7A La Prensa Panamá, lunes 29 de junio de 2026 Contacto [email protected] Los artículos de opinión y las caricaturas son responsabilidad exclusiva de los autores. La opinión de La Prensa se expresa únicamente en el Hoy por Hoy. etapas que inevitablemente llegarán después: el matrimonio, la paternidad, el envejecimiento, la pérdida de seres queridos, la jubilación y, para quienes tenemos fe, el encuentro definitivo con Dios. ¿Cuántos de nosotros recibimos formación en finanzas personales? ¿Cuántos aprendimos a elaborar un presupuesto, administrar una deuda, ahorrar, invertir o distinguir entre un activo y un pasivo? Muchos llegamos a la vida adulta sin comprender conceptos básicos sobre el manejo del dinero y aprendimos esas lecciones por ensayo y error, a veces pagando un precio elevado. Algo parecido ocurre con la inteligencia emocional. Aprendimos a resolver ecuaciones, pero pocas veces nos enseñaron a manejar la frustración, controlar nuestros impulsos, enfrentar el fracaso o resolver conflictos de manera constructiva. Y, sin embargo, estas habilidades suelen determinar más nuestro éxito personal y profesional que muchos conocimientos técnicos. Tampoco recibimos mucha formación en comunicación, negociación o relaciones humanas. Aprendimos a responder preguntas en un examen, pero no necesariamente a escuchar con atención, expresar nuestras ideas con respeto o construir relaciones duraderas basadas en la confianza. Quizás una de las mayores ausencias ha sido la formación del carácter. La disciplina, la prudencia, la responsabilidad, la paciencia y la perseverancia son virtudes que rara vez aparecen en los programas académicos, aunque terminan siendo fundamentales para alcanzar cualquier meta que valga la pena. Con el paso de los años, muchos descubrimos otra realidad: el conocimiento por Las colaboraciones para la sección de Opinión deben incluir la identificación del autor. Los artículos no deben exceder 650 palabras. No se publican colaboraciones que hayan aparecido en otros medios y La Prensa se reserva el derecho de seleccionar, editar y publicar. No devolvemos el material. El espejismo del crecimiento: ¿Quién se ha llevado nuestra riqueza? Desigualdad trabajadores en Panamá sobreviven en la economía informal. Para esta inmensa masa ciudadana, los deslumbrantes récords del PIB no son más que una ilusión lejana estadística. La verdadera conexión entre ambas economías debería ser el empleo. El hijo de un agricultor debería tener la libertad y la preparación para terminar trabajando en el centro bancario. A esto se suma la ceguera selectiva de un modelo que confunde la macroeconomía con la vida real. Mientras los informes oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (INEC) presumen de una inflación general estadísticamente moderada (que en 2025 cerró incluso en -0.2% y para inicios de 2026 acumula cerca del 2.2%), el panameño común mide su economía con la vara implacable del gasto diario. Lo que golpea el bolsillo son los aumentos asfixiantes en sectores clave: repuntes recientes del 3.5% en transporte impulsados por el combustible, alzas del 4.3% en electricidad y energía, y el encarecimiento constante de alimentos frescos. Estos altos costos devoran con rapidez cualquier ajuste salarial y castigan severamente el poder adquisitivo, neutralizando la más mínima sensación de bienestar. Esta dinámica no es accidental; es el motor de nuestra desigualdad. No es casualidad que Panamá figure de manera Paola Serracchiani Lo que aprendimos demasiado tarde Educación La mayoría de nosotros pasamos más de una década en las aulas. Aprendimos matemáticas, historia, geografía, ciencias y literatura. Muchos continuamos nuestros estudios en la universidad y algunos tuvimos el privilegio de asistir a excelentes centros educativos. Sin embargo, al llegar a la vida adulta, descubrimos algo inesperado: muchas de las lecciones más importantes para vivir bien nunca formaron parte del currículo. No se trata de criticar a la escuela ni de restarle importancia a la educación académica. Todo lo contrario. Una buena educación sigue siendo una de las herramientas más poderosas para progresar en la vida. Pero con frecuencia nos preguntamos por qué dedicamos tantos años a estudiar y tan poco tiempo a aprender algunas de las habilidades que terminan influyendo profundamente en nuestro bienestar, nuestras relaciones y nuestro futuro. Si tuviéramos que enumerar algunas de esas lecciones ausentes, probablemente incluiríamos cómo relacionarnos con Dios y descubrir nuestro propósito; cómo escoger con prudencia a la persona con quien compartiremos la vida; cómo administrar el dinero y preservar el patrimonio; cómo controlar nuestras emociones y tomar decisiones responsables; cómo formar una familia y educar a nuestros hijos; cómo prepararnos para la vejez y, finalmente, cómo afrontar con serenidad