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8A La Prensa Panamá, jueves 29 de enero de 2026 Opinión por ejemplo, el jueves empezó con un dolor leve, luego el viernes no quiso desayunar, el sábado dijo que le dolía más del lado izquierdo, pero después se le pasó, aunque el domingo volvió a decir que le dolía cuando se levantó, pero jugó normal, aunque anoche se despertó dos veces, pero no lloró, pero...” El mensaje continúa. Mucho detalle. Demasiado detalle. Escucho, intentando identificar lo importante entre lo accesorio. Porque en medicina —y esto no siempre se entiende— a veces un solo dato lo cambia todo... y otras veces no cambia nada. Y, por supuesto, a las 9:00 p. m.: “Dra., disculpe la hora. Le mando esta foto de algo que pasó hace dos días, pero ahorame volvió a preocupar”. Como pediatras entendemos —de verdad entendemos— que ser mamá o papá viene acompañado de una carga enorme de dudas, miedos e inseguridades. Nadie nace sabiendo. Nadie quiere equivocarse con la salud de sus hijos. Y justamente por eso, para que las familias se sientan acompañadas en momentos de angustia real, muchos pediatras compartimos nuestro teléfono personal. Para situaciones realmente importantes. No para reemplazar la consulta. No para hacer diagnósticos por WhatsApp. No para indicar tratamientos “rápidos” sin preguntar a detalle, sin ver, sin tocar, sin auscultar, sin medir, sin evaluar. Sin estar realmente frente al paciente. Las consultas menores existen, claro. Para eso están los controles de salud: anotar dudas, hacer preguntas, repasar síntomas, aprender qué es normal y qué no. Y cuando un niño lleva varios días enfermo, cuando algo no mejora o cuanPanamá y el multilateralismo en tiempos de erosión Foro regional La reunión del Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), celebrada en Panamá los días 28 y 29 de enero, trasciende con claridad el carácter técnico-financiero que suele acompañar este tipo de encuentros. La presencia de los presidentes de seis naciones, junto a destacadas personalidades internacionales —entre ellas premios Nobel de Economía y la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú—, confiere a esta cita un peso político y simbólico que merece una lectura más profunda. El encuentro se produce en un momento particularmente delicado para el sistema internacional. El multilateralismo —entendido como el mecanismo de cooperación entre Estados soberanos para enfrentar problemas comunes— atraviesa una etapa de erosión acelerada. El auge de políticas unilaterales, la fragmentación geopolítica y el debilitamiento de los organismos internacionales tradicionales han reducido los márgenes de acción colectiva, especialmente en el Sur Global. En ese contexto, Panamá aparece como un escenario cargado de significado. No solo por su posición geográfica y logística, sino por su experiencia histórica en la diplomacia multilateral latinoamericana. Durante la década de 1970, Panamá fue actor central en los esfuerzos de concertación regional que dieron lugar al Proceso de Contadora y, posteriormente, al Grupo de Río, iniciativas que buscaron soluciones políticas propias frente a conflictos armados y tensiones geopolíticas en Centroamérica y América Latina. Que hoy, medio siglo después, Panamá vuelva a reunir a jefes de Estado, economistas de talla mundial y referentes éticos como Rigoberta Menchú no es un hecho menor. La presencia de premios Nobel de Economía refuerza el carácter técnico, racional y estructural del debate sobre desarrollo, financiamiento e integración regional. No se trata únicamente de cifras o proyectos, sino de modelos de desarrollo, de justicia económica y de sostenibilidad social. A su vez, la participación de una premio Nobel de la Paz introduce una dimensión frecuentemente ausente en los debates económicos: la relación entre desarrollo, derechos humanos, cohesión social y paz duradera. En un continente marcado por profundas desigualdades, violencia estructural y exclusión histórica de los pueblos originarios, esa presencia amplía el marco del multilateralismo más allá de los balances macroeconómicos. El CAF, como institución, representa hoy una de las plataformas más activas del multilateralismo regional. Su énfasis en infraestructura, integración, transición energética y desarrollo social lo posiciona como un actor clave en un momento en que otras instancias multilaterales muestran signos de agotamiento o captura por intereses geopolíticos externos. Bajo el gobierno de José Raúl Mulino, Panamá enfrenta una paradoja histórica: es un país profundamente influido por una potencia extranjera, pero al