8A La Prensa Panamá, jueves 28 de mayo de 2026 Contacto [email protected] Los artículos de opinión y las caricaturas son responsabilidad exclusiva de los autores. La opinión de La Prensa se expresa únicamente en el Hoy por Hoy. La educación constituye un asunto estratégico de soberanía nacional, cohesión social, desarrollo humano y supervivencia histórica del país. Por tanto, el Estado tiene la responsabilidad de garantizar su estabilidad institucional más allá de los ciclos políticos ordinarios. En este sentido, la creación de un título constitucional especializado en educación permitiría establecer principios permanentes de obligatorio cumplimiento para todas las administraciones públicas, independientemente de su orientación política. Dicho marco constitucional podría establecer: 1. La obligatoriedad de un proyecto educativo nacional de largo plazo El Estado estaría obligado constitucionalmente a ejecutar políticas educativas estratégicas construidas mediante amplios consensos nacionales. 2. La continuidad obligatoria de las políticas educativas fundamentales Ningún gobierno podría desmantelar arbitrariamente programas estructurales aprobados como parte del proyecto educativo nacional. 3. La revisión constitucional obligatoria cada seis años El proyecto educativo nacional sería evaluado y actualizado periódicamente mediante amplios mecanismos de consulta nacional y participación multisectorial. 4. La protección constitucional del financiamiento educativo La inversión educativa dejaría de depender exclusivamente de prioridades políticas coyunturales. 5. La existencia de mecanismos autónomos de evaluación La medición de resultados educativos estaría protegida frente a interferencias políticas o administrativas. 6. La protección de la carrera docente La estabilidad, profesionalización y formación continua del educador serían recoLas colaboraciones para la sección de Opinión deben incluir la identificación del autor. Los artículos no deben exceder 650 palabras. No se publican colaboraciones que hayan aparecido en otros medios y La Prensa se reserva el derecho de seleccionar, editar y publicar. No devolvemos el material. ¿Cómo construimos más ciudadanía de raíz? Ciudadanía techo de la participación. El ciudadano de raíz no acalla su conciencia haciendo el bien un domingo y sintiéndose en paz el resto de la semana. No visita la comunidad: vive en ella, la acompaña, regresa. Su compromiso no es un gesto que calma la culpa. Es una práctica cotidiana, acumulativa e irreversible. La diferencia no está en la intención: está en la continuidad. La variación entre ambas no es solo de método. El ciudadano de escaparate denuncia. El ciudadano de raíz propone, organiza y transforma. El primero habla de diversidad en abstracto; el segundo sienta en la misma mesa a jóvenes de la ciudad y de la comarca para resolver un problema real. Su impacto no se mide en likes: se mide en vidas transformadas, presupuestos redirigidos y leyes corregidas. La ciudadanía de escaparate puede volverse cómplice del statu quo. Cuando el activismo digital sustituye a la acción organizada, las instituciones que fallan encuentran en ese ruido la coartada perfecta: algo se está haciendo, la indignación circula, parece que alguien está al tanto. Mientras tanto, nadie revisa el contrato, nadie asiste a la audiencia pública, nadie sabe el nombre del funcionario que firma el presupuesto. La visibilidad sin continuidad no es civismo: es decoración. Nivia Rossana Castrellón Blindar la educación del vaivén político Reforma La historia educativa panameña demuestra que uno de los principales obstáculos para la transformación estructural del sistema educativo ha sido la falta de continuidad en las políticas públicas. Cada cambio de gobierno ha significado, en mayor o menor medida, la redefinición de prioridades, la interrupción de programas estratégicos, la modificación de enfoques administrativos y, en algunos casos, el abandono de acuerdos nacionales previamente construidos. Esta dinámica ha impedido consolidar un verdadero proyecto educativo nacional de largo plazo y ha sometido la educación panameña a ciclos recurrentes de improvisación, fragmentación institucional e inestabilidad programática. Frente a esta realidad, Panamá necesita avanzar hacia una nueva concepción del Estado educador: la construcción de una política pública educativa con rango constitucional que blinde la educación de las coyunturas político-partidistas y garantice la continuidad histórica de los objetivos nacionales en materia educativa. La discusión de la reforma integral de la Ley 47 de 1946 ofrece una oportunidad histórica para iniciar este debate de profundidad nacional. El propósito fundamental de esta