7A La Prensa Panamá, domingo 26 de abril de 2026 Javier Milei entró de forma disruptiva en escenario político argentino y regional Getty Images El péndulo se mueve a la derecha Daniel Zovatto ESPECIAL PARA LA PRENSA [email protected] ANÁLISIS El avance de la derecha reconfigura la política en América Latina, pero los próximos seis meses, con elecciones clave, definirán si el péndulo consolida un nuevo ciclo. América Latina atraviesa un giro político sostenido hacia la derecha. Entre 2022 y los primeros meses de 2023, las seis principales economías de la región estaban gobernadas por fuerzas de centroizquierda o izquierda Sin embargo, 14 elecciones presidenciales celebradas en los últimos tres años han reconfigurado de manera significativa el mapa político regional. El punto de inflexión se produjo en 2023, con los triunfos de Santiago Peña en Paraguay, Daniel Noboa en Ecuador y la irrupción disruptiva de Javier Milei en Argentina. En 2024, la derecha consolidó su avance con las victorias de José Raúl Mulino en Panamá, Nayib Bukele en El Salvador y Luis Abinader en República Dominicana. El ciclo se intensificó en 2025, con cuatro elecciones y cuatro triunfos de fuerzas de derecha, entre ellos el de José Antonio Kast en Chile, la reelección de Noboa en Ecuador y resultados favorables en Bolivia y Honduras. En febrero de 2026, la victoria holgada de la oficialista Laura Fernández en Costa Rica terminó de confirmar esta tendencia. El balance es claro: once de las catorce elecciones han sido ganadas por fuerzas de derecha —aunque heterogéneas en sus orientaciones—, frente a solo tres triunfos de la izquierda: Bernardo Arévalo en Guatemala, Claudia Sheinbaum en México y Yamandú Orsi en Uruguay. Sin embargo, el mapa emergente exige una lectura más desagregada. Aunque la derecha encadena victorias, la izquierda aún retiene el control de las principales economías de la región. Brasil, México y Colombia concentran, en conjunto, cerca del 70% del PIB regional y alrededor del 60% de su población. Esta asimetría matiza la narrativa de un giro uniforme y sugiere un reequilibrio más complejo que un simple cambio de signo ideológico. Lo que se observa no es únicamente un desplazamiento doctrinario hacia la derecha, sino también la consolidación de un nuevo ciclo de voto de castigo. En gran medida, los electores no están votando solo por afinidad ideológica, sino en respuesta a la frustración acumulada. La inseguridad, el deterioro del poder adquisitivo, la debilidad del empleo y la persistencia de la corrupción han erosionado la confianza en los gobiernos incumbentes —mayoritariamente asociados a la segunda “marea rosa”—. En ese contexto, la derecha emerge como la principal alternativa disponible frente al malestar social y la demanda de cambio. Pero el fenómeno no se agota en el castigo. También refleja una transformación en la oferta política. Las nuevas derechas han demostrado una notable capacidad de conexión con el electorado, apalancándose en redes sociales y en mensajes simples, directos y emocionalmente eficaces. Han sabido capitalizar el rechazo a la política tradicional, así como las preocupaciones en torno a la inseguridad — la bukelización de la política— y la migración, articulando discursos antisistema que resuenan en sociedades fatigadas y, de manera creciente, entre los votantes más jóvenes. A este escenario se suma un factor externo de creciente relevancia: la nueva política hemisférica de Donald Trump. El respaldo a gobiernos ideológicamente afines, junto con iniciativas como la llamada “doctrina Donroe” y el “Escudo de las Américas”, ha reforzado la convergencia entre las derechas latinoamericanas y Washington. Este alineamiento no solo tiene implicaciones geopolíticas; también incide en la dinámica electoral interna de varios países, como evidenciaron sus intervenciones en las elecciones de Argentina y Honduras en 2025, y podría volver a manifestarse en algunos comicios de este año. En este contexto, las elecciones en tres países sudamericanos en los próximos seis meses —Perú, Colombia y Brasil— serán decisivas. En Perú, el escenario aparece, por ahora, favorable a la derecha. Keiko Fujimori lidera la primera vuelta con apenas el 17% de los votos, pero la disputa por el segundo lugar —entre el izquierdista Roberto Sánchez y el derechista Rafael López Aliaga— sigue abierta y se definirá en sede judicial dada la estrechez de los márgenes registrados en la primera quincena de mayo. El balotaje del 7 de junio se celebrará en un contexto de alta polarización, institucionalidad frágil y riesgo de conflictividad postelectoral. En Colombia, Gustavo Petro no puede buscar la reelección por mandato constitucional, lo que obliga