mismo tiempo posee las condiciones para liderar un proceso de reacondicionamiento del multilateralismo regional, basado en agendas soberanas de cooperación económica, integración y desarrollo. Precisamente por esa condición fronteriza entre dependencia e independencia, su papel puede resultar especialmente relevante. La reunión del CAF no debe leerse, entonces, como un evento protocolar más, sino como una señal política. Panamá vuelve a colocarse, al menos simbólicamente, como espacio de encuentro, mediación y construcción colectiva en una época marcada por la fragmentación global. En tiempos de erosión del multilateralismo, los símbolos importan. Y cuando esos símbolos se encarnan en presidentes, premios Nobel y una tradición histórica de concertación regional, el mensaje es claro: aún es posible pensar —y construir— caminos comunes desde América Latina. Cuando el mundo se fragmenta y el multilateralismo se debilita, Panamá vuelve a ocupar un lugar incómodo pero estratégico: demostrar que la cooperación entre iguales no es una nostalgia del pasado, sino una necesidad política del presente. La escala o la irrelevancia: la integración pendiente entre Panamá y Costa Rica Cooperación te. Costa Rica ha construido, con consistencia, una economía orientada a la manufactura avanzada y a la complejidad exportadora. Su régimen de zonas francas, su capital humano y su ecosistema institucional han permitido atraer industrias de alto valor agregado, especialmente en dispositivos médicos y tecnologías de precisión. Panamá, por su parte, ha desarrollado una especialización distinta pero igualmente estratégica. Su fortaleza no reside en la manufactura, sino en la articulación de flujos: logística, conectividad aérea, servicios financieros, telecomunicaciones y plataformas corporativas. Panamá opera como un acelerador regional, un punto de convergencia donde capital, datos y mercancías reducen costos de tiempo y ganan escala. Separadas, ambas economías enfrentan límites claros. Integradas, conforman una cadena de valor regional más completa y competitiva. Integración más allá de los aranceles La discusión contemporánea sobre integración ya no se centra en los aranceles. El verdadero desafío está en la arquitectura institucional. La infraestructura sin armonización normativa produce fricción; los tratados sin interoperabilidad regulatoria generan frustración. La oportunidad para Panamá y Costa Rica consiste en construir un espacio económico funcionalmente integrado donde producción, logística, gestión corporativa y talento puedan articularse sin obstáculos innecesarios. No se trata de borrar fronteras políticas, sino de reducir fricciones operativas: homologar procesos, coordinar regímenes especiales, facilitar la movilidad del capital humano y permitir que los ecosistemas productivos dialoguen entre sí. Un entorno así permitiría que, desde una plataforma jurídica e infraestructural coherente, una empresa investigue en un parque tecnológico, fabrique en una zona franca, consolide su logística en una terminal marítima o aérea y gestione su operación regional indistintamente en cualquiera de los dos países. El eje fronterizo como punto de anclaje Carlos Solís Entre textos, fotos y audios: la pediatría sin horario Responsabilidad médica Lunes. 7:04 a. m. “Hola Dra., Juana tiene mocos y tos hace 5 días, anoche casi no dormimos por la tos, pero amaneció sin fiebre y como me pidió ir a la escuela la mandé. ¿Qué jarabe me recomienda darle para quitarle la tos de una buena vez?” Todavía no terminé el primer sorbo de café. No son ni las siete y media y ya estoy mentalmente repasando: ¿qué tipo de tos?, ¿seca o productiva?, ¿edad de Juana?, ¿antecedentes?, ¿cómo sonaría la auscultación?, ¿por qué la expresión “de una buena vez” suele aparecer asociada a la tos? Lunes. 12:30 p. m. Tengo hambre, miro el celular y encuentro un audio de la mamá de María, de cuatro minutos... No tengo tiempo ahora, le pido que por favor me escriba la consulta. Me contesta que no es urgente, que escuche cuando pueda... Respiro. Empiezo a repasar mentalmente pacientes, pesos, edades, diagnósticos y tratamientos. Pienso si fue María de 8 meses o María de 8 años. Lunes. 