La escasez era real en las minas. El deseo era fabricado en una agencia de publicidad en Manhattan El diamante de laboratorio resolvió el problema del precio, pero no resolvió el problema del valor. GIA e IGI certifican diamantes naturales y de laboratorio con el mismo sistema de las 4C. La diferencia no está en la piedra, sino en el proceso que la produjo. torio y, con él, la pregunta que ochenta años de mercadeo había logrado volver innecesaria. ¿DIAMANTES ÚNICOS? Un diamante de laboratorio es químicamente idéntico al natural. Misma estructura de carbono, misma dureza, mismo comportamiento óptico. GIA e IGI los certifican con el mismo sistema. No hay diferencia observable a simple vista ni con equipo estándar. La única distinción verificable es el origen, y el origen, en este caso, no es un dato técnico, sino el único argumento que le queda a la industria natural. De Beers lo entendió antes que nadie. En 2018 lanzó Lightbox, su propia línea de diamantes de laboratorio, con precios planos y un mensaje deliberado: estas piedras son moda, no eternidad. Era una estrategia de contención. Ese mismo año, un diamante de laboratorio costaba apenas 10 % menos que uno natural; parecía una curiosidad marginal, incapaz de competir con el peso narrativo que la compañía había instaurado en medio siglo. Pero la tecnología no esperó. Para 2024, la brecha era del 83 %. Un quilate que costaba $4.000 bajó a $168, una caída que ningún modelo de negocio construido sobre escasez puede absorber sin consecuencias estructurales. De Beers acumuló $6.800 millones en deterioros en tres años. Anglo American, su controladora, reportó una pérdida neta de $3.700 millones. En 2025 cerró Lightbox. El movimiento fue leído como derrota, aunque también podría leerse que, al retirarse, De Beers puede señalar el fracaso de su propia marca como evidencia de que el mercado rechazó el laboratorio. WWW.INVESTOR.COM.PA 62 tendencias diamantes
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