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7A La Prensa Panamá, lunes 13 de julio de 2026 Contacto [email protected] Los artículos de opinión y las caricaturas son responsabilidad exclusiva de los autores. La opinión de La Prensa se expresa únicamente en el Hoy por Hoy. lla la regulación emocional: la capacidad de atravesar una emoción intensa sin que esa emoción tome el control. Esa capacidad no se forma sola. Se forma en conversaciones concretas, cuando un adulto pregunta cómo estuvo el día y se queda a escuchar la respuesta. Cuando no se cambia el tema al primer signo de incomodidad. Cuando se modela, con el propio ejemplo, que sentir no es vergonzoso. Hay otra idea que hace daño y que también se instala temprano: la de que un hombre que pide ayuda es un hombre que no pudo solo. Que necesitar a otros es señal de insuficiencia. Esta creencia tiene consecuencias graves y medibles. Los hombres consultan menos al médico, buscan ayuda psicológica con mucho más retraso que las mujeres y enfrentan el sufrimiento en soledad hasta que ya no pueden más. Los datos sobre suicidio lo confirman de manera contundente: en la mayoría de los países, los hombres mueren por suicidio en una proporción de tres a uno respecto a las mujeres. No porque sufran más, sino porque han aprendido a pedir menos ayuda. El silencio que se les enseña desde niños tiene un costo real, y ese costo, a veces, es la vida. Enseñar a un niño que pedir ayuda es un acto de inteligencia, no de debilidad, es una de las cosas más protectoras que una familia puede hacer. Que decir “no sé”, “necesito apoyo” o “esto me supera” no lo disminuye: lo conecta con otros y abre puertas que el orgullo mal entendido cierra. Las persoLas colaboraciones para la sección de Opinión deben incluir la identificación del autor. Los artículos no deben exceder 650 palabras. No se publican colaboraciones que hayan aparecido en otros medios y La Prensa se reserva el derecho de seleccionar, editar y publicar. No devolvemos el material. El pastel que crece Libre oferta al penthouse. El economista y filósofo francés Frédéric Bastiat lo entendió hace casi dos siglos: la riqueza no es un pastel fijo que se reparte entre invitados, es un pastel que crece con libertad económica, innovación y reglas claras. Pero un pastel que crece necesita un ingrediente que rara vez se nombra: el precio libre. Cuando el precio refleja el costo real de producir, transportar o importar algo, funciona como información, le dice al productor si conviene seguir produciendo. Cuando un decreto fija ese precio por debajo de ese costo, el precio deja de informar y empieza a ordenar, y el productor responde con la única variable que le queda: deja de traer el producto. No es ideología. Es aritmética. Eso es exactamente lo que le pasó a Argentina. En noviembre de 2022, el gobierno de Sergio Massa lanzó “Precios Justos”: casi 1,900 productos con el precio congelado por decreto. A las pocas semanas, la propia Secretaría de Comercio detectó un 25% de faltantes en las góndolas del área metropolitana de Buenos Aires, con entregas de Surse Pierpoint Crianza que salva vidas Emociones Hay decisiones que se toman en la cocina, en el camino a la escuela, antes de dormir. Decisiones pequeñas, cotidianas, que no parecen tener peso, pero que van formando, con el tiempo, la manera en que un niño aprende a estar en el mundo. La crianza no es solo alimentar y proteger: es también enseñar. Y una de las cosas más importantes que podemos enseñar, especialmente a los niños varones, puede, literalmente, salvar vidas. Desde muy temprano, los niños reciben un mensaje implícito: las emociones son territorio femenino. Se les dice que no lloren, que sean fuertes, que se aguanten. Se normaliza que las niñas hablen de lo que sienten y se sanciona que los niños hagan lo mismo. El resultado, años después, es un adulto que no sabe qué hacer con lo que siente, que confunde tristeza con rabia, que interpreta la angustia como una amenaza y responde con violencia o con silencio. Lo que un niño necesita escuchar es algo diferente: que sentir miedo, tristeza, frustración o vergüenza no lo hace débil ni femenino. Lo hace humano. Las emociones no son un problema que haya que eliminar; son información. Le dicen algo importante sobre lo que está viviendo. El enojo avisa que algo no está bien. La tristeza señala una pérdida. El miedo pide precaución. Aprender a leer esas señales, en lugar de apagarlas, es una habilidad que protege. A él y a quienes lo rodean. Cuando un niño aprende a identificar lo que siente y a ponerle nombre, desarronas que buscan ayuda cuando la necesitan tienen mejor salud mental, mejores relaciones y mayor capacidad para superar las crisis. No es una señal de fracaso. Es exactamente lo contrario. El tercer tema es urgente. Los datos sobre violencia contra las mujeres son consistentes y graves: en la mayoría de los casos, el agresor es alguien cercano. Un compañero, un novio, un esposo. Un hombre que en algún momento fue un niño a quien nadie le enseñó a manejar su ira ni a ver a la mujer como un igual. La crianza tiene algo que decir aquí. Un niño que aprende a regular sus emociones no necesita descargar su rabia en otro cuerpo. Un niño que entiende que el enojo es una señal, no una autorización, aprende a buscar otras salidas: alejarse, respirar, hablar, pedir ayuda. Y un niño que crece viendo a las mujeres de su familia ser tratadas con respeto aprende, sin que nadie se lo explique, que esa es la manera en que debe comportarse. Hay que decirlo también con palabras directas: las mujeres no le pertenecen a nadie. No son una extensión del hombre, no están ahí para absorber su frustración, no pierden su derecho al respeto dentro de una relación. Son personas completas, con su propio mundo interior, sus propias decisiones y su propia dignidad. Enseñar esto no es ideología: es la base mínima de una convivencia justa y saludable. La crianza que salva vidas no es perfecta ni heroica. Es la que se hace todos los días, con