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5B La Prensa Panamá, martes 14 de julio de 2026 Aplicación en la mano de un electrodo pintado sobre la piel. iStock Crean un electrodo en forma de pintura por EFE [email protected] La tecnología, que se usa sobre la piel, podría ayudar a detectar precozmente infartos y registrar ondas cerebrales. Un nuevo tipo de tinta conductora, que se aplica directamente sobre la piel, funciona como un electrodo más sensible, duradero y preciso. La tecnología podría ayudar a detectar precozmente infartos, alimentar prótesis robóticas y registrar ondas cerebrales. Estos electrodos, que se aplican como si fueran pintura, se describen en un estudio liderado por la Universidad Estatal de Pensilvania (EUA) y publicado en PNAS. Los electrodos portátiles permiten una monitorización continua y la obtención de datos electrofisiológicos. Los modelos tradicionales emplean materiales rígidos a base de metal, que ofrecen estabilidad, pero tienen dificultades para mantenerse adheridos al cuerpo durante el movimiento o el ejercicio. Otros diseños experimentales utilizan hidrogeles, capaces de absorber agua e hincharse para adaptarse mejor a los movimientos del cuerpo. Sin embargo, con el tiempo se deshidratan, lo que hace que los electrodos pierdan adherencia y elasticidad en uso prolongado. En las pruebas con personas, los nuevos electrodos demostraron una alta conectividad con la piel y baja impedancia, es decir, menor pérdida de contacto. La pintura emplea tinta PEDOT, un tipo de polímero conductor, que se adapta a los contornos de la piel para mantener una elevada conectividad cutánea. La tinta tiene la consistencia de un pegamento cuando está húmeda y se aplica de forma similar a una pintura facial. Una vez sobre la piel, se seca en menos de diez minutos y comienza a funcionar como electrodo. Además, puede retirarse con agua o reaplicarse si es necesario. Inicialmente es casi transparente, aunque puede mezclarse con colorante alimentario para obtener distintos tonos y aplicarse con un pincel en cualquier diseño o dibujo. Las pruebas mostraron que el electrodo puede utilizarse para la monitorización inalámbrica de electrocardiogramas, la medición de la actividad muscular para el reconocimiento de gestos y el control robótico, así como para registrar electroencefalogramas a través del cabello. Para mejorar la estabilidad entre los electrodos y los sensores que reciben la información, la zona de conexión se aplica sobre un tejido poroso de plata, similar a una malla metálica, que se coloca sobre la piel. Esa conexión se acopla a un puerto de un módulo eléctrico de mayor tamaño, fijado con cinta adhesiva bajo la ropa del usuario, desde donde las señales eléctricas se transmiten de forma inalámbrica a un ordenador. Retorno al juego del kínder Mundial de fútbol Rafael Candanedo Especial para La Prensa [email protected] ció Camus. El estadio es un espacio sagrado que institucionaliza la necesidad biológica del conflicto. El campo de juego calca al de batalla bajo un contrato social estricto y un arbitraje que actúa como dios laico. Es el mejor sustituto a la barbarie y a la guerra; al adversario se le derrota, no se le aniquila. La lanza mutó en balón. ​Cada cuatro años, el mundo ingresa en el paréntesis parecido al Carnaval anual. La suspensión temporal en la que se legitima el exceso emocional. En las gradas, el cerebro es un laboratorio en combustión: la dopamina se dispara ante la incertidumbre, la testosterona y el cortisol hierven al defender el territorio simbólico, y la oxitocina estalla en el abrazo del gol. Ocurre la alquimia de la conjugación perfecta entre la individualidad indomable y el rigor del equipo. El fútbol exige el destello único del genio —la osadía de Garrincha, la elegancia de Cruyff o la irreverencia de Mbappé—, pero ese ego debe disolverse en el engranaje colectivo. El virtuoso es nada sin la coreografía de la tribu que lo sostiene; la orquesta es la madre del solo de violín. ​Pasolini decía que el fútbol es un lenguaje con sus poetas y prosistas, pero hoy la industria ha impuesto una prosa burocrática. El negocio no solo fagocita el rito, sino que lo corrompe desde las altas esferas. La evidencia de la corruptela institucional es histórica y estructural: desde los maletines y desfalcos del FIFAgate —que descabezaron a generaciones de directivos mediante sobornos millonarios por derechos televisivos y sedes mundialistas— hasta la actual ingeniería financiera de miles de millones de dólares, donde la codicia se legaliza mediante el monopolio del espectáculo y entradas con precios dinámicos inaccesibles para el pueblo. La FIFA descubrió que la pasión es el insumo más rentable del mercado. Galeano lo advirtió con melancolía: la rentabilidad termina por desterrar la hermosa treta de jugar porque sí. ​La maquinaria no puede destruir el núcleo lúdico. El fútbol sobrevive porque exacerba el patriotismo — mi bandera, mis colores— transformándolo en drama estético. Sube, sube, la marea. Aunque el porcentaje de niños que asiste a un kindergarten formal en el mundo es pequeño y se palpa con dolor, el impulso del patio de juegos sí es una herencia planetaria. Villoro lo define como la infancia recuperada. Y no nos avergüenza, ni debe avergonzarnos, ese retorno colectivo al espíritu del preescolar, a ese jardín de niños de la humanidad. ​Al pitar el árbitro, el negocio se apaga. Ver a veintidós hombres correr con desesperación primitiva tras una esfera es el juego parvulario escalado al planeta. Despojados de táctica, regresan al jardín original: el instante suspendido donde el adulto vuelve a la infancia, a salvo de la brutalidad del mundo, persiguiendo su juguete sagrado como si se le destornillara la vida. El Estadio Azteca se tiñe de un polvo dorado que flota desde 1970, mientras el eco del Maracaná y Wembley resuena en la memoria colectiva. En esos rectángulos, Pelé corría y suspendía las leyes de la física para una tribu global sedienta de milagros. Maradona burlaba el orden establecido con la mano de Dios. Messi redibuja la geometría del césped con la mirada del niño que nunca soltó el balón. El fútbol no es un mero deporte; es el único pentagrama común que une trapos rotos con alta costura, suturando brechas de clase, cultura e idioma. Un lenguaje universal donde las banderas de potencias mundiales se baten a duelo, bajo iguales reglas, con territorios minúsculos como Curaçao, Bonaire o Cabo Verde. En la cancha, la geografía se democratiza: todos los idiomas se reducen a una partitura compartida que prescinde de traductores. ​Lo que sé de la moral se lo debo al fútbol, senten-

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