7A La Prensa Panamá, jueves 10 de septiembre de 2026 Contacto [email protected] Los artículos de opinión y las caricaturas son responsabilidad exclusiva de los autores. La opinión de La Prensa se expresa únicamente en el Hoy por Hoy. institución ya hace. Los pusimos a trabajar. Utilizamos design thinking. Diezmesas, una pregunta compartida y una regla implícitadifícildecumplir:porunashorashabía que abandonar la comodidad de representarposicionesyempezaraimaginarposibilidades. Lo que ocurrió me pareció más importante que las propuestas resultantes. La inteligencia colectiva comenzó a encontrar coincidencias: profesores que necesitan experimentar con IA; universidades que necesitan aprender de sus propios datos; currículos que deben conversar mejor con empleadores; procesos de calidad que acompañen la innovación; instituciones que aprendan haciendo. Incluso surgió una idea que resume bastante bien el momento: que lo metódico pueda hacerlo la IA y que los humanosconcentremosnuestraenergíaenel análisis y las capacidades del ser. Pero después entendí algo todavía más desafiante. El consenso no produce cambio. Las personas sí. David Bullón, quien acompañó este proceso desde Instagram, me planteó una reflexión que sigo procesando: cualquier transformación que pretendamos sostener afuera exige también una transformación adentro. Cambian las personas, cambia la manera en que trabajan los equipos y, finalmente, cambia su cultura. Si eso no ocurre, hasta la mejor metodología termina convertida en otro proyecto. Quizás allí esté una de las grandes oportunidades para Panamá. PISA importa. Medir importa. Y volver en 2029 permitirá nuevamente compararnos. Pero sería peligroso pensar que prepararnos Las colaboraciones para la sección de Opinión deben incluir la identificación del autor. Los artículos no deben exceder 650 palabras. No se publican colaboraciones que hayan aparecido en otros medios y La Prensa se reserva el derecho de seleccionar, editar y publicar. No devolvemos el material. Bajar de peso no debe costar la salud Medicamentos Como joven y especialista en el área farmacéutica, me resulta alarmante observar la creciente demanda de medicamentos utilizados para bajar de peso y, sobre todo, la facilidad con la que algunas personas buscan adquirirlos sin una adecuada evaluación profesional. Ozempic, Mounjaro y otros medicamentos de esta nueva generación han generado enormes expectativas. Sin embargo, no son una fórmula mágica para bajar de peso. Pueden ser herramientas terapéuticas importantes cuando existe una indicación adecuada, pero requieren valoración, seguimiento y un abordaje integral. No son sustitutos de una alimentación equilibrada, actividad física ni de cambios sostenibles en el estilo de vida. La preocupación aumenta cuando estos productos se adquieren por redes sociales, internet o establecimientos no autorizados. Un medicamento de dudosa procedencia puede no contener lo que declara su etiqueta, tener una dosis incorrecta o estar contaminado. En ese escenario, lo que comenzó como el deseo de mejorar la apariencia puede terminar convirtiéndose en un problema serio de salud. También considero necesario llamar la atención sobre otro fenómeno que hemos normalizado: el uso indiscriminado del omeprazol. Tomarlo repetidamente o durante períodos prolongados sin una indicación adecuada no es inocuo. Su utilización prolongada puede asociarse con deficiencia de vitamina B12, hipomagnesemia, problemas renales, infecciones intestinales y un mayor riesgo de fracturas en determinados pacientes. El medicamento debe utilizarse cuando realmente está indicado, en la dosis apropiada y durante el tiempo necesario. Pero detrás de esta demanda existe una pregunta que como sociedad debemos hacernos: ¿cuánto estamos dispuestos a arriesgar para alcanzar un determinado estándar de belleza? Las redes sociales muestran cuerpos aparentemente perfectos y pueden generar la sensación de que nuestro cuerpo nunca es suficiente. Esa presión puede llevar a decisiones apresuradas, automedicación y a confiar en productos cuyo origen desconocemos. No estoy en contra de los medicamentos utilizados responsablemente para tratar la obesidad. Estoy en contra de convertirlos en una moda, utilizarlos sin criterio profesional o comprarlos en canales donde no existe garantía de autenticidad y seguridad. Bajar de peso puede ser un objetivo legítimo. Poner en riesgo la salud para conseguirlo no lo es. La verdadera meta no debería ser simplemente pesar menos, sino vivir mejor, cuidar nuestro cuerpo y construir hábitos que podamos mantener durante toda la vida. La voluntad del pueblo no se presume: se consulta Nueva Constitución en su nombre sin haber comprobado su voluntad. Una cosa es sostener que Panamá necesita una nueva