8A La Prensa Panamá, viernes 13 de febrero de 2026 te a Rusia, limita la expansión china, reduce la dependencia occidental de minerales críticos y asegura acceso futuro a recursos estratégicos. Nada de esto exigió modificar fronteras. Bastó con establecer una línea clara: ningún actor adversario puede interferir en territorios considerados vitales para la seguridad occidental. El Canal de Panamá pertenece a la misma lógica. Es uno de los principales puntos de estrangulamiento del comercio mundial. Su interrupción, incluso temporal, tendría efectos inmediatos sobre las cadenas logísticas, los mercados y la estabilidad económica de múltiples países. Aunque Panamá ejerce soberanía plena, la doctrina estadounidense ha sido constante: la neutralidad y el funcionamiento continuo del Canal son un interés estratégico de primer orden. Con frecuencia se afirma que el Canal es indefendible. Esto es incorrecto. El Canal es un “soft target” (vulnerable y desprotegido), pero no es un objetivo imposible de proteger. Los riesgos reales son sabotajes, ciberataques, drones y operaciones encubiertas. La experiencia internacional demuestra que no existe infraestructura crítica indefendible, sino sistemas insuficientemente protegidos. Defender el Canal en el siglo XXI implica vigilancia marítima y aérea, sensores, ciberseguridad avanzada e inteligencia compartida con capacidad de respuesta rápida. Panamá bajo asedio climático Ordenamiento territorial Panamá permaneció por varios días bajo el azote de un frente frío. Los vientos alisios del norte azotaron con ráfagas superiores a los 60 km/h, mientras el Sinaproc emitió alertas de vigilancia por oleajes en las costas. A lo largo del siglo XX y principios del XXI, la gestión ambiental en provincias como Panamá, Colón y Chiriquí mostró debilidades estructurales. Sin embargo, en 2026, el aumento del nivel del mar y la mayor frecuencia de marejadas ciclónicas han dejado en evidencia que el océano reclama el espacio que se le ha arrebatado. El caso de Colón es el más dramático. La ciudad enfrenta una doble amenaza: por un lado, una infraestructura urbana envejecida, incapaz de drenar lluvias extremas; por otro, una costa que ha perdido sus barreras naturales de protección. La destrucción sistemática de manglares en la bahía de Manzanillo ha eliminado los amortiguadores históricos de la ciudad contra las inundaciones costeras. Hoy, un frente frío moderado basta para que el mar penetre en las calles bajas, paralizando la actividad comercial y deteriorando la calidad de vida de miles de colonenses. En el litoral pacífico, el panorama también es preocupante. Áreas de expansión reciente como Vacamonte y sectores de Panamá Oeste muestran signos evidentes de erosión costera acelerada. La expansión inmobiliaria ha desafiado los límites naturales, ubicando complejos residenciales peligrosamente cerca de la línea de marea alta. Hoy, con el suelo saturado por lluvias atípicas, los taludes y muros de contención comienzan a ceder, creando socavones que amenazan viviendas. El Canal de Panamá implementó vertidos preventivos en la represa de Gatún esta semana para gestionar los niveles hídricos. Sin embargo, las terminales portuarias enfrentan el reto de adaptar muelles y grúas a vientos y oleajes que superan los parámetros de diseño originales. En la comarca Guna Yala, lo que antes eran proyecciones científicas sobre desplazamiento forzado, ahora se ha convertido en una realidad cotidiana. El traslado de comunidades enteras hacia tierra firme confirma que el ordenamiento territorial en Panamá debe ser un ejercicio de retirada estratégica en determinadas zonas. El reciente lanzamiento del “Mapatón” nacional, impulsado por el Miviot y la UTP, ofrece esperanza. Esta iniciativa permite identificar zonas inundables y aquellas donde la construcción debe ser prohibida. Sin embargo, la tecnología por sí sola no basta. El verdadero desafío reside en la voluntad política para aplicar estos insumos y resistir las presiones inmobiliarias que buscan capitalizar cada metro de costa disponible. La reducción de esta vulnerabilidad exige una transición hacia una planificación basada en la gestión del riesgo y el cambio climático. Esto implica abandonar la idea del concreto como única defensa frente a las inclemencias del tiempo. Restaurar manglares, proteger arrecifes de coral y crear parques