el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Resulta curioso que gran parte de los programas educativos estén orientados a prepararnos para los primeros treinta o cuarenta años de vida: estudiar, trabajar y producir. Sin embargo, dedican mucho menos tiempo a prepararnos para las sí solo no basta. Podemos saber qué debemos hacer y aun así no hacerlo. Podemos recibir buenos consejos y no seguirlos. Podemos comprender una lección intelectualmente y tardar décadas en aplicarla en la práctica. Por eso, la educación más importante no consiste únicamente en transmitir información. También debe ayudarnos a formar el juicio, el carácter y la capacidad de tomar buenas decisiones. Y quizás existe una dimensión aún más profunda que con frecuencia dejamos de lado: la espiritual. Vivimos en una época que nos enseña cómo producir, competir y consumir, pero pocas veces nos invita a reflexionar sobre el propósito de nuestra vida. Aprendemos a ganarnos la vida, pero no siempre aprendemos para qué vivimos. Nos preocupamos por el éxito profesional, pero no necesariamente por la sabiduría para utilizar ese éxito de manera responsable. La tradición cristiana enseña que la verdadera sabiduría no consiste únicamente en acumular conocimientos, sino en aprender a vivir conforme a la verdad, el bien y el amor. En otras palabras, no basta con desarrollar la inteligencia; también debemos formar la conciencia. Con el paso de los años, muchos de nosotros seguimos aprendiendo lecciones que habríamos agradecido conocer mucho antes. Sin embargo, nunca es tarde para aprenderlas ni para compartirlas con las nuevas generaciones. Quizás el objetivo último de la educación no sea únicamente preparar personas para ganarse la vida, sino formar seres humanos capaces de vivirla bien. Personas que sepan administrar sus recursos, controlar sus emociones, construir familias sólidas, servir a los demás y actuar con responsabilidad. Porque, al final, los títulos académicos pueden abrir puertas, pero son el carácter, la prudencia y la sabiduría los que nos ayudan a caminar correctamente una vez que hemos entrado. Opinión EL AUTOR es empresario, consultor y caballero de la Orden de Malta. LA AUTORA es amiga de la Fundación Libertad crónica entre los países con peor distribución de ingresos del mundo (con un índice de Gini que se sitúa actualmente alrededor de 50.6, posicionando a Panamá como el segundo país con mayor desigualdad de ingresos en América Latina). La riqueza generada por este crecimiento se queda retenida en las capas más altas de la sociedad y se concentra casi exclusivamente en la región metropolitana, ensanchando una brecha histórica y dolorosa con las clases populares, las provincias del interior y las comarcas. Toda esta arquitectura de exclusión se sostiene gracias a un pilar innegable: la corrupción institucionalizada y el amiguismo. No se trata únicamente de políticos saqueando fondos públicos de manera aislada, sino de un sistema estructural donde el poder estatal se utiliza para otorgar licitaciones a dedo, crear barreras de entrada que protegen a los monopolios amigos y destruir la libre competencia. La corrupción actúa como el impuesto más regresivo y cruel de todos, castigando al emprendedor que intenta surgir por mérito propio y asfixiando cualquier posibilidad real de movilidad social. Al igual que ocurre con nuestra política, donde el poder se concentra en grupos privilegiados, nuestro modelo económico ha normalizado la exclusión. Entonces, cabe preguntarse: ¿podemos realmente afirmar que el país está creciendo cuando dejamos a la mayoría de su gente fuera de la ecuación? Un crecimiento centralizado que no se traduce en libertad económica, oportunidades y desarrollo humano no es más que un espejismo estadístico, diseñado para tranquilizar a unos pocos mientras condena al resto a sobrevivir en las sombras del progreso. Durante años, nos hemos acostumbrado a escuchar, como si de un mantra irrefutable se tratase, las noticias que celebran el milagro económico panameño. Con un crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto (PIB) de entre un 4.0% y un 5.0% anual, ostentamos cifras que superan con creces la media mundial del 3.0% y que eclipsan el modesto 2.0% de América Latina. Sin embargo, bajo la superficie de estas estadísticas, surge una interrogante: ¿está el panameño de a pie experimentando realmente este bienestar? Si nuestra economía despega como un cohete, resulta evidente que la inmensa mayoría de los ciudadanos se ha quedado en tierra, observando el ascenso desde la precariedad. La realidad es que no existe un solo Panamá, sino dos repúblicas paralelas que cohabitan el mismo territorio. Por una parte, prospera el lado del tránsito y los servicios globales: el Canal de Panamá, los puertos, el centro bancario internacional y la Zona Libre de Colón. Por otro lado, sobrevive el Panamá