6B La Prensa Panamá, miércoles 9 de septiembre de 2026 Vivir Miriam Ortega Paz: el talento artístico también necesita salud mental Antes de salir al escenario, un bailarín puede sentir las manos frías, comenzar a hiperventilar y pensar quealgoestámal.Puedeinterpretar esas señales como una prueba de que no está preparado. Pero el cuerpo, explica Miriam Ortega Paz, puede estar haciendo exactamente lo contrario: preparándose para la acción. Ortega Paz conoce esa sensación desde ambos lados. Fue bailarina profesional y docente de danza y hoy es psicóloga, radicada en Estonia, donde ha estudiado la relación entre la salud mental y el rendimiento. Regresa a Panamá para participar como tallerista en el Encuentro Nacional de Danza 2026, con una propuesta que busca poner sobre la mesa una conversación todavía incipiente en las artes: cómo cuidar psicológicamente a quienes se forman y trabajan en ellas. Su preocupación va más allá de los bailarines.Consideraquealrededordeunartistadebeexistirunecosistemaintegradopor lafamilia,losmaestrosydirectivos,yelpropioartista.Siesaspartesnotrabajanjuntas −sostiene− el resultado puede ser el abandono de una carrera y la pérdida de talento. “Tenemos talento enorme en Panamá”, plantea. El desafío, desde su perspectiva, está en crear las condiciones para que ese talento pueda desarrollarse De la veterinaria al ballet Ortega Paz nació en la ciudad de Panamá y creció en Betania, en una familia de abogados. Desde niña estudió ballet y, aunque siempre supo que quería ser bailarina, a los 17 años optó por estudiar Medicina Veterinaria. Casi tres años después, una oportunidad para volver al Ballet Nacional la llevó a dejar Veterinaria y retomar la danza. Permaneció cinco años en la compañía, período en el que obtuvo la beca Patricia Guardia para viajar a San Petersburgo y estudiar el método Vaganova. La experiencia despertó su interés por desarrollar una carrera en el extranjero. Después de participar en audiciones y competencias internacionales, recibió una oferta para incorporarse como aprendiz al Ballet de Tbilisi, en Georgia. Allí permaneció dos años y luego continuó como bailarina del cuerpo de baile. Posteriormente llegó a Estonia, donde bailó durante seis años. Durante la pandemia de la covid-19 decidió comenzar a estudiar Psicología. Su intención inicial era orientarse hacia la psicología clínica, la neuropsicología o la investigación. Pero su experiencia en Estonia empezó a cambiar ese rumbo. Mientras estudiaba, también daba clases en una escuela de patinaje sobre hielo y en gimnasia artística. Observó que en esas disciplinas había equipos de profesionales alrededor de los deportistas, incluidos psicólogos y nutricionistas. La comparación con las artes fue inevitable. “¿Qué está pasando con las artes en mi país?”, se preguntó. Para Ortega Paz, el problema no es la falta de talento. Es lo que ocurre durante el camino. “Ya tenemos mucha mejor infraestructura, ya comienza a haber muchos cambios, pero el talento nunca fue el problema, es la deserción, es cómo el talento se pierde en el camino”, señala. La exbailarina profesional Miriam Ortega Paz ofrecerá en Panamá una serie de talleres especializados enfocados en la salud mental dentro de esta disciplina artística. Foto/Cortesía La presión, considera, comienza desde edades tempranas. Las redes sociales también han cambiado el escenario: niños y adolescentes tienen acceso constante a imágenes de bailarinas y bailarines con niveles de ejecuciónquepuedenconvertirseenunafuente adicional de comparación y exigencia. Por eso cree necesario reestructurar la enseñanza artística. Perfección versus excelencia Uno de los conceptos que más preocupa a por: Getzalette Reyes [email protected] Ortega Paz es la idea de que el artista debe aspirar a la perfección. En el ballet, dice, existe una fuerte cultura de la autocrítica. Niñas que desde los tres años pueden pasar horas frente a un espejo recibiendo correcciones aprenden a observar constantemente aquello que consideran imperfecto. “Tenemos que buscar la excelencia, el mejoramiento de cada uno sin llegar a ser destructivo”, afirma. También está la ansiedad escénica, a lo que se le suma el cansancio físico y mental, el agotamiento y las lesiones. Durante su carrera profesional, recuerda, podía realizar al menos 100 funciones al año. La temporada podía ocupar prácticamente 10 meses, con poco tiempo libre y con la preparación de la siguiente temporada comenzando casi de inmediato después de terminar las funciones. “El cansancio físico, el cansancio mental, ese burnout que se comienza a desarrollar, esa sensación de quemado que se siente en todo trabajo, pero en trabajos tan físicos es diferente”, explica. Cuando sufrir deja de ser parte del proceso En el mundo de la danza existe desde hace décadas una idea asociada al sacrificio: soportar el dolor, exigirse al límite y dejar de comer para alcanzar determinado físico pueden llegar a considerarse parte del camino. Ortega