costeros inundables son estrategias ya aplicadas en otros países y que Panamá debe adoptar con urgencia. Estas soluciones basadas en la naturaleza no solo son más económicas a largo plazo, sino que pueden adaptarse al aumento del nivel del mar, algo que un muro de hormigón jamás podrá hacer. La calzada de Amador, robo y descontrol Responsabilidad institucional no es apoyo ni un protocolo claro, sino un juicio: “la culpa es suya; nadie le manda a dejar pertenencias en el auto”. Es una manera cómoda de lavarse las manos. Sí, existe responsabilidad individual, pero aquí hablamos de otra cosa: de la respuesta institucional mínima que corresponde en el lugar donde ocurre el delito. La seguridad presente en el área debería ser la primera línea de contención, guía y acción: atender, orientar, activar el procedimiento, resguardar evidencia y acompañar a la víctima. Cuando, en cambio, lo primero que se ofrece es culpabilización, el mensaje que se transmite es devastador: que el sistema no protege, no acompaña y no responde. ¿Qué impresión se lleva una víctima después de escuchar eso? Y, peor aún, ¿qué relato lleva un extranjero a su país cuando su experiencia en Panamá no termina con apoyo y soluciones, sino con indiferencia, reproche y abandono? En estos casos, el procedimiento varía según el monto del hurto: si la pérdida es de hasta USD 999, la denuncia se presenta ante el Juez de Paz; si es de USD 1,000 o más, corresponde acudir a la Fiscalía. Al llegar a la Fiscalía, según la sede a la que se asista, el personal atiende con amabilidad y procesa la denuncia con diligencia, pero los comentarios y “recomendaciones” que se escuchan durante el proceso terminan revelando una realidad incómoda: la fragilidad del sistema de seguridad en la ciudad de Panamá y, en particular, en la Calzada de Amador. Recomendaciones como “yo le digo a la gente que no vaya por allá”, en referencia Gustavo Cárdenas Castillero Groenlandia, Davos y el Canal de Panamá: la lógica de la seguridad estratégica Geopolítica Encontré muy atinadas las opiniones de Francisco Álvarez de Soto sobre soberanía inteligente, por lo que me tomé el interés de opinar al respecto. La reciente reunión del Foro Económico Mundial, celebrada en Davos, no dejó grandes titulares sobre Groenlandia. No hubo anuncios formales ni declaraciones espectaculares. Sin embargo, se consolidó un hecho de enorme relevancia geopolítica: Estados Unidos aseguró el control estratégico efectivo de la defensa del Ártico occidental, con la aceptación de Europa. No se trató de una cesión de soberanía ni de adueñarse de un país. Fue algo más sutil y, a la vez, más decisivo: asegurar el resultado estratégico. Este precedente sigue una lógica histórica que Panamá conoce bien y se conecta directamente con la seguridad del Canal. Groenlandia continúa siendo territorio del Reino de Dinamarca, pero su defensa, vigilancia aérea, sistemas de alerta temprana y proyección estratégica forman hoy parte integral del sistema de seguridad liderado por Washington. Europa ha aceptado este esquema, consciente de que el Ártico se ha convertido en una región cada vez más relevante por el deshielo, la apertura de nuevas rutas marítimas y la competencia estratégica con Rusia y China. Para Estados Unidos, los beneficios de esta consolidación son claros. Groenlandia permite controlar una zona clave frenAquí surge el tema de que el Tratado de Neutralidad establece que solo Panamá puede tener fuerzas militares, pero la reforma constitucional de 1994 abolió esas fuerzas, creando un vacío estratégico. La respuesta no es negar el problema, sino gestionarlo. Esquemas de cooperación, entrenamiento conjunto y lo que podría definirse como “bases soberanas” permiten garantizar la seguridad del Canal sin militarizar el país ni renunciar al control nacional. Groenlandia y Panamá ilustran la misma doctrina: cuando una infraestructura es crítica para la seguridad internacional, el control del resultado prevalece sobre la forma. Comprender esta realidad no implica ceder soberanía, sino ejercerla con realismo. El Canal no es indefendible. Es demasiado importante para no ser defendido. En un contexto global marcado por tensiones geopolíticas, afectación del comercio y competencia entre grandes potencias, los activos estratégicos no pueden analizarse a la ligera. Para Panamá, asumir esta discusión con