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5B La Prensa Panamá, martes 11 de agosto de 2026 1882: el año en que el istmo tembló de verdad Eran cerca de las 3:20 a.m. del 7 de septiembre de 1882 cuando el suelo empezó a moverse. Primero fue un murmullo sordo, como si la tierra tomara aire. Luego vino el estruendo. Las casas de madera crujieron, los edificios de mampostería se tambalearon y las familias de la ciudad de Panamá salieron a la calle en camisón, muchas descalzas, sin entender todavía qué estaba pasando. El movimiento duró alrededor de un minuto, una eternidad para quien lo vive. Las paredes se agrietaron, los techos cedieron y los muebles se desplazaron solos por las habitaciones. En los días siguientes se sintieron al menos tres réplicas fuertes y varias menores a lo largo de unos cinco días, suficientes para que nadie volviera a dormir tranquilo. Aquella madrugada, ningún panameño habría dicho que en este país no tiembla. Ciento cuarenta y cuatro años después lo decimos todo el tiempo. Y la frase, mal usada, es más precisa de lo que parece. Nadie niega que la tierra se mueva, porque se mueve. Lo que damos por hecho es que aquí nunca pasa nada grave, que lo nuestro son temblores que sacuden las lámparas y se comentan en el chat familiar, no terremotos que dejan ciudades en el suelo como en México, Chile o Turquía. Esa confianza tiene una base real. El país no vive la sismicidad destructiva de sus vecinos del norte del Pacífico y buena parte de los movimientos que registra la Red Sísmica Nacional, que según el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá opera unas 65 estaDaños en la línea del ferrocarril por el sismo de 1882. Biblioteca presidente Roberto F. Chiari ciones en el territorio, ni siquiera se percibe. El punto ciego es lo que pasó esa madrugada de 1882, y lo que podría volver a pasar. Un número que no es tan exacto como parece El epicentro se ubicó en el golfo de San Blas, en la actual comarca de Guna Yala. Sobre la magnitud conviene ser honesto, porque el dato circula con una precisión que no le corresponde. La escala de Richter no existía en 1882, se formuló en 1935. Las cifras que hoy repetimos, entre 7.7 y 8.0 según la fuente que se consulte, son reconstrucciones posteriores hechas a partir de los daños documentados, los registros de mareógrafos y la prensa de la época. El Instituto de Geociencias lo ubica como el sismo de mayor magnitud registrado en el cinturón deformado del norte de Panamá. Sea cual sea el número final, sigue siendo el más fuerte del que tenemos noticia en el istmo. El diario The Star & Herald, que se publicaba entonces en la ciudad de Panamá, cubrió el suceso durante varios días y dejó el mejor testimonio directo que por Amalia Aguilar Nicolau Especial para La Prensa [email protected] conservamos. En su edición sobre el sismo relató que la tierra se empezó a mover de forma violenta e hizo levantar a la gente de sus camas, y movilizarse hacia los parques y plazas. Parecía, escribió el periódico, que la ciudad se iba a hundir en la tierra. La misma crónica describe una escena que dice mucho sobre la clase social y el miedo: cientos de mujeres acostumbradas a la comodidad y confort de sus residencias prefirieron pasar la noche en colchones, sofás y sillas acomodadas rápidamente en las plazas públicas antes de correr el riesgo de morir aplastadas dentro de sus casas. Los menos tímidos, añade el diario, caminaron de una cuadra a la otra para ver los campamentos improvisados. Los daños en la ciudad fueron severos. Según los reportes recogidos por ese mismo periódico, el balcón masivo de la sede del gobierno municipal cayó sobre la plaza y arrastró consigo el techo adyacente. En la Catedral se desprendieron bloques de calicanto de la entrada, los arcos interiores se agrietaron y cayeron piedras y trozos de mampostería. La reparación completa se estimó en 40 mil dólares de la época. La torre de la iglesia de Malambo se vino abajo y parte del techo de Santa Ana también cedió. Los daños en la capital se calcularon en más de 250 mil dólares. Murieron cinco personas. Colón, más cerca del epicentro, llevó la peor parte en el lado Atlántico. Era entonces una ciudad en plena expansión por las obras del Canal francés, y el sismo la dejó en ruinas. Colapsaron puentes y vías de comunicación, se