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8A La Prensa Panamá, miércoles 12 de agosto de 2026 Contacto [email protected] Los artículos de opinión y las caricaturas son responsabilidad exclusiva de los autores. La opinión de La Prensa se expresa únicamente en el Hoy por Hoy. Las colaboraciones para la sección de Opinión deben incluir la identificación del autor. Los artículos no deben exceder 650 palabras. No se publican colaboraciones que hayan aparecido en otros medios y La Prensa se reserva el derecho de seleccionar, editar y publicar. No devolvemos el material. Opinión so banquero y establece estrechos vínculos con la clase mercantil de la región. Además, desempeña un papel activo en la guerra revolucionaria contra Inglaterra: primero como secretario personal del general George Washington durante la campaña militar, y más tarde al comandar tropas en la Batalla de Yorktown, el último gran enfrentamiento del conflicto. Por su parte, el joven Jefferson redacta, a petición de los próceres, el documento más importante en la historia de Estados Unidos: la Declaración de Independencia, proclamada el 4 de julio de 1776. Solo una vez estos próceres lograron ponerse de acuerdo: en el célebre Compromiso de 1790. El trasfondo era tenso y repleto de intereses cruzados. Los estados del sur se resistían a que la capital del país permaneciera en el norte, en ese entonces Nueva York, y se negaban a asumir la deuda generada durante la guerra, pues la mayor parte del gasto público la habían soportado los estados norteños. En una cena que el tiempo convertiría en legendaria, Hamilton, voz del norte, y Jefferson, representante del sur, se sentaron a negociar. La atmósfera era densa, las apuestas altas y las diferencias profundas. Por fin alcanzaron un acuerdo decisivo: el sur aceptaría asumir parte de la deuda federal y, a cambio, el norte permitiría que la capital se trasladara al sur, precisamente a un punto entre Maryland y Virginia. Así, en una sola noche, sellaron un pacto que definiría el mapa político y financiero de la naciente república. No tardaron en surgir las primeras disputas entre ambos líderes. Ese mismo año, el país debatió el destino de los bonos de guerra emitidos a los soldados que lucharon por la independencia, cuyo pago se había diferido en el tiempo. TermiEl agua de ayer para las ciudades del mañana Desarrollo urbano Panamá continúa creciendo. Nuevas torres cambian el horizonte de nuestras ciudades. Urbanizaciones se expanden hacia donde hace pocos años había potreros, fincas y terrenos baldíos que hoy siguen impulsando el desarrollo del país. Celebramos ese crecimiento porque representa inversión, empleo y progreso. Pero hay una pregunta que rara vez acompaña cada permiso de construcción, cada plano aprobado o cada primera piedra colocada: ¿de dónde saldrá el agua dentro de diez o veinte años para abastecer todo lo que hoy estamos construyendo? Durante décadas diseñamos estas urbanizaciones bajo la premisa de que el agua siempre estaría disponible. Bastaba con abrir una llave para dar por sentado un recurso que parecía inagotable. Hoy esa realidad está cambiando. El cambio climático altera los patrones de lluvia. Los períodos secos son más intensos. Las cuencas enfrentan mayores presiones. La demanda crece cada año y el agua debe atender simultáneamente a hogares, hospitales, escuelas, industrias, agricultura y al Canal de Panamá, cuya operación depende de agua dulce. La pregunta ya no es únicamente si tendremos suficiente agua. La verdadera pregunta es si estamos diseñando nuestras ciudades para convivir con una nueva realidad hídrica. Resulta paradójico que muchos edificios incorporen tecnología de punta en seguridad, comunicaciones, eficiencia energética y automatización, pero continúen considerando el agua únicamente como un servicio público del cual alguien más debe ocuparse. La resiliencia hídrica debería convertirse en un criterio de diseño tan importante como la resistencia estructural o la eficiencia energética. Cada nuevo desarrollo debería preguntarse: ¿Cómo reducirá su consumo? ¿Cómo protegerá la calidad del agua que reciben los residentes? ¿Qué mecanismos tendrá para enfrentar interrupciones en el suministro? ¿Puede aprovechar agua de lluvia para usos no potables? ¿Está preparado para una población mayor dentro de veinte años? Estas preguntas ya no pertenecen únicamente a ingenieros o autoridades. Son parte de la planificación responsable de cualquier comunidad. El agua dejó de ser un recurso abundante para convertirse en uno de los principales factores que determinarán la competitividad y la calidad de vida de las ciudades del futuro. Las naciones que comprendan esta realidad planificarán con ventajas. Las que no lo hagan reaccionarán cuando la crisis ya esté instalada. Panamá aún tiene la oportunidad de decidir en cuál de esos dos grupos quiere estar. No basta con construir más. Debemos construir mejor. Porque las ciudades del mañana no serán recordadas por la altura de sus edificios, sino por su capacidad para garantizar algo mucho más esencial: agua segura, suficiente y sostenible para quienes vivirán en ellas. Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cuántas urbanizaciones más podemos construir y empezar a preguntarnos si tendremos el agua necesaria para sostenerlas. Las empresas dejan clientes. Los profesionales dejan prestigio. Quienes educan a una sociedad dejan legado. En tiempos de farsantes Poder y tecnología Eso sí: pagan de lo lindo a relacionistas públicos digitales, quienes seguramente se ofenderían con esa denominación. Hoy se llaman estrategas de comunicación política y posicionamiento asimétrico, arquitectos de narrativas, ingenieros de percepción, consultores de influencia, gestores de activos reputacionales, especialistas en encuadramiento del discurso… También están los pódcasts de fachada, con guion influenciador blindado, y otras formas de vender humo. ¡Ah! Y rara vez revelan la relación comercial. Estos fingidores de éxito no copian solo la estética. Adoptan la filosofía rompedora de ciertos tech-bros: un tecnooptimismo radical y pseudolibertario que desprecia la democracia tradicional y las instituciones, vistas como obstáculos ineficientes para el crecimiento de empresas globales. En su lugar, postulan una meritocracia algorítmica: la gobernanza en manos de una élite de ingenieros y desarrolladores, mientras las relaciones personales y sociales quedan subordinadas a una visión hipercapitalista y utilitaria del mundo. El farsante no comprende esa doctrina ni tiene con qué realizarla; la usa como disfraz de inteligencia, éxito y superioridad. Estos cachetones digitales serían personajes cómicos, zombis aspiracionales que vieron algo en redes y lo imitan, si no fuera trágico que algunos transfieran su popularidad digital a carreras políticas y, mediante elecciones, se conviertan en servidores públicos. El problema es estructural: la misión esencial del servicio público —actuar por el bien común— es anatema para esa visión utilitaria del mundo. Mientras tanto, los plutócratas tecnológicos globales, los meros meros, no los wannabe, ya influyen directamente sobre líderes políticos para desregular y desmantelar una democracia que reconoce la responsabilidad social del Estado. No necesitan aspirar a cargos públicos: sería degradar el poder que ya poseen, sin la necesidad de ser elegidos Olga de Obaldía Discordia en el gabinete de Washington Política estadounidense El título no hace referencia a la última disputa en la Casa Blanca. Nos invita a retroceder más de dos siglos, hasta el primer gobierno de Estados Unidos, instaurado en 1789, conforme a la nueva estructura gubernamental establecida por la Constitución de 1787. Los sucesos que estoy por narrarte abordan los enfrentamientos que surgieron entre el secretario de Estado, Thomas Jefferson, y el secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, dentro de ese primer gabinete bajo el mandato del presidente, George Washington, y luego después de que ambos dejaran sus cargos. Sus diferencias no respondían a motivos personales: eran estrictamente ideológicas, con profundas discrepancias sobre el desarrollo político y económico de la naciente república. Incluso sus trayectorias de vida antes de ingresar a la política fueron diametralmente opuestas. Jefferson nació en una acomodada familia de plantadores del sur, en el estado de Virginia, y desde joven se destacó en sociedad por sus notables dotes intelectuales. Por el contrario, Hamilton nació fruto de una relación extramatrimonial en la colonia británica de Saint Kitts and Nevis (hoy, por cierto, es una nación caribeña formada por dos islas y el Estado soberano más pequeño del hemisferio occidental). El joven Hamilton emigra a Nueva York, donde se convierte en un exitonada la guerra, muchos soldados, necesitados de liquidez, vendieron sus bonos a inversionistas financieros antes de su vencimiento, por un precio inferior al valor nominal. Los compradores asumían tanto la espera como el riesgo de que el gobierno no cumpliera con el pago. Jefferson sostenía que, al vencimiento, el gobierno debía reconocer a los inversionistas solo el monto que pagaron por los bonos y no su valor nominal. Hamilton, en cambio, argumentaba que estos inversionistas no eran meros oportunistas: habían atendido la necesidad de liquidez de los soldados y asumido un riesgo real de impago. Afirmaba que, si el gobierno quería mantener su crédito en el futuro, debía honrar sus deudas de manera absoluta. El Congreso votó a favor de