Los olivos custodian la próxima cosecha de ‘chianti’. A lo lejos escucho las campanas de la Santa Croce que rasgan el silencio de la noche… va siendo hora de retirarme, pero “non c´é due senza tre”; no hay dos sin tres, allá voy. En la vía della Forca colgaban a los condenados a la horca y a unos metros en el Palazzo Viviani vendían el último trago a los reos. En esta buchetta enrejada degustaban “vino della staffa”, el vino del estribo. Si pasas de noche puedes oír el crujido de la soga y un: “alla salute”. Quien responde al brindis tiene tres días de resaca aunque beba agua. “Non é vero, ma ci credo”. Adivino que esta noche mis sueños estarán trufados de fantasmas, ahorcados, monjas y ladronzuelos aderezados con cadáveres diseccionados, cabezas cortadas y ahogados hinchados de los bocetos Leonardo. Quizá mañana para cenar busque una trattoria de esas que tienen mantel de papel de estraza y los camareros hablan a gritos; pediré una bistecca alla fiorentina, vuelta y vuelta, regada con un fiasco de vino rosso. Eso fue lo que acabó con las buchette; la novedad de beber y comer sentados a la mesa las enterró. Aquellos hábitos medievales, claves para frenar la expansión de la peste, fueron cayendo en el olvido por desuso, pero las epidemias modernas las han resucitado 400 años después. La moda renacentista del “cero contacto y distancia social” resurgió en 2020 como medida para evitar contagios y consiguió que se reabrieran docenas de buchette. Costumbres medievales para paliar los efectos de las pandemias del siglo XXI. ¡Eso sí que me da miedo! Vernaccia di san Gimignano; seco y almendrado, el preferido de Miguel Ángel. El afogato es la combinación insuperable de chocolate caliente, helado y nata. WWW.INVESTOR.COM.PA 33 TRAVEL
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