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5B La Prensa Panamá, domingo 12 de julio de 2026 Vivir María Álvarez de Toledo Tomado de internet Mujer de la aristocracia. Tomado de internet La conquista El papel de las mujeres La presencia femenina fue clave para consolidar las colonias. Mientras los conquistadores exploraban nuevos territorios, las mujeres ayudaron a formar familias, impulsar actividades económicas y dar estabilidad a los asentamientos, convirtiéndose en un pilar del proceso colonizador en Tierra Firme. gún una fuente, ella, mujer emprendedora, abrió una fonda o un hostal. Si esto es cierto, serían tal vez la o el primero que se inauguraron en Tierra Firme. Tuvo varios hijos con don Juan. Sobrevivió a su marido quien murió en Sevilla, donde tenía su hogar familiar y sus prósperos negocios, mientras hacía gestiones como procurador de Santa María la Antigua y se preparaba para viajar en la armada de Pedrarias. Don Juan falleció en agosto de 1513, “hinchado, y tan amarillo como aquel oro que anduvo a buscar”, dice con cáustico humor Gonzalo Fernández de Oviedo, su sucesor en el cargo de veedor de fundiciones. Caicedo dejó como testamentario y albacea a su cuñado el escribano Juan de Simancas, hermano de doña Inés Escobar, quien quedaría a su cuidado. Simancas planeaba viajar con Caicedo en la armada de Pedrarias, pero permaneció en Sevilla para ocuparse de la testamentaria y cuidar de los intereses de su hermana, y desde allí asegurarle una posición estable mientras ella permanecía en Darién. Al enterarse el rey Fernando de la muerte de Caicedo quiso recompensarle por sus servicios como veedor y por las pérdidas que, según decía, había sufrido en Santa María, instruyendo a Pedrarias que diese en todo momento protección a su viuda doña Inés, ordenando que le fuesen encomendados indios lo mismo que si Caicedo estuviese vivo. En caso de que doña Inés y sus hijos deseasen volver a su hogar familiar en Sevilla (en el barrio de El Salvador), les otorgaba licencia para vender las caballerías de tierras y solares obtenidas por el difunto en Santa María la Antigua. Doña Inés optó por permanecer en Santa María hasta que, a fines de la década de 1520 se produce el desplazamiento de funcionarios y pobladores de Panamá hacia Nicaragua, acompañando a su nuevo gobernador Pedrarias. Durante todo ese tiempo, conforme a las costumbres legales de la época, doña Inés se mantuvo bajo la tutela de su hermano Juan de Simancas como administrador de los bienes familiares. Aunque Juan de Simancas no marchó con la armada de Pedrarias, si embarcó a la que parece ser una hermana suya y de doña Inés, de nombre María de Escobar, quien quedó al servicio de doña Isabel de Bobadilla, esposa de Pedrarias. Muy pronto se casó con Martín de Estete, quien había llegado a América de 21 años para incorporarse a la expedición de Diego de Nicuesa en 1510 y que en 1514 formó parte del contingente de hidalgos que se sumaron a la armada de Pedrarias. Fue escribano y secretario personal de Pedrarias, quien le permitió acceso privilegiado a decisiones políticas y legales en su gobernación. Según Oviedo, era “hombre muy acepto de Pedrarias Dávila” y agrega, con su característica mordacidad, “hombre no tan hábil en la milicia cuanto desdichado y flojo en la capitanía e cosas de la guerra, pero despierto en otras astucias y cautelas”. Lo cierto es que fue un hombre de mucho éxito e influencia y acumuló una prodigiosa fortuna. Cuando se fundó la ciudad de Panamá, Estete formó parte de su primer Cabildo como regidor. Fue procurador de la ciudad en la corte para gestionar el financiamiento de obras de infraestructura, como el camino a Nombre de Dios. Durante los años 1514 y 1529 tuvo una compañía dedicada a la explotación de minas de oro en Panamá junto con otros socios allegados a Pedrarias. Uno de sus socios fue el capitán Cristóbal Serrano dueño de navío y nombrado durante la administración de Pedrarias escribano mayor de minas y registros. En 1524 y 1525 Serrano era teniente de gobernador en Nombre de Dios, nombrado también por Pedrarias. Se casó con doña Inés de Escobar, de modo que, si María e