103 MUNDO SOCIAL NOVIEMBRE 2025 EL DESORDEN DEL TIEMPO ERNESTO MÉNDEZ CHIARI [email protected] @elbrunchblog Hay momentos en que el cuerpo se niega a obedecer al reloj. Amanece, y uno siente que sigue de noche. Entra el mediodía, y el cansancio cae como si fueran las tres de la mañana. El jet lag es, en apariencia, un simple desajuste físico. Pero detrás del sueño torcido y la mente nublada hay algo más profundo: la sensación de habitar dos lugares al mismo tiempo. Viajar implica siempre una forma de desarticulación. El avión despega y el cuerpo se mueve, pero la conciencia tarda en alcanzarlo. Durante las primeras horas en una ciudad nueva, uno camina entre calles desconocidas con una percepción alterada: todo brilla con la luz de lo ajeno, pero algo dentro no ha llegado todavía. Es como si el alma viajara a una velocidad distinta. Hay un momento, casi siempre en los primeros días, en que el cuerpo ya llegó pero la mente sigue en otro lugar. El sueño se confunde con la vigilia, las horas se mezclan y el presente parece detenido. Es una sensación extraña: uno está ahí, pero aún no del todo. Como si necesitara un tiempo intermedio para aterrizar también por dentro. El jet lag es, en realidad, una frontera. No entre países, sino entre versiones de uno mismo. Es el tramo invisible entre quien parte y quien llega, entre el que observa y el que se adapta. Es un recordatorio de que el viaje implica desplazarse tanto en geografía como en nuestra conciencia. A veces pienso que ese cansancio persistente, esa imposibilidad de dormir cuando todo invita al descanso, es una forma de resistencia interior. Como si el cuerpo se negara a entregar del todo el pasado, aferrado a una luz distinta, a un ritmo que ya no existe. Y tal vez ahí reside la belleza de las horas extranjeras: en esa mezcla de confusión y lucidez que solo aparece cuando el tiempo deja de ser un sistema y se convierte en experiencia. Cuando el cuerpo pierde la noción de las horas, la mente gana espacio para la observación. Se camina sin prisa, sin mapa, sin la presión de “aprovechar el día”, pero haciendo justamente eso. Los relojes dejan de tener autoridad, y el viaje se vuelve una forma pura de estar. En ese limbo temporal, las ciudades revelan otra textura: las sombras cambian de dirección, los sonidos se amplifican, el aire adquiere densidad. Lo que para los demás es rutina, para el viajero desajustado puede incluso ser una revelación. A veces, en medio del cansancio, la mirada cambia. Todo se vuelve más claro, más quieto. Se notan cosas que antes pasaban de largo: una voz, una sombra, un gesto cualquiera. No es que el lugar sea distinto, es uno el que empieza a verlo de verdad, en su momento preciso. Con los días, el cuerpo aprende de nuevo el idioma del tiempo. El sol vuelve a salir a su hora y la noche cae donde debe caer. Sin que uno se dé cuenta, el cansancio se acomoda, el sueño regresa a su sitio y el mundo recupera su compás. Entonces, el viajero entiende que ha llegado de verdad, no al lugar, sino al instante exacto en el que el día empieza a tener sentido otra vez. El jet lag, al final, no es un capricho del sueño ni del cansancio; es la memoria del cuerpo negándose a obedecer los relojes, recordándole al hombre que el tiempo es una invención frágil. Y que, para reconocerse en el mundo, a veces basta con perder el ritmo y dejar que la vida marque su propia hora. TREND
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