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2A La Prensa Panamá, lunes 22 de diciembre de 2025 Panorama Flujo inverso: 22 mil migrantes regresan por Panamá Ohigginis Arcia Jaramillo [email protected] DRAMA HUMANO El desplome del tránsito migratorio es atribuido a las nuevas medidas impulsadas por Trump, así como a las acciones adoptadas por México y a los operativos de seguridad con Colombia. La selva del Darién, que en 2024 vio pasar a más de 302,203 migrantes, quedó casi en silencio en 2025. Apenas 3,086 personas se atrevieron a cruzarla, una caída del 99.1% que marca uno de los descensos más abruptos del flujo migratorio en la última década. El desplome del tránsito migratorio ha sido atribuido por las autoridades panameñas a un efecto directo de las nuevas medidas de control fronterizo impulsadas por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, así como a las acciones adoptadas por México y al reforzamiento de los operativos de seguridad en Colombia. Según el director del Servicio Nacional de Migración, Roger Mojica, los indicios apuntan a que esta tendencia se mantendrá durante el próximo año. El funcionario confirmó, además, el cierre de todos los campamentos migratorios en el Darién, entre ellos el de Lajas Blancas, que durante años funcionó como el principal punto de recepción de migrantes. Migración inversa En paralelo a la drástica reducción del flujo migratorio hacia el norte, Panamá se ha convertido en territorio de tránsito para una migración inversa proveniente de Estados Unidos. De acuerdo con cifras oficiales, 22,392 migrantes han cruzado el país de norte a sur, pasando por comunidades de la provincia de Colón, como Miramar, en el corregimiento de Santa Isabel, con destino final en distintos países de Suramérica, una dinámica que comienza a reconfigurar los patrones migratorios en la región. En esta franja del Caribe panameño, cientos de migrantes parten cada semana en ruta de retorno hacia sus países de origen, principalmente Colombia y Venezuela, como parte del flujo de migración inversa que atraviesa el istmo. Aunque el trayecto representa para muchos el cierre de un ciclo migratorio fallido, la travesía no está exenta de riesgos, especialmente cuando se realiza por vías marítimas informales y sin las condiciones mínimas de seguridad. Los peligros quedaron en evidencia la mañana del 9 de noviembre, cuando una lancha que transportaba migrantes naufragó en aguas de la costa arriba de la provincia de Colón, dejando como saldo la muerte de una niña de tres años. Autoridades locales confirmaron que la embarcación había zarpado desde la comunidad de Miramar con cerca de 20 migrantes con destino a Colombia, en su mayoría de nacionalidad venezolana. En un comunicado conjunto, el Servicio Nacional Aeronaval, el Servicio Nacional de Migración y la Autoridad Marítima de Panamá informaron que la lancha estaba autorizada únicamente para la pesca artesanal, tenía la patente de navegación vencida, partió desde un muelle no habilitado por la entidad reguladora y terminó hundiéndose mientras transportaba a 18 adultos y tres menores de edad. Otras rutas Recientemente, la Defensoría del Pueblo de Colombia informó que la migración inversa no solo se está realizando por Capurganá (Chocó), en la costa del mar Caribe, sino también por el océano Pacífico. Personas de todas las edades que regresan desde Centroamérica, tras no lograr llegar a Estados Unidos, están siendo trasladadas por redes irregulares que se ofrecen a transportarlas en embarcaciones hasta Buenaventura, en el departamento del Valle del Cauca. Esta situación configuraría una nueva ruta de migración inversa, que partiría desde el corregimiento de Jaqué, en la provincia panameña de Darién. Para el obispo de Darién, Pedro Hernández Cantarero, quien ocupa el cargo desde hace dos décadas y que durante los últimos diez años ha acompañado, desde la Iglesia católica, a miles de migrantes que atravesaron la selva, la casi desaparición del flujo migratorio representa un alivio frente a un drama humano prolongado. Sin embargo, advirtió que el fin de esta crisis dejó al descubierto un problema estructural en las comunidades indígenas, cuya economía llegó a girar en torno al paso de viajeros por el Tapón del Darién. Hernández explicó que durante años se consolidó una relación económica intensa entre indígenas y migrantes, con viviendas que funcionaban como puntos de alojamiento, alimentación y transporte y que, en algunos casos, generaban ingresos de hasta cinco mil dólares semanales. A su juicio, esta dinámica se convirtió en un modo de vida dependiente, que terminó desplazando otras formas de trabajo y producción. Por ello, el obispo pidió al Gobierno central dirigir su atención hacia Darién y ofrecer alternativas de apoyo y desarrollo a estas poblaciones, para evitar que la ruptura del modelo económico derivado de la migración se transforme en una nueva crisis social. La selva del Darién ya no guarda silencio. Entre el rumor espeso de los ríos y el crujido de las hojas húmedas, otra presencia se ha ido asentando con sigilo: hombres armados, rutas invisibles y un miedo que no figura en los mapas. En este territorio fronterizo, donde Panamá se estrecha hasta rozar a Colombia, el Clan del Golfo ha comenzado a dejar huellas más claras, más cercanas y más peligrosas. Durante décadas, el Darién fue un lugar de tránsito y abandono, una frontera olvidada donde el Estado llegaba tarde y la ley avanzaba