madurez fortalece su posición internacional. Negar su vulnerabilidad no lo fortalece. Reconocerla, gestionarla y anticiparse a las amenazas es la base de una soberanía efectiva. En ese sentido, la cooperación estratégica bien definida, transparente y limitada es una herramienta conveniente. Panamá tiene hoy la oportunidad de aprender de los precedentes internacionales, actuar con visión de largo plazo y asegurar que el Canal continúe siendo un factor de estabilidad, no una vulnerabilidad estratégica. Eso exige decisión, claridad institucional y responsabilidad nacional compartida, hoy y siempre. EL AUTOR es arquitecto. EL AUTOR es promotor de proyectos. EL AUTOR es geógrafo, hidrólogo e hidrogeólogo. Orlando Prince Tuñón a Isla Flamenco, porque “ahí roban constantemente”. Si las personas siguen llegando a poner denuncias, es precisamente porque, en la práctica, la Policía Nacional y la seguridad del área resultan insuficientes. Pero el escenario más cruel lo viven los extranjeros: al perderlo todo, incluso sus documentos de viaje, durante un paseo por la Calzada de Amador, quedan en una situación crítica, obligados a denunciar entre lágrimas, frustración e impotencia, para luego sentir que esas denuncias se las lleva el viento. ¿Qué mensaje enviamos al exterior con estos niveles de inseguridad? Como sociedad hemos normalizado lo inaceptable: que el ciudadano se adapte al delito en lugar de que el Estado lo prevenga y lo persiga. No se puede vender turismo, inversión y orgullo nacional mientras una de nuestras vitrinas más visitadas se convierte en sinónimo de miedo. La seguridad no puede depender de advertencias entre conocidos: debe ser una política pública con presencia real, investigación efectiva y resultados medibles. La inseguridad no se mide solo por cuántos robos ocurren, sino por la certeza de impunidad que queda cuando la respuesta institucional es lenta, tibia o apática. El delito se vuelve rentable no por la audacia de quien lo ejecuta, sino porque el sistema le demuestra que pocas veces habrá consecuencias. Esa lentitud investigativa envía un mensaje devastador: la denuncia es un trámite, no un camino a la justicia; el turista aprende que perderlo todo “es parte del viaje”, y el delincuente confirma que el riesgo es mínimo. Así, la apatía se convierte en política de facto y el daño más profundo aparece cuando la sociedad deja de exigir seguridad y empieza a administrar el miedo, evitando lugares y normalizando lo inaceptable. La Calzada de Amador es un lugar icónico: tres islas unidas por un camino construido con material extraído durante la construcción del Canal. Son islas que han presenciado la metamorfosis cultural, ideológica y política del istmo a lo largo de los últimos siglos. Hoy, la Calzada de Amador ofrece una vista privilegiada de la ciudad capital, la entrada del Canal de Panamá en el litoral Pacífico y un espacio para construir memorias que deberían ser siempre gratas e inolvidables. Sin embargo, esas memorias no siempre terminan en una fotografía o en una tarde tranquila; para muchos, se convierten en horas grises entre denuncias, fiscalía y trámites en criminología. En este contexto, escribo con base en las vivencias de numerosos panameños, panameñas y visitantes extranjeros que han vivido o presenciado la falta de seguridad en la Calzada de Amador. La situación es crítica: ya sea en Flamenco, Naos o Perico, los amigos de lo ajeno acechan de día y de noche, a cualquier hora, y cualquiera puede ser víctima. Operan con calma, como si el entorno les perteneciera: caminan entre los autos en los estacionamientos o se colocan estratégicamente para observar a los visitantes, esperando un instante de descuido para actuar y desaparecer. Entre lo triste y lo frustrante, cuando una persona es víctima de un robo en esta zona y busca orientación del cuerpo de seguridad local, la primera respuesta que recibe —tanto de agentes como de supervisores— El precedente ártico redefine cómo las potencias protegen infraestructuras críticas y obliga a Panamá a repensar la defensa estratégica del Canal con realismo. Octavio Vallarino Arias La inseguridad en la Calzada de Amador expone fallas institucionales graves y un abandono silencioso que afecta a ciudadanos y turistas en uno de los espacios más emblemáticos del país. Opinión
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