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10A La Prensa Panamá, miércoles 15 de abril de 2026 En mi libro El muro de fuego en el hemisferio americano, sostengo una premisa que hoy se vuelve evidente: el poder moderno no necesita ocupar territorios para condicionar la soberanía de una nación. Basta con intervenir sus nodos críticos —logísticos, tecnológicos o económicos— para ejercer presión efectiva sin disparar un solo tiro. Panamá, por su naturaleza geográfica y estratégica, posee tres de esos nodos: El Canal. Los puertos. Y su flota mercante. Cuando buques con bandera panameña enfrentan retrasos selectivos, inspecciones desproporcionadas o bloqueos administrativos, no se trata únicamente de comercio. Se trata de una señal. Una señal de que la soberanía puede ser condicionada. El contexto internacional refuerza esta lectura. Mientras la atención global se concentra en el Golfo Pérsico y en las tensiones energéticas y militares de esa región, otros escenarios estratégicos no desaparecen; simplemente operan con menor visibilidad. Es precisamente en estos momentos de distracción global cuando las potencias actúan con mayor precisión. Panamá, además, no es un actor neutral en el vacío. Es un socio estratégico de los Estados Unidos, pieza clave en la arquitectura logística y de seguridad del hemisferio occidental. Y esa condición, inevitablemente, lo convierte en un punto de interés para potencias extracontinentales. Aquí es donde debemos hacer una distinción fundamental: La soberanía no se limita al territorio.Se extiende a la capacidad operativa de una nación dentro del sistema global. Un ataque a Panamá no necesariamente vendrá en forma de invasión. Puede manifestarse en: • la presión sobre su flota • la interrupción de su logística • el condicionamiento de sus operacioSeparación de poderes vs. caudillismo Instituciones La separación de poderes es uno de los principios fundamentales de todo sistema democrático, diseñado para evitar la concentración del poder en una sola autoridad y garantizar un equilibrio institucional que proteja los derechos fundamentales, el Estado de derecho y la estabilidad constitucional. Inspirado en la teoría de Montesquieu, este modelo se materializa en la existencia de tres órganos independientes —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— con funciones claramente delimitadas y mecanismos de control mutuo. Sin embargo, la vigencia real de este principio no depende únicamente de su reconocimiento legal, sino del comportamiento de quienes ejercen el poder. La institucionalidad democrática requiere no solo respeto formal a las competencias, sino también una cultura política basada en la prudencia, la legalidad y la autorrestricción. En este contexto, surgen riesgos cuando se adoptan prácticas de corte caudillista, caracterizadas por el ejercicio personalista del poder, la desconfianza hacia las instituciones y la tendencia a sobrepasar límites legales bajo la justificación de intereses superiores. Un ejemplo reciente evidencia estas tensiones: la intervención de un funcionario de alto nivel en una diligencia judicial en curso, relacionada con una investigación por presuntos delitos contra la administración pública. Este hecho plantea serias preocupaciones desde el punto de vista democrático, ya que no solo resulta jurídicamente improcedente, sino que refleja una confusión entre roles institucionales y una inclinación hacia prácticas que debilitan el sistema de frenos y contrapesos. La Contraloría, en su función fiscalizadora, tiene la responsabilidad de investigar y remitir sus hallazgos a las instancias correspondientes. Pero, una vez que el proceso se judicializa, corresponde exclusivamente al Órgano Judicial conducir las diligencias. La irrupción de una autoridad administrativa en este ámbito vulnera la independencia judicial y transmite un mensaje preocupante: que el poder puede imponerse por encima de las normas. Este tipo de conductas trasciende el caso puntual y tiene efectos sistémicos. Erosionan la confianza ciudadana en las instituciones y afectan la percepción de imparcialidad en la justicia. Cuando los límites entre poderes se difuminan, el Estado deja de ser percibido como garante de derechos y comienza a verse como un espacio de arbitrariedad. Además, estas prácticas representan una amenaza al statu quo democrático, entendido como un orden basado en reglas claras, previsibles y aplicables a todos. La democracia no se sostiene solo en elecciones periódicas, sino en la fortaleza institucional y en el respeto estricto a los límites del poder. Por ello, resulta fundamental reafirmar la separación de