dañó gravemente el trazado del ferrocarril y las oficinas de la Compañía Universal del Canal Interoceánico resultaron afectadas. El cable de la compañía de telégrafos quedó destruido y el istmo se quedó incomunicado. La noticia del terremoto llegó a los diarios de Liverpool y de Los Ángeles antes de que en la ciudad de Panamá se supiera qué había pasado en el resto del país. Para los franceses el golpe fue además estratégico. La investigadora Mónica Guardia, en su artículo El gran sismo de 1882 publicado en La Estrella de Panamá, cuenta que los agentes de la Compañía Universal del Canal Interoceánico tomaron el terremoto con mucha seriedad porque no auguraba nada bueno para la estabilidad y seguridad de un canal construido en esta estrecha tierra, de solo 48 millas de ancho, que yace entre dos regiones volcánicas. La tragedia mayor ocurrió donde menos ojos había. En las islas de Guna Yala, cercanas al epicentro, el sismo levantó al menos cuatro olas grandes. Los estudios disponibles calculan alturas de entre tres y cuatro metros y cerca de 75 muertos, una cifra que conviene tomar como estimación y no como censo, porque nunca hubo un conteo formal. La noticia tardó semanas en llegar a la ciudad de Panamá. Ese retraso explica por qué el terremoto de 1882 se recuerda como un episodio de edificios agrietados en el Casco y no como lo que también fue, el tsunami más letal registrado en la costa caribeña panameña. El miedo, en cambio, sí se quedó. Guardia rescata un detalle doméstico que vale por un tratado de sismología popular. Según narra citando al diario de la época, en muchos hogares se adoptó la práctica de colocar botellas de vino vacías en el piso, paradas sobre la parte delgada, de manera que al menor movimiento o vibración del edificio cayeran y sirvieran de alarma para los ocupantes. La lista es más larga de lo que creemos Quien piense que 1882 fue una rareza irrepetible debería revisar el resto del expediente. El 2 de mayo de 1621, un sismo asociado a la falla de Pedro Miguel, con magnitud estimada en torno a 6.9 e intensidad VII en la escala de Mercalli, destruyó buena parte de Panamá la Vieja, entonces una ciudad de unos cinco mil habitantes. La primera ciudad del país en el Pacífico fue derribada por un terremoto medio siglo antes de que llegara Morgan. Más cerca en el tiempo está el 22 de abril de 1991. Un sismo con epicentro en Limón, Costa Rica, sacudió Bocas del Toro con una magnitud reportada entre 7.4 y 7.6. El Cuerpo de Bomberos de Panamá, en su recuento del aniversario, contabiliza 23 muertos en territorio panameño, once en Changuinola, siete en Almirante y cinco en Guabito. La costa bocatoreña llegó a hundirse hasta 90 centímetros. No es historia antigua, hay panameños de mediana edad que lo vivieron. La geología explica por qué ocurre. El territorio forma parte del bloque de la microplaca de Panamá y está atravesado por sistemas de fallas activas. Entre las principales, el Instituto de Geociencias señala la zona de fractura de Panamá, la falla de Tonosí, la falla de Gatún y el cinturón deformado del norte de Panamá, el mismo que rompió en 1882. La cuestión no es si volverá a temblar, porque tiembla todos los días y ayer en la mañana lo comprobamos otra vez. La cuestión es qué encontraría hoy un sismo del tamaño del de 1882. La autora es periodista cultural y humanista digital. La escala de Richter no existía en 1882, se formuló en 1935. Las cifras que hoy repetimos, entre 7.7 y 8.0 según la fuente que se consulte, son reconstrucciones posteriores hechas a partir de los daños documentados, los registros de mareógrafos y la prensa de la época. Ilustración del colapso del edificio de Cabildo. Prensa colombiana. Cortesía Vivir El mundo ha vivido en lo que va del siglo XXI 16 eclipses solares totales, incluido el que ocurrirá mañana, que tiene a España como lugar privilegiado para su observación. Se podrá ver también total desde partes de Groenlandia, Islandia, el océano Atlántico, el extremo norte de Siberia (Rusia) y un pequeño rincón de Portugal. En partes de EUA, Canadá, Europa y el noroeste de África, se verá un eclipse solar parcial. La duración total de este eclipse será de 264 minutos, aunque en España la fase de totalidad no superará los 2 minutos. Eclipse solar total

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