3:00 p. m. Escucho el audio: “Dra., la contacto porque estoy muy preocupada por los dolores de cabeza de María. He seguido sus recomendaciones, pero entonces... do algo preocupa de verdad, lo responsable es llevarlo a revisión. Una orientación por WhatsApp no suplanta una evaluación presencial. Nunca. Por más buena intención que haya de ambos lados. Además, cada respuesta que damos no es “solo un mensaje”. Implica una enorme responsabilidad. No se trata únicamente de vocación ni de compromiso. Se trata de decisiones que pueden impactar en la salud y el bienestar de un niño. Y también —aunque a veces se olvida— en la salud mental del profesional que responde. Porque detrás del “es solo un mensajito” hay alguien que está en su casa, con su familia, cenando, descansando o intentando desconectarse para poder volver a cuidar bien al día siguiente. El uso indiscriminado de WhatsApp y de las redes sociales para consultas médicas borra límites, instala una sensación de urgencia permanente y termina pasando factura. A los médicos. Y, paradójicamente, también a los pacientes. Por eso, este no es un reclamo. Es un llamado a la prudencia. A usar las redes con criterio. A entender que la mejor medicina sigue siendo la consulta adecuada, en el momento adecuado, con la información completa y el espacio necesario para pensar. Cuidar a los niños también implica cuidar a quienes los cuidamos. Y eso empieza por algo tan simple —y tan difícil— como saber cuándo escribir, cuándo esperar hasta el día siguiente... y cuándo pedir cita. EL AUTOR es docente y especialista en ciencias sociales. LA AUTORA es pediatra. EL AUTOR es arquitecto y urbanista. Rogelio Mata Grau La dimensión territorial de esta integración tiene su eje natural en el occidente panameño y el sur costarricense. El desarrollo portuario, la modernización fronteriza y una eventual conexión ferroviaria no deben concebirse como proyectos aislados, sino como infraestructura habilitante de una economía transfronteriza. La conectividad física y digital, bien coordinadas, permitiría transformar una frontera históricamente conflictiva en un espacio de convergencia productiva, reduciendo costos y ampliando oportunidades a ambos lados. La resistencia silenciosa Si la lógica económica es tan clara, ¿por qué el avance ha sido tan limitado? La respuesta es incómoda, pero necesaria: la integración altera equilibrios internos. Las barreras no arancelarias, los conflictos sanitarios recurrentes y las disputas comerciales episódicas no responden únicamente a criterios técnicos. En muchos casos, reflejan la defensa de intereses sectoriales y de espacios de discrecionalidad política. Un mercado ampliado, regulado por normas más impersonales y coordinadas, reduce márgenes de control y expone ineficiencias que hoy permanecen protegidas. Esta resistencia no es exclusiva de un país ni del otro; es un fenómeno compartido. La escala como condición de relevancia Panamá y Costa Rica enfrentan una disyuntiva estructural: persistir como dos economías funcionales pero limitadas en el tablero hispanoamericano, o avanzar deliberadamente hacia una integración que les permita ganar escala, previsibilidad y capacidad de negociación. La geografía ya los hizo vecinos. En el siglo XXI, la relevancia no la otorga la excepcionalidad aislada, sino la cooperación institucional sostenida. Durante demasiado tiempo, Panamá y Costa Rica, los dos países con mayor desarrollo humano de América Central, han vivido cómodos dentro de sus propios relatos fundacionales. Costa Rica se proyecta como la Suiza centroamericana, un Estado social sólido dentro de una región volátil; Panamá, en cambio, se promueve como el hub global del istmo, sede de una plataforma logística y financiera excepcional. Ambas narrativas han sido útiles para construir cohesión interna, pero comparten una limitación estructural en la geopolítica del siglo XXI: la escala. En un mundo que se reorganiza en bloques económicos, cadenas de suministro regionalizadas y mercados ampliados, la excepcionalidad de estos dos países colindantes, con poco más de cinco millones de habitantes cada uno, encuentra rápidamente sus límites. La pregunta que rara vez se formula con franqueza no es cuál modelo nacional resulta más exitoso, sino si es viable que ambos sigan operando como economías separadas que, aun sin proponérselo, compiten por la misma inversión, el mismo talento y oportunidades similares. La integración profunda entre Panamá y Costa Rica debe entenderse no como un gesto ideológico ni una consigna regionalista, ni como una reacción intuitiva basada en sus niveles de desarrollo similares, sino como una respuesta racional para superar las restricciones que impone la relativa pequeñez de ambas naciones en un sistema internacional que penaliza la fragmentación. Dos economías, dos especializaciones complementarias Un análisis desapasionado de las capacidades productivas de ambos países revela una complementariedad evidenAna Gabriela Lucas Quintero

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