Por MATÍAS MORALES Fotos CORTESÍA No hay estridencia cuando Anabella entra a un espacio. No hay poses ni frases preparadas. No hay una necesidad visible de ocupar el centro. Hay algo más difícil de describir y, precisamente por eso, más poderoso: una presencia que baja el volumen de la habitación. Como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza que algo distinto está ocurriendo. Que el ritmo cambia... que no hace falta correr. Hay personas que parecen estar siempre llegando tarde a su propia vida. Anabella, no. Ella da la impresión de haber llegado exactamente cuando tenía que llegar. Ni antes ni después. Como si hubiese aprendido —muy temprano— que el tiempo no se persigue, pero se habita. Hablar de energía suele ser un terreno resbaladizo. Se abusa del término, se lo vacía de sentido, se lo convierte en consigna. Pero en su caso no aparece como un concepto abstracto, sino como una consecuencia visible. La energía no es un discurso, sino el resultado de una coherencia sostenida en el tiempo. De una manera de moverse —literal y simbólicamente— por el mundo sin forzar, sin empujar, sin impostar. Desde muy pequeña, el cuerpo fue un territorio familiar. Habla de la influencia de sus padres y de cómo el movimiento no era una moda ni una terapia correctiva, sino que era parte de la vida cotidiana. Mientras otros descubren el bienestar como promesa adulta, ella lo incorporó como lenguaje. Bailar, correr, estirarse, respirar. No para rendir mejor, sino para habitarse mejor. “Crecí entendiendo el bienestar como algo cotidiano y no como un objetivo. Era parte de la vida, no un discurso”, comentó. En su casa, el cuidado se practicaba, no se enunciaba. Comer bien, moverse, escuchar al cuerpo, mantener una relación sana con la rutina. Nada de eso se vivía como sacrificio ni como disciplina rígida, sino como una forma natural de estar en el mundo. Crecer así deja marcas silenciosas. Marca el ritmo interno. Marca la 31 WWW.INVESTOR.COM.PA ABOUT
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