globales del surrealismo que yo he visto en museos alrededor del mundo. Todas reunidas bajo una ética clara: nunca acumular por valor de mercado, sino por valor de conversación, de pregunta, de tensión entre lo que uno es y lo que podría llegar a ser. Volviendo a las cuatro ruedas, visitamos muchos lugares. De aquí te doy mi combo ganador: un museo y un restaurante. Ambos me enseñaron algo importante sobre cómo el arte habita los espacios. El primero fue el Museum of Contemporary Art San Diego, ubicado, literalmente, frente al Pacífico, sobre los acantilados que también son hogar permanente de colonias de lobos marinos. El museo se siente abierto desde el inicio: todo el edificio invita a caminar, a recorrerlo sin instrucciones ni presión. Hay un diálogo constante entre arquitectura y entorno que se da sin esfuerzo. Ese es el poder del buen diseño. Parte central de esa experiencia es la intervención de Robert Irwin, conocida como 1° 2° 3° 4°, realizada en 1997. Irwin límite entre interior y exterior— forma parte de la colección permanente. Me queda claro por qué es una de las intervenciones más reconocidas del museo. Siento que mucha de la filosofía del lugar es esa: que las ventanas no funcionan como miradores, sino como encuadres que incorporan el mar al recorrido. La Jolla no se deja llegar fácil. Es un barrio costero con mentalidad de pueblo independiente que durante años intentó separarse formalmente de San Diego, más por identidad que por política. Pero, como tenemos auto, no hay problema. Después, a 25 minutos, crucé a Encinitas y fui a Atelier Manna, un lugar que parece hecho para que uno se haga amigo de la mañana. Mucho verde, plantas que trepan como si también fueran parte del menú, una terraza con muchísima luz y una propuesta que empuja el concepto de brunch a otros campos. Aquí la idea es que te alimentes con conciencia y atención a cada ingrediente. Pedí unos mocktails —cocteles sin alcohol— y en cada sorbo sentí que mi cuerpo decía: “ajá… un poco San Diego combina producto fresco del Pacífico, cocina diversa y espacios relajados donde comer bien forma parte natural del paisaje cotidiano. cortó aperturas rectangulares directamente en los muros y ventanas del museo para dejar pasar luz natural, brisa, sonidos y la vista del horizonte como parte de la obra. Desde entonces, ese gesto —que borra el 42 GASTRO NOMIA
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