Inés eran hermanas, como parece ser, Estete y Serrano serían concuñados y ambos, hombres del círculo íntimo del gobernador. De esa manera María e Inés debieron gozar de una holgada seguridad económica mientras vivieron en Castilla del Oro. Estete siguió a Pedrarias a Nicaragua, donde fue teniente de gobernador entre 1527 y 1534. En 1527 aparece como vecino de León y miembro de su Ayuntamiento. Según Oviedo, después de la muerte de Pedrarias, Estete se trasladó a Perú donde fue teniente de gobernador de Trujillo y “fue muy rico”, evaluándose su ingente fortuna en “más de 40,000 pesos de valor en oro y plata”, “dejando a su mujer cargada de oro e plata e joyas”. Pero fue acusado de defraudar a la Real Hacienda (ocultando valiosos tesoros incas), lo que resultó en un proceso judicial y la pérdida de su cargo. Poco después de estos sucesos y tras enfermar, murió en Lima en 1536, donde permanece su viuda y heredera, doña María, quien se casa en 1540 en segundas nupcias con Francisco de Chaves, teniente de gobernador general de la Nueva Castilla, segunda autoridad en importancia tras el propio Pizarro, de quien era muy cercano. El 26 de junio de 1541, cuando los almagristas asaltaron el Palacio de Gobierno para asesinar a Pizarro, Chaves fue atacado y murió en la escalera al intentar mediar con los atacantes. Según Oviedo, Chaves malbarató la fortuna de Estete, “quedándole ya pocos”. María de Escobar fue notable en su época, y se le atribuye haber introducido el trigo y la cebada en el continente americano, cuyos cultivos supervisó, gracias a lo cual se pudo comer pan por primera vez en América. En premio, el virrey le otorgó una encomienda indígena. En 1547, doña María vuelve a casarse en terceras nupcias, con el capitán Pedro Portocarrero. A fines de la década de 1520, cuando Pedrarias mudó su corte para Nicaragua donde fue nombrado gobernador, doña Inés y Cristóbal Serrano se trasladaron a la ciudad de Granada luego de haber vivido en Castilla del Oro 16 o 17 años. Serrano “era buena persona, aunque algo encogido”, es decir, tímido, dice Oviedo. El año 1526 fallece Serrano, que era ya un hombre rico y poderoso, quedando nuevamente viuda doña Inés y heredera de todos sus bienes. No tuvieron hijos. Pronto, empero, doña Inés se casa en terceras nupcias, con un criado de su difunto esposo. Sobre doña Inés de Escobar han fabulado algunos historiadores modernos (Charles Anderson, Ricardo Majó Framis, Octavio Méndez Pereira y el presbítero Ernesto Hernández) que la imaginan como “profesora de Anayansi”, la “princesa” hija del cacique Careta, a quien le enseñaría a hablar en español, vestirse a la española, aprender a hacer guisos y fritangas de la culinaria peninsular y los modales de una dama castellana. Pura fantasía. Pero en esta primera etapa de la colonia doña Inés y doña María no serían las únicas mujeres españolas que llegaron a Panamá. Se sabe de otras dos mujeres, aunque de nombres desconocidos, que viajaron con el regidor Juan de Valdivia comisionado de Balboa en dirección a La Española y que naufragaron en las costas de Yucatán junto con 15,000 pesos del quinto real. Allí fueron capturadas por los indígenas mayas, las esclavizaron y forzaron a moler maíz, hasta que fallecieron. Se conoce también de otra mujer, Isabel Hernández, esposa de Cristóbal León, fundidor y platero de oficio, según la lista que hizo el escribano Andrés de Valderrábano de los que compartieron con Balboa el avistamiento del Mar del Sur. Y probablemente habría más, que futuras investigaciones nos revelarán. El tercer traslado masivo e institucional de mujeres españolas a América llegó con la armada de Pedrarias a Darién en junio de 1514, la más grande enviada a las Indias hasta entonces. En sus 19 o 22 naves, llegaron entre 1,500 y 2,000 personas, destacando un importante contingente de nobles, caballeros, soldados, artesanos y clérigos. Con esta masiva operación humana el rey Fernando de Aragón tenía el propósito de consolidar su dominio sobre el Darién, ahora rebautizado Castilla del Oro, y establecer una colonia permanente, lo que contrastaba con las expediciones anteriores (las de Ojeda y de