propuesta consiste en elevar la educación a la categoría de política permanente de Estado, protegida constitucionalmente y sustentada en un proyecto educativo nacional obligatorio para todos los gobiernos de la República. Ello implicaría reconocer que la educación: • no puede depender de intereses electorales temporales; • no debe fluctuar según orientaciones partidistas coyunturales; • y no puede continuar subordinada a la visión limitada de cada administración gubernamental. nocidas como pilares estratégicos del sistema educativo nacional. Blindar la educación para proteger el futuro de la República La constitucionalización de la educación no debe interpretarse únicamente como una reforma jurídica, sino como una transformación profunda del concepto mismo de Estado. Así como la Constitución protege: • la soberanía nacional, • la integridad territorial, • el régimen democrático, • y los recursos estratégicos del país. También debe proteger el proyecto educativo nacional, por constituir el principal mecanismo de formación ciudadana, desarrollo científico, movilidad social y construcción de nación. Ningún país logra desarrollar plenamente su sistema educativo si cada administración cambia prioridades, redefine programas y reinicia políticas según intereses partidistas o personalistas inmediatos. Las grandes transformaciones educativas requieren: • estabilidad histórica, • continuidad institucional, • visión estratégica, • financiamiento sostenido, • y compromiso nacional de largo plazo. La educación no puede continuar siendo rehén de la coyuntura política. Debe convertirse en una política pública constitucionalmente protegida, capaz de trascender gobiernos y garantizar la continuidad histórica del desarrollo nacional. Conclusión Panamá necesita construir un nuevo pacto educativo de carácter constitucional que convierta la educación en una política permanente de Estado y la blinde de las fluctuaciones político-partidistas. La verdadera transformación educativa solo será posible cuando el país logre garantizar que la educación deje de ser una política gubernamental temporal y se convierta definitivamente en una política histórica, estratégica y permanente del Estado panameño. EL AUTOR ha sido director general de Educación y viceministro académico. LA AUTORA es presidenta de la Fundación para el Desarrollo Económico y Social y expresidenta de la Junta Nacional de Escrutinio. Los países referentes en ciudadanía activa no lo son por accidente. Finlandia construyó su democracia desde la escuela, integrando la participación cívica como competencia central del currículo, no como materia opcional de un semestre. Canadá convierte las diferencias en capital comunitario: los recién llegados no son receptores pasivos de servicios, son convocados a construir sus barrios desde el primer año. Uruguay ha demostrado que las reformas más duraderas provienen de pactos ciudadanos construidos desde abajo, con organizaciones que tienen historia, continuidad y credibilidad territorial. El común denominador no es la riqueza del país ni la perfección institucional. Es haber apostado por ciudadanos que actúan desde adentro, todos los días. ¿Cómo construimos más ciudadanía de raíz? Reconociendo que el talento trasciende las ciudades. Está en las comunidades que el sistema formal no ve, no mide y no incluye. Hay que institucionalizar la acción ciudadana en el currículo escolar — competencia central certificada, tan rigurosa como las matemáticas — y no reducirla a un eje transversal. Urge conectar a los jóvenes con problemas reales de sus comunidades, porque la ciudadanía que no se practica no se aprende. Hay que medir lo que importa: cuántos jóvenes fueron capaces de identificar un problema, organizarse, proponer e implementar — no cuántos asistieron a una charla sobre derechos. Las conversaciones no construyen escuelas, no salvan niños que cruzan ríos, no corrigen leyes que nadie lee. Para eso se necesita ciudadanía que se quede, que insista, que conozca a cada persona a quien afecta lo que está peleando. El ciudadano global más poderoso no es el que más viaja. Es el que más ama lo concreto. Hay un tipo de ciudadanía que brilla mucho y pesa poco. Fotografía bien, viaja a conferencias internacionales, domina el vocabulario de la inclusión y la sostenibilidad, comparte estadísticas en redes sociales y firma peticiones digitales con la misma velocidad con que pasa al siguiente contenido. Su referencia es el mundo. Su acción, casi siempre, termina en la pantalla. La llamo ciudadanía de escaparate: visible, articulada y hueca cuando se enfrenta a lo concreto. Frente a ella existe otra ciudadanía, menos fotogénica y más poderosa. Es la del vecino que conoce el nombre del río