poderes como garantía de libertad y justicia. Las autoridades deben actuar dentro del marco legal, conscientes de que cualquier extralimitación debilita el sistema democrático. Asimismo, la defensa de la institucionalidad no corresponde únicamente al Estado, sino también a la ciudadanía, la academia y los profesionales del derecho. En última instancia, la separación de poderes no es un concepto abstracto, sino una garantía concreta de que nadie está por encima de la ley. Su debilitamiento pone en riesgo no solo procedimientos específicos, sino la esencia misma de la democracia. Las regiones polares que corteja China Rutas marítimas comercio global, acortando miles de kilómetros el intercambio de mercancías entre Asia, Europa y América del Norte. El tiempo de tránsito que antes superaba el mes ahora puede reducirse a casi una semana. El avance chino ha generado tensiones geopolíticas con el país que presume tener el “ejército más letal del mundo”, autodenominándose el “policía” del planeta. Dicho país ha intentado controlar Groenlandia para asegurar el dominio de esa ruta ártica, imitando tácticas como las aplicadas por Irak en el estrecho de Ormuz, donde solo permiten el paso a los buques que ellos deciden. Dinamarca, sin embargo, ha defendido la soberanía de Groenlandia y el conflicto permanece latente. De igual forma, ese mismo gobernante —que no es confiable— ha intentado apropiarse del Canal de Panamá, instalando bases militares (que no denominan como “bases”) y personal armado, lo que ha sido visto como una ocupación encubierta para controlar otra de las rutas marítimas más importantes del mundo. Esas intervenciones han limitado la soberanía panameña, ya que nuestros gobernantes actúan sin agallas bajo la influencia de esos intereses foráneos. Como un claro ejemplo, recientemente el jefe del Comando Sur visitó a nuestro “Gringuillo” y, como resultado, en un mensaje que circuló en las redes sociales, se manifestó que “Juntos (Gringolandia y Panamá), combatiremos el narcoterrorismo y garantizaremos la seguridad permanente del Canal de Panamá”. También indicó el visitante que “La seguridad es la base de la estabilidad y la prosperidad, y nuestra creciente asociación con Panamá beneficia al pueblo panameño y hace que Estados Unidos sea más seguro”. Esta falacia no es otra cosa que un engaño al pueblo panameño, que se mantiene en un nivel de ignorancia, y quien pone en riesgo la neutralidad del Canal es precisamente Estados Unidos. Nuevamente hago alusión a la lengua partida que tienen las serpientes y su boca llena de veneno, pues todos estos enviados o visitantes dicen algo, pero significa lo contrario. También cito como recordatorio a RoJorge G. Obediente Soberanía sin uniforme: el nuevo campo de batalla del Istmo Geopolítica Panamá ha comprendido, a lo largo de su historia, que la soberanía no es un concepto abstracto, sino una realidad que debe ser protegida dentro de un entorno internacional complejo. Durante décadas, el orden global ha estado sostenido por equilibrios de poder que, aunque imperfectos, han permitido estabilidad en rutas comerciales, seguridad marítima y cooperación entre naciones. Ese equilibrio, sin embargo, está siendo desafiado. El siglo XXI ha transformado la naturaleza de las amenazas. Ya no se manifiestan necesariamente de forma visible o directa. Operan a través de mecanismos más sofisticados: presión económica, control logístico y manipulación de sistemas estratégicos. Y es en ese nuevo escenario donde Panamá debe situar su análisis. Hoy, las amenazas más efectivas no anuncian su llegada. Se ejecutan en silencio. En días recientes, reportes sobre demoras e inspecciones inusuales a buques de abanderamiento panameño en puertos internacionales han generado inquietud. Estas acciones, vinculadas a tensiones comerciales y decisiones soberanas adoptadas por Panamá en materia portuaria, han sido interpretadas por distintos actores como medidas de presión por parte de China. Más allá del lenguaje diplomático, el fenómeno merece una lectura estratégica. Porque no estamos frente a un incidente aislado. Estamos frente a un patrón. nes comerciales Eso también es soberanía. Y eso también puede ser vulnerado. Durante décadas, Panamá ha operado bajo una noción de neutralidad que, en el contexto actual, resulta insuficiente. Como se plantea en esta obra, la neutralidad pasiva en un entorno de competencia entre potencias no es protección: es exposición. La realidad es clara: China no necesita desplegar fuerzas militares en el Istmo para ejercer influencia. Le basta con afectar los flujos que sostienen su relevancia global. Esto no implica