Nicuesa) cuyo acento era militar y exploratorio. Era un paso aún más agresivo que la operación realizada en Santo Domingo durante las administraciones de Ovando, primero, y luego del virrey Diego Colón. Ninguna de las potencias marítimas de la época o de los siglos siguientes hizo nada parecido. Ni Portugal, ni los Países Pajos, ni Inglaterra, cuyas colonias eran solo centros de operación mercantil donde no había una sola mujer de esos países. Su propósito era de explotación no de colonización, como la de Castilla del Oro. En la armada de Castilla del Oro iban unas 30 o 35 mujeres españolas, aunque la cifra exacta se desconoce. Eran familias completas, con esposas y criadas de los funcionarios y colonos, y una decena de niños y adolescentes. Algunas pertenecían a la nobleza castellana, acompañando a sus maridos y familiares. La más notable la “activa e inteligente” Isabel de Bobadilla y Peñalosa, la esposa de Pedrarias. La acompañaban mujeres jóvenes, doncellas de servicio, que a poco de llegar contrajeron matrimonio con los colonos. Pertenecía a una de las familias más poderosas de la Castilla de finales del siglo XV. Era sobrina de la marquesa de Moya, Beatriz de Bobadilla, una de las figuras más cercanas y confidentes de la reina Isabel la Católica. Hija de ella y Pedrarias fue otra mujer no menos destacada, Isabel Arias Dávila de Bobadilla. Era de carácter firme y “ánimo varonil”, cualidades que rompían con los moldes de la época. Fue esposa del conquistador Hernando de Soto a quien sustituyó en su ausencia como gobernadora y capitana general de Cuba desde 1539 hasta 1544, cuando se supo que él murió en Luisiana el año 1542 y fue arrojado a las aguas del Misisipí. Fue la única mujer que ocupó ese cargo durante la colonia. El cronista Oviedo llegó en la armada acompañado de su segunda esposa, Isabel de Aguilar, con la que se casó en 151l. Su primera esposa se llamaba Margarita de Vergara, de la que seguía perdidamente enamorado y cuya belleza no dejaba de ensalzar. Era “una de las más hermosas mujeres que ovo en su tiempo en el reino de Toledo y en nuestra Madrid”, y “nunca escupió”, escribe. Era esbelta, de rubios cabellos que les llegaban debajo de los pies, y que de un mal parto falleció teniendo 26 o 27 años, perdiendo el niño, que extrajeron a trozos, y esa misma noche quedó con el cabello “de color de fina plata”, nos dice. El viudo volvió a casarse dos veces más. El 9 de noviembre de 1521 enterró a Isabel, enferma por las difíciles condiciones de vida en Santa María del Darién. “E con dolor de pérdida tan triste para mí, transportado e fuera de sentido, viendo muerta a mi mujer, que yo amaba más que mí”, escribe. Luego se casó con Catalina de Rivaflecha. Las mujeres de la armada de Pedrarias llegaban con la ilusión de encontrar un promisorio Edén donde el oro se pescaba con redes y había pepitas del tamaño de naranjas, según había escrito Balboa. Fue desoladora su experiencia cuando encontraron que la afamada Santa María del Darién era un conjunto desordenado de miserables chozas y bohíos de construcción precaria. Encontraron, según Oviedo, a 515 españoles con algo más de 100 viviendas y unos 1.500 indígenas, hombres y mujeres, en condición de naborías, o esclavos domésticos. Más chocante aún fue el clima ferozmente húmedo, caluroso y malsano, donde proliferaban los mosquitos e incontables alimañas. Y lo peor, encontraron poco oro. Sufrieron desde temprano por la falta de víveres frescos y tener que conformarse con alimentos que desconocían. Carecían de defensas naturales y de medicamentos útiles para enfrentarse a enfermedades tropicales que las diezmaron desde su llegada. La mortalidad fue devastadora. Aquello fue una de las experiencias más trágicas en la colonización del Nuevo Mundo. La Conquista de América no fue una empresa exclusivamente masculina. Cientos de mujeres españolas participaron como esposas, criadas, emprendedoras, viudas y gobernantes, contribuyendo al asentamiento de las primeras colonias y desempeñando un papel mucho más relevante del que tradicionalmente les ha reconocido la historia.

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