Ing. Luis Madrid, gerente general e Ing. Juan Carlos Acosta, Project Manager de IGNEO, compañía especializada en ingeniería sostenible La falta de flexibilidad aparece como otro desafío silencioso. A medida que aumenta la participación de renovables variables, crece la necesidad de respaldo rápido, control de tensión, servicios complementarios y, cada vez más, almacenamiento. Sin estos elementos, el sistema se vuelve más frágil y menos predecible. El resultado puede ser paradójico: más capacidad limpia instalada, pero mayor dependencia térmica en horas críticas y restricciones que impiden aprovechar plenamente esa energía. CUANDO LA TRANSICIÓN SE VUELVE COMPETITIVIDAD El punto de inflexión ocurre cuando la transición energética empieza a incidir directamente en las decisiones de inversión. Un sistema eléctrico poco flexible no solo eleva costos operativos: condiciona el desarrollo económico. Proyectos intensivos en energía —desde centros de datos hasta industrias avanzadas— buscan entornos donde la continuidad esté garantizada y las reglas del juego sean previsibles. La incertidumbre operativa se traduce, inevitablemente, en incertidumbre financiera. Aquí es donde la conversación energética se cruza con la competitividad país. La transmisión, la regulación y los estándares técnicos dejan de ser asuntos sectoriales para convertirse en variables macroeconómicas. La transición mal gestionada no encarece la electricidad, pero encarece el crecimiento. “El valor de la infraestructura eléctrica ya no se define solo por la capacidad instalada, sino por su desempeño a lo largo del ciclo de vida”, explica Luis Madrid, gerente general de IGNEO Ingeniería Sostenible. Diseño, aseguramiento de calidad, pruebas, comisionamiento y mantenimiento predictivo se vuelven determinantes para reducir riesgos y costos a largo plazo. En sistemas más exigidos, la confiabilidad deja de ser un atributo técnico y pasa a ser un activo económico. Las cifras de inversión refuerzan esta lectura. Para alcanzar la neutralidad de carbono hacia 2050, América Latina debería invertir del orden de 60 billones de dólares anuales en energías limpias, mientras que hoy la inversión no supera los 40 billones. La brecha no es solo financiera: es institucional. Sin marcos regulatorios estables y señales claras para remunerar la flexibilidad —almacenamiento, respuesta de demanda, respaldo rápido—, el capital se vuelve cauteloso. La electromovilidad añade otra capa de complejidad. En Panamá, la legislación vigente establece metas concretas para la incorporación de flotas eléctricas, incluyendo 40 % de la flota administrativa pública hacia 2030, además de objetivos para transporte colectivo y selectivo. Estas metas, necesarias desde el punto de vista ambiental, implican retos inmediatos para la red de distribución: refuerzo de transformadores, planificación de nodos de carga y gestión de picos. “Sin reglas claras y estándares técnicos consistentes es difícil movilizar inversión de largo plazo en infraestructura”, advierte Madrid. La afirmación resume un punto central: la transición energética requiere no solo voluntad política, sino certidumbre regulatoria. En este escenario, el verdadero indicador de éxito deja de ser el número de megavatios instalados. Los indicadores relevantes pasan a ser otros: resiliencia de la red, capacidad de respuesta ante picos de demanda, integración eficiente de renovables, reducción de pérdidas y predictibilidad del entorno regulatorio. La transmisión y la operación emergen como protagonistas silenciosos de la transición. Panamá no parte de cero. Tiene una base hidroeléctrica relevante, una diversificación renovable en marcha y planificación formal de expansión de la red. El desafío es estratégico: ejecutar a tiempo, coordinar actores y asumir que la transición energética ya no es solo una meta ambiental, sino una condición estructural para competir en la economía que viene. La pregunta final, entonces, no cuestiona la sostenibilidad, sino su ejecución: ¿está Panamá convirtiendo la transición energética en una ventaja competitiva real o simplemente adaptándose a ella con lo justo? LA SOSTENIBILIDAD NECESITA REDES CONFIABLES, FLEXIBLES Y PLANIFICADAS PARA SOSTENER CRECIMIENTO ECONÓMICO, DIGITALIZACIÓN Y ELECTROMOVILIDAD”. WWW.INVESTOR.COM.PA 82 INFRAESTRUCTURA Competitividad
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