13 Agosto 2026 Entre los muchos desafíos del Casco Viejo existe uno aparentemente insignificante que tiene la extraordinaria virtud de resumir ante mis ojos todos los demás: el cono. La pequeña pirámide naranja se ha instalado en el barrio con una facilidad desconcertante. Detesto los conos y a la gente conera. Los que vivimos aquí creo que lo hacemos, en gran parte, por el aprecio que le tenemos a una cierta estética pretérita, intemporal y colonial: calicanto, balcones, plazas, adoquines, buganvillas. No necesitamos completar el paisaje con una ocupación militar de plástico naranja. Frente a una casa o un comercio, delimita un pequeño principado. Frente a una institución pública, finge la dignidad de mobiliario oficial. Nadie sabe muy bien quién puso allí el artefacto, pero todos entendemos el mensaje: este pedazo de calle es mío. El cono es el cetro del pequeño poder. El símbolo del jefecito pernicioso, satisfecho de demostrar que puede molestar a los demás o que dispone de autoridad suficiente para afearles el paisaje. Porque el cono, además de feo, es cobarde. Es el pasivo-agresivo urbano por excelencia. Permite apropiarse de un pedazo de espacio público sin siquiera tener que dar la cara. El centinela fluorescente semianónimo habla por uno: «Aquí mando yo». Personalmente, prefiero una discusión a puño limpio. Prefiero que me insulten o que me rayen el capó. Pero, por favor, ¡tengan gusto a la hora de defender lo suyo!. Me cuentan, además, que algunos tienen permiso de la Municipalidad para colocar sus verrugas fluorescentes. Enhorabuena: han conseguido ser oficialmente de mal gusto. Sería interesante conocer las estadísticas de esta invasión. Quizás los vendedores de conos puedan compartir la curva de consumo. ¿O la Alcaldía de Panamá, tan talentosa para calcular con admirable precisión los millones de «derrama económica» producidos por el evento Casco Peatonal, un gran consumidor de balizas naranjas, podría informarnos sobre el impacto económico positivo de la industria conera? Para mirar hacia el futuro, los invito a que revisen lo que pasó en Canadá. En Montréal, el cono se reprodujo hasta convertirse en mascota involuntaria de la ciudad: símbolo de obras eternas, molestias, costos, incompetencia municipal y casos de corrupción en contrataciones públicas. El asunto llegó a tal punto que la criatura terminó convertida en souvenir, reproducida en peluches y llaveros con el nombre de la capital de la francofonía en las Américas bordado en la base. El Casco todavía puede evitar ese destino. Ruego a mis amigos inversionistas amantes del Casco: hagan algo y pónganse a pensar en lo absurdo de esta situación. Después de negociar con funcionarios absurLas opiniones emitidas en la columna de opinión son responsabilidad única de sus autores. Charles Mathieu-Dessay When a Cone Becomes an Icon Orange traffic cones have quietly conquered Casco Viejo, marking territory, reserving public space and disrupting its historic streetscape. What begins as a practical object can become a symbol of something larger: private appropriation of shared space. Montréal turned its ubiquitous cones into an unlikely city icon. Casco still has time to avoid the same fate. OPINIÓN CRÓNICA DE UN ÍCONO ANUNCIADO CUANDO UN CONO DEJA DE ORDENAR EL TRÁNSITO Y EMPIEZA A MARCAR TERRITORIO dos, sobrevivir a empresarios de la construcción incompetentes y perezosos, gastar medio patrimonio, medio matrimonio y ganar cientos de pelos grises, consiguen contemplar orgullosos su obra. Cómo alguien puede gastar millones restaurando un edificio de calicanto cerca de la Plaza de Francia, recuperar balcones y ventanales, colocar un banquillo de madera y perseguir la fantasía estética de las postales de la gran época del Canal, para finalmente plantar delante de todo aquello cuatro soldaditos de PVC unidos por una cadena MADE IN CHINA ? Y, por cierto, amigo lector, si ve pasar por el barrio a un gringo en moto dando una patada a uno de esos perniciosos artefactos, soy yo. Conos y cadenas delimitan espacios en plena vía pública, una imagen cada vez más familiar en el Casco Antiguo. En Montréal, el omnipresente cono naranja llegó a convertirse en un inesperado ícono urbano. Ilustración generada con IA
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