que cruza su comunidad, que sabe cuántos niños de su comarca no llegaron a la escuela este año, que no espera a que un decreto resuelva lo que una asamblea de vecinos puede mover. Esta ciudadanía no necesita audiencia. Necesita arraigo. La llamo ciudadanía de raíz. Estoy convencida de que es la única que transforma sociedades. Conviene precisar qué no es ciudadanía de raíz: existe un territorio intermedio que suele confundirse con ella, el de la buena acción esporádica. La limpieza de playa, la visita a la comunidad, el día de voluntariado. Acciones genuinas, bien intencionadas e insuficientes cuando se convierten en el Blindar constitucionalmente la educación permitiría garantizar continuidad, estabilidad y visión estratégica, evitando que los cambios políticos interrumpan el desarrollo educativo y el futuro nacional. Rogelio Mata Grau ¿Cómo construimos más ciudadanía de raíz? Reconociendo que el talento trasciende las ciudades. Está en las comunidades que el sistema formal no ve, no mide y no incluye. La IA, según León XIV Encíclica El becerro de oro es la tecnología basada en programas informáticos que imitan los procesos de la mente humana para aprender, razonar y resolver problemas a velocidad de la luz. Los mercaderes de Silicon Valley la adoran por dinero; los profetas del desastre le temen por ignorancia. La apodada IA: Inteligencia Artificial. El miedo irracional al progreso técnico, la tecnofobia, acompaña a la humanidad desde hace siglos. Cuando Johannes Gutenberg inventó la imprenta, muchos la consideraron una amenaza para el orden moral y religioso. Lo mismo ocurrió con la electricidad, la radio, la televisión e internet. Cada avance tecnológico ha despertado temores similares. La IA no representa el fin de la humanidad, sino una herramienta creada por ella misma. Sin embargo, el verdadero riesgo de nuestro tiempo no es la máquina que piensa, sino el ser humano que renuncia a hacerlo. Vivimos rodeados de información, pero cada vez más alejados de criterios éticos sólidos. La inteligencia artificial posee un enorme potencial educativo y científico, además de una capacidad inédita para democratizar el conocimiento. Pero si queda sometida únicamente a los intereses económicos, el progreso técnico avanzará mientras retrocede nuestra conciencia. Frente a este escenario aparece la primera encíclica del papa Leo XIV, titulada Magnifica Humanitas (Magnífica Humanidad). El documento, firmado por Robert Francis Prevost, plantea una defensa de la dignidad humana ante la aceleración tecnológica. Desde su experiencia en Vatican City y su visión crítica frente al modelo político y económico representado por Donald Trump, León XIV propone que la ética ocupe el centro del debate tecnológico. La encíclica coincide con los llamados de la Unesco para que el desarrollo digital respete los derechos humanos y reduzca la brecha tecnológica. El Papa sostiene que la IA debe fortalecer la sabiduría, el juicio y la solidaridad, en vez de ampliar las desigualdades sociales. Necesitamos que esta revolución digital nos devuelva la verdad y custodie la memoria histórica de los pueblos, en lugar de sepultarlas bajo el ruido de la red. El gran reto de nuestra generación es elevar la civilización. Para lograrlo, debemos inyectar madurez y valores a los circuitos, transformando el frío silicio —ese material mineral, inerte y grisáceo con el que se fabrican los microchips de las computadoras— en un verdadero puente de justicia social. Así sea. EL AUTOR es periodista y filólogo. Rafael Candanedo Fundado en 1980 Miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa Presidente y Director Editorial (Encargado) Jorge Molina Mendoza Subdirectora de Investigación, Política y Judiciales Mónica Palm Subdirector Asociado Rolando Rodríguez B. Subdirectora Digital Yolanda Sandoval Editor del Impreso Juan Luis Batista Jefa de Información Cecilia Fonseca Gerente General Sudy S. de Chassin ISSN 2953-3252: La Prensa ISSN L 1605-069X: prensa.com Aviso sobre el uso de Inteligencia Artificial Este periódico emplea inteligencia artificial (IA) para asistir en la edición de contenidos y mejorar la experiencia de lectura. Garantizamos que todo contenido publicado es creado y rigurosamente revisado por nuestro equipo editorial antes de su difusión. Utilizamos la IA como herramienta de apoyo para asegurar la precisión y calidad de la información que entregamos a nuestros lectores. Esta es una publicación de Corporación La Prensa, S.A. ©. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción, sin la autorización escrita de su titular. Presidente fundador Roberto Eisenmann Jr. Director emérito Guillermo Sánchez Borbón Opinión
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