con dificultad. Hoy, ese vacío vuelve a ser disputado, no por migrantes exhaustos, como ocurría años atrás, sino por estructuras criminales que entienden la selva como un aliado estratégico. Las alertas fueron encendidas por el Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) el pasado 17 de diciembre, tras una serie de hallazgos inquietantes: minas antipersonales ocultas en senderos utilizados tanto por patrullas como por comunidades indígenas; manuales de adoctrinamiento del Ejército Gaitanista de Colombia (Clan del Golfo); y movimientos irregulares detectados cerca de puestos binacionales. Nada de eso es casual. Todo responde a una lógica de control territorial que ya se ha visto del otro lado de la frontera. El director de Senafront, Larry Solís Velásquez, informó que, en un puesto compartido con el Ejército colombiano, un soldado del vecino país perdió una pierna tras activar una mina enterrada en la selva. El hecho, ocurrido recientemente a pocos metros de la línea fronteriza, marcó un punto de quiebre. La selva, que antes escondía pasos, ahora ocultaba explosivos. El mensaje era claro: alguien estaba marcando territorio. Los caminos donde aparecieron los artefactos no son rutas militares exclusivas. Son las mismas veredas que utilizan los indígenas para llegar a sus cultivos, las trochas por donde cruzan comunidades que comparten vínculos familiares a ambos lados de la frontera. En esos senderos, el miedo volvió a instalarse como una sombra permanente. Posteriormente, cinco artefactos explosivos improvisados, conocidos como “quiebra patas”, fueron hallados y destruidos por patrullas del Senafront en la frontera oriental: dos cerca de la base binacional La Olla y tres en Alto Limón. Fabricados con materiales comunes y atribuidos a estructuras como el Clan del Golfo, estos dispositivos buscaban frenar el avance de las autoridades y sembrar temor en las comunidades fronterizas. Mente criminal Operativos prolongados, patrullajes terrestres y marítimos, y reconocimientos en profundidad revelaron una realidad más compleja este mes: no se trataba solo de contrabando o de paso irregular de personas, sino de una estrategia de infiltración gradual, silenciosa y persistente. Tres ciudadanos panameños fueron capturados con armas, municiones y material doctrinal del Clan del Golfo. El hecho ocurrió en el río Membrillo, donde una patrulla enfrentó a las personas armadas que respondieron con fuego. Tras el enfrentamiento, los panameños portaban uniformes pixelados, armas, pertrechos de guerra y El Clan del Golfo desafía a Panamá: minas, adoctrinamiento de nacionales y tráfico de drogas CRIMEN INTERNACIONAL un brazalete del grupo Gaitanista de Colombia, Frente Efraín Guardia, organización criminal dedicada al narcotráfico. Fuentes de los estamentos de seguridad apuntan a José Vega Alvará, alias Monseñor, como la mente criminal detrás de las operaciones del Clan del Golfo en la selva del Darién. Hoy, con cerca de 50 años, lidera una de las células armadas de la organización, al mando de unos 120 hombres que operan en la zona selvática del Darién y el Urabá. Su influencia se extiende a través de rutas de narcotráfico, tráfico de migrantes y minería ilegal, consolidándose como una pieza clave en el esquema criminal del Clan. Tráfico de migrantes Como parte de sus actividades delictivas, este grupo criminal insiste en el tráfico de migrantes. De hecho, este mismo mes, Senafront capturó en el tapón del Darién a cinco personas cuando intentaban movilizar a 33 extranjeros en tres piraguas. Entre los detenidos había dos presuntos coyotes colombianos, ocho personas con alerta biométrica y dos vinculadas al “Tren de Aragua”, lo que confirma la infiltración de redes transnacionales en los corredores ilegales. Actualmente, la dinámica dentro de la selva es clara: el Clan del Golfo no necesita grandes campamentos para imponerse. Le basta con sembrar miedo, minas y lealtades forzadas. La historia se repite con un nombre distinto: antes fueron las FARC; ahora es el Ejército Gaitanista de Colombia, o Clan del Golfo, adaptando viejas tácticas a nuevas rutas criminales. Debido a estos y otros factores, el grupo fue designado como “organización terrorista” extranjera por el Gobierno de Estados Unidos la semana pasada. Se trata de la mayor organización criminal de Colombia, con cerca de 9 mil integrantes. Con esta decisión, el Clan del Golfo queda legalmente equiparado a organizaciones criminales transnacionales como el Tren de Aragua, de Venezuela, o el Cártel de Sinaloa, de México, lo que implica congelación de activos, sanciones financieras y la posibilidad de procesar penalmente a quienes le brinden apoyo directo o indirecto. Sin embargo, más allá del alcance jurídico, el desafío en el Darién sigue siendo profundamente territorial y humano: allí la presencia del Clan del Golfo no se anuncia, se infiltra; no irrumpe, se desliza. Y mientras la selva continúe siendo frontera y refugio, la tarea no será solo desarticular una estructura criminal, sino evitar que el miedo vuelva a imponerse en una región que ya ha pagado un alto precio por el abandono. Ohigginis Arcia Jaramillo [email protected] La selva de Darién es el refugio del Clan del Golfo. EFE Suscríbete www.prensa.com Síguenos twitter.com/prensacom Comenta facebook.com/prensacom Migrantes en Miramar, Colón, abordan embarcación hacia Puerto Obaldía, Darién. Captura de video de EFE

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