Constitución. Esa es una opinión que puede defenderse con argumentos. Otra muy distinta es afirmar que el pueblo panameño quiere hoy una Asamblea Constituyente para sustituir la Constitución vigente. Esa afirmación ya no expresa simplemente una opinión sobre lo que conviene al país; pretende expresar la voluntad popular. Y la voluntad popular no se adivina ni se presume: se manifiesta. Nuestra Constitución establece, en su artículo 314, la posibilidad de convocar una Asamblea Constituyente Paralela. Existe, por tanto, un camino constitucional para elaborar una nueva Carta Fundamental. El artículo 314 determina quiénes pueden poner en marcha el mecanismo y cómo debe desarrollarse. Eso resuelve el problema jurídico de la convocatoria. No responde, por sí solo, una pregunta política anterior y fundamental: ¿Quiere hoy la mayoría de los panameños iniciar un proceso constituyente para adoptar una nueva Constitución? No veo por qué debemos temer esa pregunta. Al contrario: propongo que se responda desde el inicio mediante una consulta popular que autorice la apertura del proceso. Un referéndum de salida para aprobar o rechazar un texto ya redactado no sustituye la consulta de entrada. Votar al final sobre lo que otros decidieron empezar no es lo mismo que haber dado el mandato inicial para abrir el proceso. La soberanía popular no consiste solo en aprobar el producto terminado, sino en decidir soberanamente si se debe abrir la puerta. Si existe una amplia voluntad nacional favorable a una nueva Constitución, consultarla de entrada no debilitaría el proceso; le daría una legitimidad extraordinaria desde su nacimiento. Si el pueblo responde afirmativamente, quienes promueven la Constituyente contarían con el fundamento más fuerte posible: un mandato claro de la ciudadanía. Y si la respuesta fuese distinta, también habría que respetarla. Eso es democracia. Además, una Constitución que nace al margen de los cauces formales que establece la norma vigente, o sin la certeza de haberlos respetado, arrastra desde su oriEdgardo Molino Mola Panamá no está en PISA, pero ese no es nuestro mayor problema Educación Hoy Panamá no aparece en la fotografía de PISA. Podríamos dedicar los próximos días a discutir si debimos estar, quién tomó la decisión o qué habrían dicho los resultados. Es una conversación legítima. Pero temo que nos distraiga de una pregunta mucho más incómoda. ¿Qué tendría que cambiar en nosotros para que la educación cambie de verdad? He pasado buena parte de mi vida profesional alrededor de la educación. He visto planes, reformas, mesas de diálogo, diagnósticos y consensos técnicamente impecables. Y cada vez estoy más convencida de algo: nuestro problema no es únicamente saber qué hacer. Es conseguir que quienes hacemos parte del sistema podamos hacer algo diferente. Hace unas semanas viví una experiencia en Costa Rica que reforzó esa convicción. Convocamos a quienes normalmente observan la educación superior desde lugares distintos: rectores y vicerrectores, decanos, responsables de calidad e innovación, docentes, empresas, representantes del sector tecnológico y actores vinculados con la política educativa. El 67% de los participantes tenía responsabilidades de liderazgo universitario. No los reunimos para escuchar conferencias ni para defender lo que cada significa entrenarnos durante tres años para obtener una mejor fotografía. Tenemos una oportunidad mucho mayor: usar estos tres años para aprender a cambiar. Primero, escuchar sin posiciones predeterminadas. Después, definir juntos qué problemas realmente importan. Experimentar soluciones a pequeña escala. Permitir que docentes, estudiantes, instituciones, empresas y Estado aprendan unos de otros. Medir. Equivocarnos sin convertir cada error en fracaso. Corregir. Y escalar aquello que funcione. En innovación, esa ruta tiene nombre: doble diamante. Descubrir, definir, desarrollar y entregar. Pero su verdadero valor no está en el dibujo. Está en lo que ocurre con las personas mientras lo recorren. Cuando alguien deja de preguntarse cómo proteger lo que siempre ha hecho y comienza a preguntarse qué podría hacer diferente junto con otros, aparece una energía distinta. El cambio deja de pertenecer al gobierno, al ministerio, a la universidad o al siguiente plan nacional. Empieza a pertenecernos. Por eso, la ausencia de Panamá en PISA podría terminar siendo una extraña oportunidad. Que 2029 no sea el año en que volvamos a descubrir dónde estamos. Que sea el año en que podamos demostrar cuánto fuimos capaces de cambiar. Opinión EL AUTOR es farmacéutico. LA AUTORA es especialista en innovación educativa y transformación institucional- CEO de SénecaLab. EL AUTOR es exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia. Ángel Gómez gen