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5B La Prensa Panamá, domingo 16 de noviembre de 2025 El ‘look’ con significado del diseñador panameño Tony Vergara para los Latin Grammy. Escanea el código QR para más contenido en Ellas.pa. Oscar Wilde: esteta, excéntrico e inmortal Oscar Wilde murió solo, arruinado y olvidado en un hotel de quinta de París, el 30 de noviembre de 1900. Su delito: desafiar la férrea moral victoriana de su tiempo. Nacido en Dublín, Irlanda, en 1854, fue ya brillante desde su época estudiante en la Universidad de Oxford, donde destacó tanto en sus estudios clásicos como por su cautivadora personalidad. “Arte por el arte” Con ese halo diferente, culto y refinado con un meticuloso cuidado en el vestir, en su apariencia, su imagen se convirtió en el mejor portavoz del movimiento esteticista, del “arte por el arte”. Su ingenio, que plasmaba en sus diálogos brillantes le ganaron fama en los salones de la alta sociedad en Londres. Abanderó el movimiento esteticista, que sostenía que el arte no debía tener un propósito moral o didáctico, sino simplemente ser bello. Esta filosofía impregnó su estilo de vida y sus obras, como se ve en el prefacio de El retrato de Dorian Gray, donde afirma que “Todo arte es más bien inútil”. En los salones de la alta sociedad londinense, Wilde cultivó su refinada imagen, su vestimenta extravagante -cabello largo, bombachos y levitas de terciopelo verde o carmesí, lucidos cuellos de pieles en invierno, flores en la solapa....-, además de un ingenio mordaz y una oratoria brillante que no pasaron inadvertidas y que lo convirtieron en una celebridad. Era adorado y, a la vez, objeto de burla por aquellos a quienes satirizaba en sus comedias. Produjo en los 46 años que vivió una serie de obras y ensayos, y una única novela, El retrato de Dorian Gray (1890) entre varias comedias teatrales como La importancia de llamarse Ernesto (1895), El abanico de Lady Windermere (1892) o Un marido ideal (1895). Sus obras, llenas de epigramas, no solo divertían, sino que también exponían la hipocresía y las convenciones sociales de la clase alta victoriana. El escritor y dramaturgo irlandés Oscar Wilde. EFE La ironía era su arma favorita para desafiar las normas establecidas. A mediados de 1891 vivía el período más prolífico de su carrera y gozaba del respeto de los círculos literarios más selectos de Londres. Desde la publicación de El retrato de Dorian Gray que había sido un éxito, y cuando estaba a punto de salir a la luz algunos de sus poemas y ensayos más celebrados. Su excéntrica pero elegante forma de vestir no dejaba indiferente a nadie, por lo que su aureola de enfant terrible, no paraba de crecer. Bosie, el giro trágico en su vida Su vida dio un giro trágipor EFE [email protected] co debido a su relación con Lord Alfred Douglas, un joven aristócrata 16 años menor que él, Bosie, con el que tuvo una intensa y destructiva relación. Aunque al poco de conocerse eran ya inseparables, la amistad entre ambos no despertó las sospechas de nadie. Como la gran mayoría de hombres de la época, Wilde estaba casado, y tenía dos hijos, pero tenía la costumbre de pasar la mayor parte del tiempo en compañía masculina. Incluso su mujer, Constance, afirmaba que lord Alfred Douglas era el que mejor le caía de los amigos de su esposo. Tanto indignó este romance a la falsa moral social, empezando por padre del muchacho, el Marqués de Queensberry, que llegó a acusarse públicamente de perversión de jóvenes. Wilde, en un absurdo, pero comprensible, intento de limpiar su nombre, lo demandó por difamación, pero el juicio, como era previsible, se volvió en su contra. En mayo de 1895, el escritor fue declarado culpable de “grave indecencia”, eufemismo para no decir homosexualidad, ilegal entonces y condenado a dos años de trabajos forzados, algo que lo arruinó no solo material sino espiritual y socialmente. Durante su encarcelamiento, escribió la extensa carta De profundis y, tras su liberación, el poema La balada de la cárcel de Reading. El peor juicio, el social, se transformó rápidamente en un implacable juicio penal contra Wilde. Los abogados del marqués presentaron todo tipo de pruebas: cartas de amor, testimonios de jóvenes con los que Wilde había estado, y que expusieron su homosexualidad al escarnio público. El juicio se convirtió en un “circo” mediático, y Wilde fue declarado culpable de “grave indecencia”. Muerte y legado La condena a dos años de trabajos forzados arruinó la vida del escritor. Wilde perdió su reputación, su dinero, sus bienes fueron embargados, su esposa lo abandonó y le prohibió ver a sus hijos. Y como no, ante tantos males, su salud se deterioró gravemente. Tras salir de prisión en 1897, se exilió en París, adoptando el nombre falso de Sebastian Melmoth. Pero ya nunca salió adelante. Murió a los 46 años de meningitis, en una barata habitación de hotel, sin perder su humor característico, aprovechando su sarcasmo hasta el último momento, para reírse de la decoración de interiores de la época que se resume con su famosa frase “¡O se va ese empapelado o me voy yo!”. Abanderado del movimiento esteticista, la vida de Oscar Wilde (1854-1900) fue una mezcla de brillantez literaria y excentricidad social con una tragedia personal a sus espaldas. Manuscrito, ampliamente revisado, de un capítulo de la famosa novela “El retrato de Dorian Gray”. EFE

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