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11A La Prensa Panamá, martes 14 de abril de 2026 Contacto [email protected] Los artículos de opinión y las caricaturas son responsabilidad exclusiva de los autores. La opinión de La Prensa se expresa únicamente en el Hoy por Hoy. a medida, sustitución de jueces, presión sobre la prensa, restricciones a la protesta y concentración de competencias en el ejecutivo. El resultado es un sistema donde las elecciones pueden seguir existiendo, pero la democracia ya no funciona porque los controles han desaparecido. En este contexto, diversos autores, desde la filosofía y el derecho, han analizado cómo la concentración del poder y la eliminación de contrapesos institucionales afectan a la democracia. Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo (1951), explicó que la supresión de límites institucionales y la fusión de poderes crean las condiciones para el totalitarismo, pues permiten que el poder se vuelva ilimitado y desvinculado de la legalidad. También, en Sobre la revolución (1963), analizó cómo la pérdida de estructuras institucionales equilibradas conduce a la erosión de la libertad política. Karl Popper, por su parte, en La sociedad abierta y sus enemigos (1945), sostuvo que la democracia solo puede sobrevivir si existen mecanismos institucionales que permitan controlar y sustituir a los gobernantes sin violencia; cuando estos mecanismos se debilitan, la sociedad abierta se vuelve vulnerable a formas de autoritarismo. En Conjeturas y refutaciones (1963) insistió en que las instituciones deben diseñarse para limitar el poder y permitir la crítica, porque sin crítica institucionalizada el poder se vuelve dogmático y peligroso. Otro autor central desde el derecho constitucional contemporáneo es Mark Tushnet, uno de los teóricos más influyentes del constitucionalismo crítico. En Weak Courts, Strong Rights (2008), Tushnet analiza cómo los tribunales constitucionales pueden ser institucionalmente débiles incluso cuando reconocen derechos fuertes, lo que permite que los gobiernos ejerzan presiones o capturen espacios institucionales sin necesidad de violar formalmente la Constitución. En The New Constitutional Order (2003) desarrolla la idea de que los sistemas constitucionales pueden transformarse de manera informal mediante prácticas políticas que erosionan los controles, sin reformas explícitas del texto constitucional. Los estudios contemporáneos sobre la erosión democrática evidencian que la ruptura de la separación de poderes ocurre generalmente a través de procesos graduales, en los cuales el ejecutivo incrementa su control sobre el poder judicial, el legislativo y los órganos autónomos, en vez de mediante golpes de Estado. En América Latina se Las colaboraciones para la sección de Opinión deben incluir la identificación del autor. Los artículos no deben exceder 650 palabras. No se publican colaboraciones que hayan aparecido en otros medios y La Prensa se reserva el derecho de seleccionar, editar y publicar. No devolvemos el material. Ruptura de la separación de poderes y erosión democrática Estado de Derecho Cuando la separación de poderes se rompe en una democracia, el sistema político comienza a perder los equilibrios que garantizan la libertad, el control del poder y la vigencia efectiva del Estado de Derecho. La separación de poderes existe para impedir que un solo órgano —ejecutivo, legislativo o judicial— concentre autoridad sin límites. Cuando uno de ellos captura o domina a los demás, la democracia deja de funcionar como tal y se inicia un proceso de concentración de poder que, históricamente, ha derivado en formas de autoritarismo; se pierde el contrapeso entre los poderes del Estado. La primera consecuencia es la concentración del poder. Si el ejecutivo controla al legislativo, las leyes dejan de ser producto del debate democrático y se convierten en instrumentos para reforzar al gobierno y sus actuaciones. Si controla al judicial, desaparece la independencia necesaria para juzgar abusos, investigar la corrupción o frenar decisiones inconstitucionales. En ambos casos, el poder deja de estar limitado y se vuelve arbitrario. La segunda consecuencia es el debilitamiento del Estado de Derecho. Sin jueces independientes, las garantías procesales se erosionan, los derechos fundamentales pierden protección efectiva y los ciudadanos quedan expuestos a decisiones discrecionales. La ley deja de ser un límite y se transforma en un instrumento del poder político. La tercera consecuencia es la pérdida de calidad democrática. La separación de poderes es un pilar esencial de cualquier democracia constitucional. Cuando se rompe, se deteriora la confianza pública, se reduce la transparencia y aumenta la corrupción, porque ya no existen controles reales. Además, se debilitan los órganos autónomos —tribunales electorales, fiscalías, defensorías— que sirven como contrapesos