cia; fue el hardware. La miniaturización, la conectividad y la inteligencia artificial permitieron que dispositivos antes restringidos a laboratorios de neurología comenzaran a aparecer en formatos portátiles y accesibles. El mercado de neurofeedback consumer —encabezado por dispositivos como Muse, Mendi o Myndlift— creció de 1.240 millones de dólares en 2024 a 1.320 millones de dólares en 2025, con proyecciones que lo llevan a 1.830 millones de dólares en 2030. El mercado mundial de biohacking fue valorado en 24,810 millones de dólares en 2024 y se proyecta en 69.090 millones de dólares para 2030. El 77 % de sus usuarios declara adoptarlo específicamente para mejora cognitiva. Estos números cuentan una historia relevante: hay una demanda real, creciente y sofisticada de herramientas para optimizar el rendimiento cerebral. Lo que no dicen es que ese mercado llegó antes que la regulación, y que conviven en él, sin distinción visible, tecnologías con décadas de validación clínica y dispositivos cuya única base científica es el marketing. La distinción no siempre es obvia. Un dispositivo puede usar el vocabulario de la neurociencia —frecuencias, oscilaciones, modulación— para vender algo que no tiene ninguna conexión con ella. La señal de alerta más clara es la ausencia de especificidad: cualquier producto que prometa actuar sobre “el bienestar general” o “la armonía bioenergética” sin nombrar mecanismos, regiones cerebrales o protocolos validados está operando en otro registro. Uno que tiene más en común con la fe que con la fisiología. El ejecutivo que evalúa estas tecnologías con seriedad debería hacer tres preguntas concretas: ¿Qué mide exactamente este dispositivo? ¿Sobre qué región cerebral actúa y mediante qué mecanismo? ¿Qué dice la literatura científica revisada por pares sobre ese mecanismo específico? Si las respuestas son vagas, el precio del dispositivo no compensa la ausencia de evidencia. La optimización biológica está dejando de ser una práctica de nicho para convertirse en una variable de gestión seria. La diferencia entre aprovecharla como ventaja y gastar dinero en placebo sofisticado está, como casi siempre, en saber leer lo que hay detrás de los términos. WWW.INVESTOR.COM.PA 63 tendencias salud
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