de la economía interna. Aquí, en sectores como la agricultura, el comercio al por menor y la construcción, se aglomera la mayoría de la fuerza laboral del país. Sin embargo, es un ecosistema condenado a la baja productividad, a salarios estancados y a un crecimiento real raquítico. El drama se vuelve aún más profundo al notar que prácticamente cinco de cada diez Vivimos en una época que nos enseña cómo producir, competir y consumir, pero pocas veces nos invita a reflexionar sobre el propósito de nuestra vida. Aprendemos a ganarnos la vida, pero no siempre aprendemos para qué vivimos. Alfredo Motta La realidad es que no existe un solo Panamá, sino dos repúblicas paralelas que cohabitan el mismo territorio. Por una parte, prospera el lado del tránsito y los servicios globales: el Canal de Panamá, los puertos, el centro bancario internacional y la Zona Libre de Colón. La toga no es un escenario Justicia Algo está cambiando en la cúpula del Órgano Judicial, y no necesariamente para bien. La Junta Directiva ampliada de la Corte Suprema de Justicia parece haber asumido una nueva función: la del protagonismo permanente. Embajadas, vuelos en helicóptero, giras al interior, actos protocolares, recepciones diplomáticas, celebraciones patrias en el Palacio Presidencial y toda clase de eventos sociales forman parte de una agenda que difícilmente puede confundirse con la misión esencial de impartir justicia. La pregunta es inevitable: ¿desde cuándo el protagonismo institucional forma parte de las funciones de un magistrado? La respuesta debería ser contundente: nunca. La toga no fue concebida para desfilar entre cámaras, micrófonos y ceremonias oficiales. Su verdadero significado es exactamente el contrario: discreción, independencia, prudencia y distancia frente a los demás poderes del Estado. Un juez que busca visibilidad corre el riesgo de sacrificar el mayor patrimonio de la justicia: la apariencia de imparcialidad. Mientras más se exhibe un magistrado, menos habla la institución. La justicia no necesita figuras públicas; necesita jueces que hablen únicamente a través de sus sentencias. La confianza ciudadana no se construye con fotografías oficiales ni con agendas sociales, sino con decisiones oportunas, independientes y valientes. El contraste con otras democracias consolidadas resulta revelador. En Estados Unidos, los magistrados de la Supreme Court of the United States son prácticamente invisibles en la vida pública. No buscan reflectores ni protagonismo político. Su autoridad proviene de la fuerza de sus decisiones y del respeto que inspira su reserva institucional. Precisamente esa distancia fortalece la credibilidad del sistema judicial. En varios países latinoamericanos, por el contrario, comienza a instalarse una peligrosa cultura del magistrado protagonista, en la que la exposición pública parece confundirse con liderazgo. Pero el liderazgo judicial no se mide por la cantidad de eventos a los que se asiste, sino por la capacidad de defender la independencia de la justicia, incluso cuando ello incomoda al poder. La Corte Suprema no necesita magistrados populares; necesita magistrados respetados. La popularidad es pasajera. La credibilidad institucional es permanente y mucho más difícil de recuperar cuando se pierde. La justicia debe inspirar confianza desde el silencio de la toga, no desde el ruido del protocolo. Cuando un magistrado se convierte en un actor permanente de la vida social y política, la línea que separa la independencia judicial del protagonismo institucional comienza a desdibujarse. Y esa es una frontera que una democracia seria jamás debería permitir que se cruzara. EL AUTOR es abogado Rodrigo Julio Molina Fundado en 1980 Miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa Presidente y Director Editorial (Encargado) Jorge Molina Mendoza Subdirectora de Investigación, Política y Judiciales Mónica Palm Subdirector Asociado Rolando Rodríguez B. Subdirectora Digital Yolanda Sandoval Editor del Impreso Juan Luis Batista Jefa de Información Cecilia Fonseca Gerente General Sudy S. de Chassin ISSN 2953-3252: La Prensa ISSN L 1605-069X: prensa.com Aviso sobre el uso de Inteligencia Artificial Este periódico emplea inteligencia artificial (IA) para asistir en la edición de contenidos y mejorar la experiencia de lectura. Garantizamos que todo contenido publicado es creado y rigurosamente revisado por nuestro equipo editorial antes de su difusión. Utilizamos la IA como herramienta de apoyo para asegurar la precisión y calidad de la información que entregamos a nuestros lectores. Esta es una publicación de Corporación La Prensa, S.A. ©. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción, sin la autorización escrita de su titular. Presidente fundador Roberto Eisenmann Jr. Director emérito Guillermo Sánchez Borbón
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