98MUNDO SOCIAL FEBRERO 2026 SUPERMAMÁS Instagram: @supermamas.panama Viene el verano (bueno si es que llega). Y con él, ese ritual que muchas mamás conocemos demasiado bien: abrir el cajón de los trajes de baño, sacar *el bikini de antes* y preguntarme, con una mezcla de ilusión y negación, si esta vez sí va a pasar el milagro. Spoiler alert: no pasa. Y no porque no lo intente, porque claro que lo intento. Hago promesas internas que duran lo que dura un antojo, me convenzo de que ahora sí voy a ser constante, pienso seriamente en comer mejor, moverme más y acostarme más temprano. Todo con un objetivo muy claro: volver a ese cuerpo que alguna vez tuve. Ese cuerpo prehijos, predesveladas, precansancio acumulado. Pero de lo que casi no se habla es de que esta lucha es real. Y no es superficial. No se trata solo de verme bien en bikini. Se trata de verme al espejo y reconocerme. De aceptar que mi cuerpo de mamá viene acompañado de llantitas nuevas, gorditas que se instalaron sin pedir permiso, celulitis que antes no estaban y una piel que ya no responde igual. Y no, no siempre eso me hace feliz. Y decirlo no me hace menos agradecida ni menos consciente. Porque además existe esta presión silenciosa de que “debería amar mi cuerpo tal como es”. Y sí, entiendo el mensaje, pero seamos honestas: aprender a amar un cuerpo que cambió, que no siempre reconoces y que te recuerda todos los días el cansancio físico y emocional, no es automático. No es una frase bonita de Instagram. Es un proceso real, con días buenos y otros no tanto. Muchas veces tampoco estoy hablando solo del posparto. Mi cuerpo sigue cambiando con los años, con las hormonas, con las etapas de la maternidad y de la vida. Y yo, muy humana, quiero volver a lucir como antes. Quiero sentirme cómoda, ligera, segura. Pero llega un momento en el que tengo que aceptar una verdad incómoda: ya no es el mismo cuerpo. Y, probablemente, nunca lo será. Eso no significa rendirme. No significa dejar de cuidarme ni abandonar el deseo de sentirme bien. Al contrario. Hoy cuidarme tiene otro significado. Ya no es castigo ni urgencia. Es respeto. Es salud. Es energía para todo lo que hago cada día. Es elegir moverme cuando puedo, comer mejor sin obsesión, descansar cuando se logra y dejar de pelearme tanto con el espejo. Con el tiempo, algo cambia. Empiezo a mirar mi cuerpo con otros ojos. Un cuerpo que gestó vida, que sostuvo, que cargó, que sigue estando ahí todos los días. Aprendo a empoderarme desde otro lugar y a buscar la mejor versión de mamá que soy hoy, no la de hace años. Tal vez este verano no sea el del bikini de antes, pero puede ser el verano en el que me permito disfrutar, estar presente y vivir en paz con el cuerpo que tengo hoy. Porque mi cuerpo cambió, sí; pero yo también. Y eso también merece amor. Así que, supermamá, ponte el bikini con el que te sientas cómoda y disfruta del verano con los tuyos. El bikini no cambió… ¡yo sí!
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