historias, de sorprender a quienes nos escuchan y, sobre todo, de saber cuándo una anécdota merece volver a contarse y cuándo es momento de buscar otra. Porque, al final, una buena conversación no se mide por la cantidad de palabras que pronunciamos, sino por la cantidad de puertas que abrimos en la imaginación de quienes nos escuchan. Y, si alguna vez descubre que lleva años contando exactamente la misma historia, no se preocupe. No necesita cambiar de voz. No necesita hablar más fuerte. Solo necesita hacer lo que hacían las viejas rockolas: ampliar el repertorio. El autor es profesor universitario, periodista y abogado. Víctor Florencio Goytia nació en Soná, Veraguas, departamento de Panamá, República de Colombia, en 1899. Falleció en Santiago, en 1979.

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