los nudillos una pequeña ventana de madera. La farola se apaga en el mismo instante en que el vinatero mudo abre el ventanuco. Ni veo su cara ni me recibe con un saludo. Con timidez, pido un chianti clásico; de un golpe seco y sonoro, cierra la ventanita y me deja como única compañía una corriente heladora que sale del interior. Unos segundos más tarde, que se me hacen horas, una mano me sirve un vaso de un caldo toscano con aroma a cereza, tierra y bosque. Quizá por el efecto de la luz no veo el brazo, o quizá es que no lo tiene. Dicen que solo una mano ha quedado como único testigo de un bodeguero acusado de envenenar el vino durante la peste negra para librarse de los contagiados. Le mutilaron y colgaron su cabeza sobre su buchetta como aviso. Algunas noches su fantasma sirve un vino excelente; si lo tomas, se te aparecerá en sueños durante siete noches seguidas y te levantarás con regusto a sangre en el paladar. Como dicen los florentinos “non é vero, ma ci credo”; no es verdad, pero me lo creo. Continúo mi camino con el corazón acelerado y las piernas de mantequilla. En la vía de la Belle Donne, una buchetta tapiada y con una señal de la cruz encima marca el lugar donde una monja de clausura vendía vino a escondidas para sacar dinero y comprar medicinas para los pobres. La descubrieron y la emparedaron detrás de la ventana. Si pegas la oreja a las 3 de la mañana oyes un susurro: “Quiere vinio, signore? Nadie que haya respondido que sí ha vuelto a beber tranquilo. “Non é vero, ma ci credo”. El aroma del ‘chianti’ te transporta a la Toscana. ‘Buchetta’ de vino enrejada… mejor que vayas de día. En las ‘buchette’ modernas también puedes tomar el aperitivo. Prueba un Hugo Spritz. ‘Buchetta’ de vino florentina. WWW.INVESTOR.COM.PA 32 TRAVEL
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