a una competencia sin incumbente. De cara a la primera vuelta —31 de mayo— Iván Cepeda lidera las preferencias dentro de la izquierda, pero enfrenta un escenario desafiante. La derecha, de momento, aparece fragmentada entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Todo indica que el proceso desembocará en un balotaje —el 21 de junio— altamente competido, donde el resultado no está asegurado para ningún bloque. En Brasil, la contienda entre Luiz Inácio Lula da Silva —que aspira a la reelección— y la derecha bolsonarista, representada por Flávio Bolsonaro, se desarrolla en un clima de alta polarización. De cara a la primera vuelta del 4 de octubre, las encuestas apuntan a un empate técnico, reflejo de una sociedad profundamente fragmentada y de la alta probabilidad de una segunda vuelta el 25 de octubre. Dado el peso de Brasil —la mayor economía y población de la región—, el resultado tendrá implicaciones sistémicas para el conjunto de América Latina. Si la derecha lograra imponerse en estos tres países —un escenario improbable, pero no descartable—, el mapa político regional experimentaría una reconfiguración profunda. La izquierda democrática — excluyendo los regímenes autoritarios de Venezuela, Nicaragua y Cuba— quedaría reducida a un núcleo acotado de países: México, Guatemala y Uruguay. Un desenlace de esta naturaleza implicaría no solo una contracción significativa del espacio político de la izquierda en la región, sino también el debilitamiento de sus redes de articulación y capacidad de incidencia. En términos más amplios, supondría una redefinición de la agenda política continental, con efectos potenciales sobre las prioridades de política pública, los equilibrios ideológicos y la inserción internacional de América Latina. Pero incluso ese resultado no garantizaría estabilidad. Porque el problema de fondo no es quién gana, sino si quienes gobiernan logran responder a las demandas ciudadanas. Si la derecha no consigue mejorar la seguridad, reactivar el crecimiento, generar empleo y crear oportunidades, el péndulo volverá a oscilar, como ya lo ha hecho en tres ocasiones previas desde comienzos de este siglo. A este cuadro se añade una variable externa de alto impacto: las elecciones de medio término del 3 de noviembre en Estados Unidos. Una eventual pérdida del control de la Cámara de Representantes —un patrón recurrente para el partido en el poder—, o incluso del Senado por parte de los republicanos, limitaría de forma significativa el margen de maniobra del presidente Trump en los dos últimos años de su mandato, con efectos directos sobre su política exterior y, por extensión, sobre América Latina. Resumiendo: los próximos seis meses serán decisivos. Perú, Colombia y Brasil no solo elegirán presidentes: definirán el nuevo equilibrio del mapa político latinoamericano y la forma en que la región se inserta en un orden internacional en transición, cada vez más fragmentado y atravesado por la intensificación de la competencia entre Estados Unidos y China en el hemisferio. Del análisis previo se desprende una doble interrogante. En el corto plazo, la cuestión central es si el mapa político-electoral tenderá a una mayor homogeneidad —con una clara predominancia de gobiernos de derecha— o si, por el contrario, evolucionará hacia una configuración más heterogénea, en la que coexistan gobiernos de derecha con otros de izquierda en varias de las principales economías de la región. En un horizonte de mediano plazo, la incógnita es distinta, pero no menos relevante: determinar la duración de este nuevo ciclo político. La pregunta es si se tratará de un ciclo prolongado, comparable al de la “primera marea rosa” de comienzos del siglo XXI, o si, por el contrario, será un episodio más breve y volátil, similar a los dos últimos ciclos políticos, reflejo de electorados cada vez más fluctuantes y menos alineados ideológicamente. En una Latinoamérica donde las mayorías son volátiles y la paciencia social se agota con rapidez, la cuestión central no es solo si la derecha seguirá avanzando o si la izquierda logrará contener ese impulso. En efecto, el interrogante de fondo no es ideológico sino de desempeño: si los nuevos gobiernos tendrán la capacidad de entregar resultados oportunos y eficaces frente a las demandas ciudadanas. La respuesta definirá su futuro en un entorno de alta incertidumbre, fragmentación y polarización, crecimiento anémico, instituciones frágiles, gobernabilidad tensionada, democracias bajo presión y una competencia geopolítica cada vez más intensa. Nayib Bukele Getty Images Luiz Inácio Lula da Silva. EFE José Raúl Mulino felicita a José Antonio Kast en su toma de posesión EFE
RkJQdWJsaXNoZXIy MTUxMjQ5NQ==