Por MATÍAS MORALES Fotos UNSPLASH Y CORTESÍA Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que dormir era considerado un acto menor. Necesario, sí; interesante, no. El cuerpo descansaba, el cerebro “se apagaba” y la vida real ocurría mientras estábamos despiertos. Esa idea estructuró durante siglos la manera como organizamos el tiempo, el trabajo y la productividad. También justificó, sin demasiadas preguntas, la reducción progresiva de las horas de sueño en la vida moderna. Hoy ese marco conceptual está agotado. No porque haya surgido una moda de bienestar, sino porque el conocimiento científico acumulado ya no permite sostenerlo. Dormir dejó de ser un paréntesis pasivo para convertirse en uno de los procesos biológicos más activos, sofisticados y decisivos del organismo humano. Y ese cambio de mirada está teniendo consecuencias profundas. Lo que antes era un asunto médico marginal es ahora un tema transversal: salud cerebral, longevidad, tecnología, cultura laboral, urbanismo, desigualdad y bienestar mental convergen en una misma pregunta. No cómo dormir mejor, sino qué sabemos hoy sobre el sueño y qué dice eso sobre la forma como vivimos. DEL MISTERIO BIOLÓGICO AL CEREBRO EN PLENO FUNCIONAMIENTO Durante buena parte del siglo XX, el sueño fue un territorio opaco para la ciencia. Se sabía que era indispensable, pero no se comprendía su función real. El gran punto de inflexión llegó cuando se demostró que el cerebro no descansa al dormir: cambia radicalmente de modo. Las investigaciones sobre las fases del sueño —en especial el sueño profundo y la fase REM— transformaron el entendimiento del descanso. Durante estas etapas, el cerebro reorganiza la información adquirida durante el día, consolida memorias, procesa emociones y regula sistemas fundamentales para el equilibrio mental. La fase REM, durante años asociada únicamente con la experiencia onírica, pasó a ser entendida como una instancia clave para la salud emocional y cognitiva. Su privación está vinculada a mayor ansiedad, irritabilidad, dificultades de aprendizaje y alteraciones del estado de ánimo. Dormir no es solo recuperar energía: es ordenar la experiencia humana. El hallazgo más disruptivo, sin embargo, fue el descubrimiento del sistema glinfático, un mecanismo de limpieza cerebral que elimina residuos metabólicos acumulados durante la vigilia. Este sistema funciona casi exclusivamente durante el sueño profundo. Cuando dormimos poco o mal, esa limpieza queda incompleta. El impacto no es inmediato ni evidente. Es progresivo, acumulativo y silencioso. Y por eso mismo es crítico. Aquí se derrumba uno de los mitos más persistentes: que dormir poco “no hace tanto daño” si se sostiene en el tiempo. La evidencia indica lo contrario. El cuerpo no La tecnología del sueño crece, pero medir no siempre equivale a descansar mejor. La privación crónica de sueño deteriora funciones cognitivas incluso cuando la persona no lo percibe. WWW.INVESTOR.COM.PA 63 tendencias salud
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