El resultado es un escenario que genera fricción con el consumidor. La percepción de “precios abusivos” convive con una realidad menos intuitiva: mientras la demanda supere a la oferta disponible, los precios no bajarán de forma generalizada. No porque las aerolíneas no quieran, sino porque el sistema no tiene holgura. Incluso en mercados domésticos, históricamente más flexibles, los niveles de ocupación actuales superan con creces los promedios de la década pasada. ¿NUEVA NORMALIDAD O EQUILIBRIO INESTABLE? La gran pregunta es si este patrón llegó para quedarse. Los indicadores actuales sugieren que sí, aunque no sin tensiones. Por un lado, el cambio en las prioridades del consumidor parece profundo. La experiencia del encierro revalorizó el tiempo, el movimiento y la posibilidad de estar en otro lugar. Viajar se convirtió en una forma de afirmar control sobre la propia vida, incluso en contextos de incertidumbre. Además, la industria se adapta a este comportamiento. La digitalización de procesos, el uso de biometría en aeropuertos y la aplicación de inteligencia artificial en pricing y atención al cliente reducen fricciones y facilitan el viaje, reforzando su carácter cotidiano. Todo apunta a que volar será cada vez más sencillo desde el punto de vista operativo, aunque no necesariamente más barato. Sin embargo, este nuevo equilibrio también tiene límites. El contexto económico global sigue siendo frágil. Una desaceleración más marcada del consumo, cambios geopolíticos o nuevas disrupciones podrían poner a prueba esta demanda sostenida. El hecho de que el sistema funcione siempre cerca de su capacidad máxima lo hace eficiente, pero también vulnerable. Hay, además, una dimensión social que no puede ignorarse. La desaparición de la temporada baja implica también la desaparición de oportunidades accesibles para ciertos segmentos. Quien no puede comprar con meses de anticipación o flexibilizar fechas queda fuera del mercado o paga precios significativamente más altos. La democratización del acceso convive, paradójicamente, con nuevas formas de exclusión. Aun así, los datos no muestran una reversión del fenómeno. La temporada alta de fin de año 2025, por ejemplo, proyecta más de 300 millones de pasajeros globalmente entre diciembre y enero, reforzando la idea de un uso constante del transporte aéreo. No se trata de picos aislados, sino de un flujo continuo que redefine cómo se planifica, se vende y se consume el viaje. Quizás el cambio más profundo no sea económico, sino mental. Durante décadas, el viajero se adaptó al calendario de la industria. Hoy es la industria la que intenta adaptarse a un viajero que ya no espera. Que decide. Que prioriza. Que, incluso cuando se queja del precio, vuelve a comprar. La temporada baja, entendida como un periodo de pausa y oportunidad, perdió sentido en gran parte del mundo. No porque viajar sea siempre fácil o barato, sino porque dejó de ser postergable. En ese nuevo mapa, el viaje ya no es un paréntesis en la vida cotidiana, sino que es parte de ella. FACTOR DE OCUPACIÓN LOS AVIONES OPERAN DE MANERA SOSTENIDA CON OCUPACIONES SUPERIORES AL 84 % La idea de que ya no existen vuelos vacíos no es estrictamente verdadera, pero sí refleja una tendencia real del mercado: hoy es mucho menos común ver aviones con muchos asientos sin vender. WWW.INVESTOR.COM.PA 76 CONSUMO Nuevo turismo
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