la propuesta de Hamilton. La segunda gran disputa legislativa enfrentó a ambos por la propuesta de crear un banco central que gestionara las recaudaciones impositivas y el gasto federal. Jefferson rechazó este concepto, convencido de que la élite financiera del norte administraría el banco en beneficio exclusivo de la clase industrial y mercantil. Hamilton, por su parte, defendió la necesidad de fundar el banco central para mantener el orden en las cuentas públicas y evitar los perjuicios de tener distintos emisores de papel moneda en el país. Una vez más, el Congreso aprobó la propuesta de Hamilton. Durante el segundo mandato de Washington, ambos ministros se distanciaron de su gobierno y pasaron a liderar sus propios proyectos rivales de cara a las elecciones de 1796. Así, prepararon el escenario político para la primera gran confrontación electoral en la historia de Estados Unidos. LA AUTORA es empresaria. EL AUTOR es abogado. LA AUTORA es abogada y directora ejecutiva de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana. Irene de Carles por los ciudadanos. Casi replicando la filosofía antidemocrática de Platón, se creen los elegidos, “los sabios” que deben guiar a las masas. Cuando nuestros pedestres impostores llegan al servicio público, modelan su gestión según la lógica que imitaron. Se rodean de asesores para el posicionamiento, no para atender lo que los usuarios del Estado requieren. Confunden anuncios con resultados; no entienden el tiempo, los recursos ni las capacidades institucionales necesarios para cambiar el mundo real, especialmente en un tercer mundo donde buena parte de la población ni siquiera tiene cubiertas las bases de la pirámide de Maslow. Son permeables a los intereses de grupos económicos que perciben como pares de su élite imaginaria. Y, una vez con acceso por la vía del cargo, empiezan a participar en negocios digitales que sí los enriquecen. Además, replican otro rasgo preocupante: una fascinación con la autoridad y la fuerza. En el mundo privado puede parecer grotesco que un magnate arme un ejército privado, vista un jacket militar a lo Michael Jackson o coquetee con la retórica de la violencia selectiva. Pero cuando sus acólitos aspiracionales llegan al Estado, la farsa cambia de escala. Con recursos públicos y una cuota de autoridad, juegan a disfrazarse de poder represivo, como si se tratara de un videojuego y la autoridad civil fuera prescindible. Lo cómico desaparece cuando habilitan a personas sin preparación ni legitimidad para portar armas y ejercer el “monopolio de la violencia del Estado”, como diría Max Weber. En una visión utilitaria y oportunista, ¿qué importa que los ciudadanos más vulnerables queden a merced de cuerpos represivos creados para la vanidad de ese nuevo personaje? Y me pregunto por qué los más vulnerables votan por engañadores: por esta especie de farsantes o por otros a quienes lo último que los mueve es el bien común. Quizás tenga que alquilar a un arquitecto de narrativas para que me lo explique. La RAE ofrece una lista de sinónimos interesantes para “farsante”: engañador, impostor, mentiroso, embustero, tramposo, fingidor, embaucador, simulador, cachetón (sí, cachetón, la RAE dixit). Hablar hoy del doble filo de la inédita conexión y de la cantidad de información que trajo la era digital es casi un lugar común. Pero aquí voy: sin desmeritar el maravilloso acceso al conocimiento (para el que lo quiere) y las herramientas de trabajo que nos ha traído, lo que también nos ha traído en materia de farsantes digitales es brutal. Los hay en todos los campos del quehacer humano: medicina, fitness, nutrición, esquemas para hacerse rico en línea, coaches emocionales y de negocios, y ad infinitum. Simulan saber —o creen saber— sin estudios, experiencia, capacidad o logros reales, y desde ahí aconsejan a seguidores que se dejan. Me ocupan hoy los simuladores que vieron, desde la ventanita de su monitor —en el escritorio de su recámara, en la casa de sus padres, en nuestro tercer mundo—, qué cool eran los billonarios tech-bros de Silicon Valley y sus juguetes. Sin capacidad real para generar bienes, servicios o infraestructura tecnológica exitosos, imitan a ese arquetipo de joven magnate tecnológico: exhiben computadoras, gadgets de última generación y automóviles, todo al servicio de su imagen en redes. Tal vez hagan uno que otro negocito con incautos, a quienes venderán una solución digital enlatada o disponible gratis en una plataforma de código abierto. No generan empleos reales ni conocimiento. Iván Rogelio Robles Esta es una publicación de Corporación La Prensa, S.A. ©. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción, sin la autorización escrita de su titular. 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