paciencia y con intención. La que les enseña a los niños que llorar está bien, que pedir ayuda es valioso y que el respeto no se negocia. Esos mensajes, sembrados a tiempo, cambian trayectorias. Y, a veces, salvan vidas. Opinión LA AUTORA es psicóloga. EL AUTOR es director de la Fundación Libertad. solo 39% de lo pactado. El aceite dejó de llegar directamente. Un año después la brecha de precios entre el supermercado grande y el almacén de la esquina había subido de 26% a 33%, porque a los productores ya no les convenía vender donde el Estado fijaba el margen. En diciembre de 2023, el entonces nuevo gobierno de Javier Milei, derogó la Ley de Abastecimiento, la norma de 1974 que le daba al Poder Ejecutivo la potestad de fijar precios y ganancias. El experimento duró poco más de un año y dejó el resultado de siempre. Por qué importa esto para Panamá y América Latina: porque muchos políticos, con vocación populista, repiten la misma premisa de suma cero, y sobre ella se justifican controles de precios, regulaciones asfixiantes, impuestos confiscatorios y toda la maquinaria redistributiva que termina achicando el pastel para todos. La lección argentina no es sobre Argentina, es sobre lo que pasa en cualquier economía donde el precio deja de ser información y se convierte en mandato. La pregunta no es por qué el de arriba gana más, sino qué políticas permiten que todos ganen. Y la respuesta no está en la fila de un supermercado con las góndolas vacías ni en el discurso de un ministro, está en el estante lleno o vacío del comerciante que decide, cada mañana, si le conviene seguir abriendo la tienda o no. Hay una trampa retórica que domina el debate económico en América Latina, y también en Estados Unidos: la idea de que si alguien prospera, a alguien más se le está robando. Suena intuitivo. Suena justo. Y es profundamente falso. El Pew Research Center muestra que la clase media estadounidense se encogió: del 61% de los hogares en 1971 al 51% en 2023. Pero el tramo superior pasó del 11% al 19%, y el inferior subió apenas del 27% al 30%. Más gente salió de la clase media hacia arriba que hacia abajo. Eso se llama progreso. Aquí la óptica determina la conclusión. En términos relativos, cuánto gana el de arriba comparado con el de abajo, la brecha creció. En términos absolutos, cuánto puede comprar cada familia hoy versus hace 50 años, todos están mejor. Una lectura describe envidia estadística. La otra, una mejora concreta. El American Enterprise Institute lo tituló sin rodeos: “La clase media se encoge porque la clase media alta está en auge”, como quejarse de que hay menos gente en los pisos bajos de un edificio cuando lo que pasó es que muchos subieron Cuando un niño aprende a identificar lo que siente y a ponerle nombre, desarrolla la regulación emocional: la capacidad de atravesar una emoción intensa sin que esa emoción tome el control. Vali Maduro de Gateño El economista y filósofo francés Frédéric Bastiat lo entendió hace casi dos siglos: la riqueza no es un pastel fijo que se reparte entre invitados, es un pastel que crece con libertad económica, innovación y reglas claras. Cuando excluir se convierte en un mensaje Tolerancia Vivimos en una época en la que las diferencias de opinión parecen ser suficientes para levantar muros entre las personas. La política, que debería ser el espacio por excelencia para el debate de ideas, con frecuencia termina convirtiéndose en un escenario donde quien piensa diferente deja de ser un interlocutor para convertirse en un adversario al que se busca ignorar o desacreditar. Desde la psicología sabemos que la exclusión tiene efectos profundos. El ser humano necesita sentirse escuchado, reconocido y parte de un grupo. Cuando alguien es rechazado de manera sistemática, el mensaje que recibe no es únicamente: “No estoy de acuerdo contigo”, sino uno mucho más fuerte: “Tu presencia no tiene valor”. Es importante hacer una distinción. Esto no es lo mismo que el acoso escolar (bullying), un fenómeno con características propias, como la repetición, la intención de hacer daño y un desequilibrio de poder entre pares. Sin embargo, sí comparte un elemento preocupante: la exclusión deliberada y la descalificación de quienes forman parte de un grupo determinado. Cuando un líder como el presidente de la República afirma que de un grupo “no sale nada bueno” o decide excluir sistemáticamente a quienes piensan diferente, el mensaje trasciende a los directamente involucrados. Se convierte en un modelo de comportamiento. Los líderes enseñan, no solo con sus decisiones, sino también con sus palabras. Como psicólogo clínico, he visto las consecuencias que tiene el rechazo en niños, adolescentes y adultos. La exclusión genera resentimiento, rompe la confianza y dificulta la posibilidad de construir acuerdos. Ninguna relación mejora cuando una de las partes decide que la otra no merece ser escuchada. La democracia no exige que estemos de acuerdo en todo. Exige algo mucho más difícil y valioso: reconocer que quienes piensan diferente también tienen derecho a participar, a ser escuchados y, en ocasiones, incluso a tener razón. No se trata de renunciar a las convicciones propias. Se trata de comprender que el respeto por la diferencia fortalece las instituciones democráticas, mientras que la exclusión las debilita. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es si estamos de acuerdo con quienes piensan distinto, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando normalizamos la exclusión de las personas por el simple hecho de discrepar. Porque la forma en que tratamos a quienes no piensan como nosotros dice mucho más sobre la calidad de nuestra democracia que sobre nuestras diferencias. EL AUTOR es psicólogo clínico especializado en niños y adolescentes. Ricardo E. Domínguez Esta es una publicación de Corporación La Prensa, S.A. ©. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción, sin la autorización escrita de su titular. 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