preguntas sobre su plena legitimidad y se expone a futuros cuestionamientos que amenazarían la estabilidad jurídica del país. Quien pretende dar certidumbre a la nación por las próximas décadas no puede construir sobre cimientos jurídicamente vulnerables. Tampoco debemos presentar este debate como un enfrentamiento entre quienes quieren cambiarlo todo y quienes desean conservarlo todo. No es mi posición. Creo que necesitamos una nueva Constitución para reforzar la separación y el equilibrio entre los poderes públicos, mejorar los controles institucionales, exigir una verdadera rendición de cuentas y reafirmar que quien ocupa un cargo público no recibe un privilegio, sino una responsabilidad frente a la sociedad. Necesitamos instituciones capaces de responder al siglo XXI sin abandonar principios que deben permanecer: la libertad, la seguridad jurídica, el respeto a los derechos humanos, la independencia de la justicia y la subordinación de todos los gobernantes a la Constitución y a la ley. Por eso creo que el mejor punto de partida es evitar toda apariencia de que alguien decide por el pueblo cuál es su voluntad. Los constitucionalistas pueden opinar. Los partidos políticos pueden proponer. El Ejecutivo y la Asamblea pueden ejercer las atribuciones que la Constitución les reconoce. Los movimientos ciudadanos pueden promover sus ideas. Pero ninguno de ellos es el pueblo entero. Una Constitución llamada a regir durante décadas merece nacer con la mayor legitimidad posible. Y esa legitimidad no provieneúnicamentedecumplirunprocedimiento formal posterior, sino de saber, desde el primer momento, que el pueblo quiso emprender ese camino. Por eso, mi posición no es contraria a una nueva Constitución. Es precisamente lo contrario: creo que Panamá la necesita y quiero que nazca bien. Que corrija nuestras fallas institucionales. Que responda a los cambios de nuestro tiempo. Que cierre espacios a la corrupción. Que coloque nuevamente la honradez en el centro del servicio público. Pero, sobre todo, que sea verdaderamente la Constitución del pueblo panameño. Y para saber qué quiere el pueblo existe una fórmula democrática más segura que hablar en su nombre: preguntárselo. Porque la voluntad del pueblo no se presume. Se consulta, se escucha y se respeta. Creo que Panamá necesita una nueva Constitución. La necesita para corregir desviaciones que, con el paso del tiempo, han deformado el sentido de algunas normas constitucionales; para adecuar nuestras instituciones a los profundos cambios políticos, sociales, económicos y tecnológicos del mundo actual; y para fortalecer los mecanismos destinados a combatir la corrupción y asegurar la honradez, la transparencia y la responsabilidad en el ejercicio de los cargos públicos. Una nueva Constitución puede ser la oportunidad de modernizar el Estado, cerrar espacios al abuso del poder y devolver al ciudadano la confianza en sus instituciones. Pero precisamente porque considero necesaria una nueva Constitución, me preocupa la forma en que se está planteando este proceso. El Decreto Ejecutivo N.º 488, de 28 de agosto de 2024, creó la Secretaría Presidencial para la Reorganización del Estado y Asuntos Constitucionales (Sepresac), a la que reconozco la labor de alfabetización ciudadana que ha desarrollado. Sin embargo, la hoja de ruta y el calendario que la Secretaría ha divulgado se orientan hacia un proceso constituyente apoyado en lo que se ha denominado la “vía originaria”. Me permito expresar, con todo respeto, una preocupación de orden jurídico: una decisión de esa magnitud requiere una autorización legal y democrática de una jerarquía muy superior a la que un decreto ejecutivo puede conferir. Esa es una cuestión que, en mi opinión, merece ser resuelta antes de avanzar. De ahí surge una pregunta que, creo, conviene resolver antes que ninguna otra: ¿ha expresado ya el pueblo con claridad esa voluntad? Se repite, con razón, que el poder público emana del pueblo. Pero de esa verdad surge una consecuencia que no podemos ignorar: si el poder pertenece al pueblo, nadie puede presumir lo que el pueblo quiere ni hablar Adriana Angarita Fundado en 1980 Miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa Presidente y Director Editorial (Encargado) Jorge Molina Mendoza Presidente fundador Roberto Eisenmann Jr. Director emérito Guillermo Sánchez Borbón Gerente General Sudy S. de Chassin Gerente de Ventas Casilda P. de Somoza [email protected] Gerente de Mercadeo y Club La Prensa Karol Samán [email protected] Teléfono: 323-6400 ISSN 2953-3252: La Prensa ISSN L 1605-069X: prensa.com EDITORIAL COMERCIAL Subdirectora de Investigación, Política y Judiciales Mónica Palm Subdirector Asociado Rolando Rodríguez B. 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