institucionales. Finalmente, la ruptura de la separación de poderes abre la puerta a una deriva autoritaria. No suele ocurrir de golpe, sino de forma progresiva: reformas legales hechas ha identificado este fenómeno en diversas naciones. En Venezuela, los primeros pasos de la crisis actual incluyeron nombramientos y procedimientos de selección que fueron cuestionados por su falta de independencia, el incremento del control del poder ejecutivo sobre el Tribunal Supremo y la reducción de la autonomía parlamentaria, lo que ha impactado el equilibrio institucional. En Nicaragua fue más evidente la subordinación del poder judicial al ejecutivo, la falta de independencia de los órganos electorales y la concentración de funciones en la presidencia. Se destaca que la ausencia de controles efectivos ha facilitado una transformación paulatina del sistema institucional hacia prácticas autoritarias. En El Salvador se advierte que la destitución de magistrados de la Sala de lo Constitucional y del fiscal general por parte de la Asamblea Legislativa ha generado inquietudes respecto a la independencia judicial y la concentración de poder. En Guatemala se han documentado presiones políticas hacia jueces y fiscales, así como intentos de interferencia en los tribunales, especialmente en los electorales, considerados indicios de un debilitamiento de los contrapesos institucionales. Estos ejemplos latinoamericanos se utilizan en el derecho comparado para mostrar cómo la erosión democrática contemporánea se caracteriza por cambios legales graduales, reformas institucionales y prácticas políticas que, sin modificar necesariamente el texto constitucional, alteran la distribución del poder y debilitan los controles que sostienen el Estado de Derecho. En este marco regional, Panamá, aunque mantiene instituciones democráticas formales y un sistema de contrapesos funcional, debe prestar atención a los primeros indicadores que se identifican como señales tempranas de riesgo: tensiones entre órganos del Estado, intentos de influir en la independencia judicial, presiones sobre órganos de control y debates sobre reformas institucionales sin consensos amplios. Estos elementos no implican una erosión consolidada, pero subrayan la importancia de fortalecer la transparencia, la independencia judicial y la autonomía de los órganos de control para evitar dinámicas que en otros países de la región han derivado en desequilibrios institucionales. Opinión EL AUTOR es abogado, investigador y doctor en derecho. Tomás Cristóbal Alonso Los prepotentes Gestión de gobierno El ministro de Obras Públicas (léase con significado escatológico) reprende a unos ciudadanos —sus jefes, a los que debe su sueldo y servicio—, diciéndoles que él no anda de paseo, que «tiene muchas cosas que hacer» y que no le gusta que le hablen en mal tono. Le molesta que lo dejen en evidencia, como cuando le plantean que llegó por aire, no por carretera, y que debía haberlo hecho para medir bien la situación y enfrentarla; pero el «obrero» ministro vuelve a reprender, llama irrespetuoso al ciudadano y dice que es «un aporte» ir a ver la situación. Cuando un gobierno habla en términos de aporte, favor o ayuda, es sospechoso de creerse que el dinero público y sus obligaciones son de su propiedad. El panameño, acostumbrado al congueo y al «¡sí, señor!», sumado al miedo de protestar, cede ante los atropellos del ejecutivo, los desbarajustes del legislativo y la impunidad del judicial. Tan adormecidos estamos que solo queremos que pasen los años del gobierno de Mulino para ir a otra cosa, porque solo nos sentimos vivos cuando votamos; después, viene el letargo. Moca o Vamos fueron esperanzas; ahora van siendo decepciones, y los de siempre, el resto del espectro político, está dejando que se destruyan solos para ofrecerse luego como solución a tanta tristeza electorera. Mientras, el “rofión” mayor suelta discursos con sonrisas prepotentes, de esas que no muestra cuando el expresidente de Estados Unidos se burla en su cara del trato que hicieron los panameños para obtener «el Canal por un dólar». A todo prepotente le llega su hora; desde un cargo público es fácil serlo. Solo espero que, con suficiente pedagogía, aprendamos a señalarles a estos abusones su actitud cuando estén por la calle, que aprendamos a decirles: «usted es un prepotente, debería darle vergüenza». A ver si aprendemos, y también a protestar de forma más constructiva y eficiente: hace falta si no queremos seguir como vamos. EL AUTOR es escritor. Pedro Crenes Fundado en 1980 Miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa Presidente y Director Editorial (Encargado) Jorge Molina Mendoza Gerente General Sudy S. de Chassin Subdirectora y Editora de la Unidad de Investigación Mónica Palm Subdirector Asociado Rolando Rodríguez B. Editora Digital Yolanda Sandoval Editor del Impreso Juan Luis Batista ISSN 2953-3252: La Prensa ISSN L 1605-069X: prensa.com Aviso sobre el uso de Inteligencia Artificial Este periódico emplea inteligencia artificial (IA) para asistir en la edición de contenidos y mejorar la experiencia de lectura. Garantizamos que todo contenido publicado es creado y rigurosamente revisado por nuestro equipo editorial antes de su difusión. Utilizamos la IA como herramienta de apoyo para asegurar la precisión y calidad de la información que entregamos a nuestros lectores. Esta es una publicación de Corporación La Prensa, S.A. ©. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción, sin la autorización escrita de su titular. Presidente fundador Roberto Eisenmann Jr. Director emérito Guillermo Sánchez Borbón Es con el ejemplo Valores mos a una representante de los promotores de vivienda comentando que un 2% adicional, que antes no se cobraba y ahora sí, ellos lo iban a trasladar a quienes compraban viviendas, lo que encarecería el mercado en sí. Conversando con algunos amigos, nos preguntábamos: ¿por qué estos promotores no asumían la mitad y la otra mitad la asumiera el comprador del proyecto? A ustedes, que son realmente la mayoría, ¿les parece justo? Lo que va a pasar es que habrá menos compradores y, eventualmente, los promotores se verán forzados a subir los precios de nuevo, porque sacrificar una parte de la ganancia para el bien del negocio, ni pensarlo. A ese paso, eventualmente, se irá disminuyendo el mercado. Así también vemos cómo la cortesía en el manejo cada día se ausenta más. Cada día se va perdiendo esa cultura de obediencia, cumplimiento de leyes y reglas, y el valor de la palabra que tanto me hablaron mis padres. Esa época en que la palabra empeñada valía más que cualquier documento escrito. Pero, ¿por qué sucede esto? Por la falta de una real educación en valores en las instituciones educativas del país. Por la ausencia de agentes del orden público en las calles y avenidas (más allá que para poner multas en quincena). Por la falta de seguridad de castigo en los juzgamientos, sus fallos y, principalmente, en las condenas. Para muchos es más importante la cantidad de miembros adscritos a su seguridad que la calidad de los fallos o acuerdos de Juan B. Mckay A. EL AUTOR es dirigente cívico y analista político. pena que imponen. Para otros, es más importante tener las luces de “emergencia” en vehículos donde la ley claramente no lo autoriza, que cumplir con las funciones para las cuales fueron nombrados. Para otros, es muy cómodo salir electo y tener acceso a nombrar a muchos de sus seguidores, en lugar de realmente cumplir con las funciones para las cuales el público los eligió. Hay que reconocer que tenemos varios altos funcionarios que están haciendo un trabajo como el que el país necesita, defendiendo el nombre y la trayectoria de Panamá, promoviendo la inversión extranjera, tan golpeada últimamente. También hay que promover la creación de nuevas fuentes de empleo, principalmente en el área de las micro y pequeñas empresas, pues ahí radica el grueso del posible empleo en el país. Toda esta “perorata” la traigo a colación para, sin llover sobre mojado, destacar el fallecimiento de una gran persona la semana pasada. Don Lucho Moreno trabajó incansablemente en las filas de clubes cívicos, empresariales, profesionales y en cuanto lugar le “tocaran la lata” para promover valores, que, como se habrán dado cuenta, son la base fundamental de nuestra sociedad. Sin valores estamos destinados, en todos los sentidos, a un escabroso deterioro de la sociedad que solamente nosotros mismos, actuando de la manera correcta, podemos cambiar y volver a enrumbar al país por el camino correcto, alejado del “juega vivo”, del “mientras no me cojan es legal” y del “yo tengo un amigo que nos ayuda a resolver”. Pero todo empieza por dar el ejemplo. Desde chicos, a nuestra generación nos enseñaron a competir, ya fuera en una carrera de velocidad, en la cancha de fútbol, en oratoria y hasta en los juegos florales, que estaban dedicados a temas culturales. Hoy las cosas han cambiado un poco, al menos así se ve desde mi balcón. Pero la competencia, en aquel entonces, no era un “todo se vale”. Hoy por hoy, la franca competencia se ha convertido en una falta de valores, en especial de la honestidad y la integridad. En el ámbito político, vemos cómo hemos cambiado de las reuniones en parques y casas de familia a la difusión de mensajes por redes sociales, donde ya nadie está seguro si lo que ve y escucha es real. Y encima, el buen debate se ha ido cambiando por la descalificación, resaltando lo malo del contrincante en lugar de confrontarlo y proponer alternativas más firmes. La falta de valores está carcomiendo la sociedad misma, en muchos frentes y sentidos simultáneamente. En los negocios, pareciera que quien siempre lleva las de perder, lastimosamente, es el consumidor. Para poner un ejemplo, recientemente vi-

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