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Creció en Chiriquí, en una familia donde el liderazgo era aire que se respiraba antes de tener nombre para él. Su padre, estadounidense, su madre presidenta de las empresas familiares, y ella, la tercera de cuatro hermanos. A los trece años, un director español recién llegado al colegio le vio algo que ella misma todavía estaba aprendiendo a ver. La convirtió en oradora. Ganó premios provinciales, luego nacionales. “Me dijo: tú eres líder”, recuerda. En ese momento, cuando una persona puede perderse o encontrarse, ella eligió encontrarse. Porque más allá de todo, lo que realmente le recibió fue más simple y más difícil de encontrar: alguien que escuchara lo que ella todavía no sabía decir. Años después, construyendo un pódcast sobre el poder de la escucha, esa frase adquiere otro peso. Alguien la vio primero. Ella aprendió a ver a otros después. Años después vendría el matrimonio, tres hijos, divorcio a los veintinueve, la crianza en solitario, la mudanza de Chiriquí a Ciudad de Panamá. Cada transición con el peso específico de quien no tiene red de contención institucional, sólo la claridad, construida a fuerza de golpes, de lo que no está dispuesta a negociar. “Mi paz no tiene precio”, dice hoy, con la convicción de alguien que tardó demasiado en aprenderlo. “Nadie merece robársela”. LO QUE EL CUERPO ARCHIVA El cuerpo también llevó su registro. El sobrepeso acumulado durante años de fractura emocional llegó a un punto de quiebre concreto: un coágulo, el riñón izquierdo necrosado, una hospitalización que pudo haber sido otra cosa. “290 libras en este cuerpo”, dice sin dramatismo. Lo que la medicina registró como emergencia clínica, Anna lo entiende hoy como la consecuencia visible de todo lo que no había procesado. El cuerpo, en su experiencia, no miente… archiva. Y en algún momento presenta la cuenta. Fue en ese momento de pausa forzada cuando empezó a ordenar lo que siempre había sabido hacer, pero nunca había formalizado: escuchar. Primero a sí misma, luego a otros. Sin Vergüenza nació de esa secuencia, no como proyecto planificado sino como necesidad. “Estaba cansada de ver tanta falsedad en redes sociales”, recuerda. “Nos venden una vida tan maquillada, tan falsa, y la gente, no nada más los jóvenes, los adultos también, nos las estamos comiendo”. Lo que quería construir era lo contrario: un espacio donde la conversación tuviera peso. Donde nadie actuara; donde la pregunta más básica —¿cómo estás realmente — no fuera retórica. La pandemia, pensó en su momento, iba a cambiar algo. Esa sacudida colectiva, esa proximidad forzada con la propia fragilidad, tenía que dejar enseñanza. “Yo dije ‘esto va a ser un cambio en el mundo”, recuerda. Pero cinco años después la lectura es otra. “Volteo a ver para atrás y digo: ¿qué aprendimos?”. La respuesta que encontró — y que le costó aceptar — es que la mayoría volvió exactamente a donde estaba. “Estamos peor”, concluye sin melodrama y solo con la certeza de quien lleva años midiendo la temperatura emocional de su audiencia episodio a episodio. Hablar sana, escuchar salva. Hablar requiere valentía. Escuchar requiere algo más difícil: dejar de pensar en uno mismo”. WWW.INVESTOR.COM.PA 37 ABOUT

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