Paz recuerda cuando recibió sus primeros zapatos de punta, alrededor de los 10 u 11 años. Subir a las puntas duele. Pero una bailarina puede aprender desde pequeña a asociar ese dolor con la imagen de aquello que quiere llegar a ser. El problema aparece cuando deja de distinguir entre una incomodidad propia del entrenamiento y una señal de lesión. “Los problemas de no entender esa barrera entre lo que es sano y no, es muy delgada en las artes”, señala. También cuestiona la presión relacionada con el peso y la apariencia física. Destaca que ha comenzado a desarrollarse una cultura de nutrición que busca que las jóvenes entiendan que alimentarse no significa simplemente comer menos, sino nutrir adecuadamente un cuerpo que todavía está creciendo. Para ella, el arte debe ser un refugio, al igual que el deporte. “Si el refugio se vuelve peligroso, estamos haciendo una mezcla muy fea, entre dolor, peligro, pasión” El artista también necesita un equipo Su propuesta parte de una idea sencilla: un artista necesita acompañamiento. Ortega Paz compara el ecosistema de un bailarín con el de un deportista de alto rendimiento. Un jugador de un equipo grande puede contar con nutricionistas, psicólogos, preparadores físicos y otras personas dedicadas a cuidar distintos aspectos de su rendimiento. ¿Por qué no trasladar parte de ese modelo a las artes? En el caso de los jóvenes bailarines, identifica tres componentes esenciales: padres o cuidadores primarios; maestros y directivos; y el propio bailarín. “Es un triángulo, y es muy importante cuidar las tres partes del ecosistema”, afirma. Los padres, por ejemplo, deben aprender a distinguir entre apoyar y exigir. También necesitan saber qué decir después de una competencia y cómo acompañar al niño o adolescente cuando el resultado no es el esperado. Las metas, además, no deberían depender exclusivamente de factores externos como competencias, seminarios o presentaciones. Para Ortega Paz, el valor del artista debe construirse también desde la familia y desde el propio proceso de formación. Las señales que no deben ignorarse Hay una señal que, para ella, debería llamar inmediatamente la atención de padres y docentes: que un niño que disfrutaba bailar, cantar o tocar un instrumento deje de querer hacerlo. “Esa es la señal más grande que tú siempre vas a tener”, dice. Puede existir un problema en la familia, en la escuela, en las amistades o en otro entorno. Pero el cambio de comportamiento merece atención. También pueden aparecer señales después de una competencia: pasar semanas llorando, pedir que lo retiren de la actividad o manifestar que ya no quiere regresar. En esos casos, sostiene, no se trata simplemente de buscar culpables. El problema puede estar en el desequilibrio entre losdiferentesintegrantesdelecosistema. Deporte seguro, arte seguro Para Ortega Paz, el siguiente paso debe ser institucional. Considera necesario desarrollar políticas de Estado que permitan construir un concepto de “arte segura”, con mecanismos para prevenir situaciones como el bullying y el acoso, además de establecer límites frente a prácticas que puedan afectar física y psicológicamente a niños y jóvenes. “Al igual que se está haciendo con el deporte, deporte seguro, tiene que haber arte segura”, plantea. Supropuestanoselimitaaladanza.Incluye a músicos, cantantes de ópera, actores, actrices, artistas plásticos y poetas. “Un artista que está acompañado psicológicamente correctamente puede ser más creativo, puede traerle glorias a su país, puede ser excelente, al igual que en el deporte, pero todo necesita el acompañamiento correcto”. Ese es precisamente el mensaje que busca llevar a Panamá durante su participación en el Encuentro Nacional de Danza: que el rendimiento artístico no deberíamedirseúnicamenteporelresultado final, sino también por la manera en que se construye ese resultado. La psicóloga y exbailarina panameña Miriam Ortega Paz, radicada en Estonia, regresa al país para participar en el Encuentro Nacional de Danza con seminarios dirigidos a bailarines, familias y docentes. Su propuesta busca trasladar al mundo artístico herramientas que ya se utilizan en el deporte de alto rendimiento. Los productores de ‘The Walking Dead’ recibirán una compensación de 120 millones de dólares tras una batalla legal de nueve años por las ganancias de la serie contra la cadena de televisión AMC, acusada de ocultar los beneficios de la participación en la franquicia. “El Acuerdo de conciliación prevé una contraprestación total de 120 millones de dólares para los demandantes, que consiste en un pago en efectivo de 85 millones de dólares antes del 18 de septiembre de 2026 y 35 millones que se pagarán a más tardar el 31 de enero de 2027”, indicó la empresa en un comunicado. Creadores de ‘The Walking Dead’ ganan demanda La panameña Miriam Ortega Paz formó parte de compañías internacionales en Tbilisi Georgia y Estonia. Foto/Cortesía
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