confrontación innecesaria, pero sí exige claridad. Porque el mundo ha cambiado. Las grandes potencias ya no compiten únicamente con ejércitos, sino con: • cadenas de suministro • regulación portuaria • tecnología • y control indirecto de infraestructura La coerción económica se ha convertido en una herramienta de primer orden. Y Panamá, por su posición, no puede darse el lujo de ignorarlo. El error sería seguir interpretando estos eventos bajo categorías del siglo pasado. No estamos en una era de ocupaciones territoriales clásicas. Estamos en una era de influencia, presión y control estructural. En este contexto, la pregunta no es si Panamá está siendo atacada en términos tradicionales. La pregunta es si estamos preparados para reconocer cuándo nuestra soberanía está siendo condicionada —sin que nadie haya cruzado nuestras fronteras—. Porque en el siglo XXI, las fronteras ya no son solo líneas en el mapa. Son sistemas. Y quien puede afectar esos sistemas… puede afectar la soberanía. LA AUTORA es abogada. EL AUTOR es empresario. EL AUTOR es ciudadano. Rosela Nasta nald Reagan, quien afirmó que las palabras más aterradoras son cuando el gobierno dice “estoy aquí para ayudar”. China ha demostrado una visión estratégica a largo plazo, obteniendo resultados tangibles. El Ártico, antes una frontera virgen, ha sido aprovechado por el país que supo prepararse para ello, logrando avances impensables en poco tiempo. Simultáneamente, desde 1983 China ha explorado la Antártida y, desde su primera expedición, tuvo el objetivo de obtener resultados a largo plazo en una región rica en yacimientos submarinos de gas y petróleo, además de recursos minerales como oro, carbón y uranio. Aunque las condiciones extremas y los altos costos han impedido la explotación masiva, China cuenta con la tecnología y recursos humanos, económicos y científicos para incursionar en estos campos cuando los acuerdos geopolíticos lo permitan, en contraste con las políticas de otros actores cuyo interés es el de “conquistar” o imponerse bélicamente. Actualmente, China mantiene cuatro bases científicas en la Antártida y una quinta en construcción, distribuidas estratégicamente a lo largo del polo sur. A finales de 2025, dos rompehielos transportaron a 413 miembros de la 36ª Misión Antártica de China y, a su vez, llevaban pertrechos para abastecer sus cuatro bases, incluyendo la base de Kunlun, ubicada en uno de los puntos más remotos de la región. Esta base de verano, establecida en 2009, sitúa a China como líder en la investigación científica en el polo sur, además de ser fundamental para estudios astronómicos con aplicaciones civiles y militares, incluyendo el perfeccionamiento de sistemas de navegación satelital, como el BeiDou, que compite con el GPS estadounidense. La participación de China tanto en el Ártico como en la Antártida ha dado resultados positivos en muchos campos, posicionando al país a la cabeza en el escenario geopolítico actual. China lleva años realizando exploraciones en las regiones polares del planeta. Mientras muchos países ven estas zonas como territorios inhóspitos, China ha identificado oportunidades y, con su característica paciencia, se ha preparado para enfrentar y superar los retos que representan. Se ha dotado de modernos rompehielos que operan en las dos regiones polares, así como de un número de científicos que le ha permitido conocer los ambientes árticos y desarrollar una tecnología adecuada para apoyarlos. Ningún otro país cuenta con la capacidad instalada para explorar y navegar por los polos, pues se requiere una cantidad de rompehielos que solo tiene China, además de su inigualable “fábrica de científicos”. En el Ártico, el país asiático ha ido más allá de la investigación científica, respaldando sus acciones con inversiones estratégicas y el apoyo gubernamental. Cuenta actualmente con una creciente flota de rompehielos y buques equipados con cascos reforzados, lo que le permite garantizar el tránsito de sus embarcaciones de carga por aguas congeladas con un alto grado de eficiencia y seguridad. Han desarrollado sistemas de monitoreo satelital en tiempo real, lo que le ha permitido a China superar antiguos obstáculos de navegación y logística y perfeccionar su infraestructura ártica. Mientras tanto, potencias marítimas occidentales se han quedado rezagadas frente al avance chino. Una clara muestra de este éxito es que, en 2025, China realizó 14 viajes de portacontenedores a través de la llamada Ruta Marítima del Norte. Esta nueva autopista marítima ha revolucionado la logística y el Giovanni Carlucci Paredes

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