Más fútbol no garantiza más emoción; el verdadero desafío es sostener la intensidad en un torneo que parece no terminar nunca. da para quienes pueden planificar —y pagar— con mucha anticipación. El ticket, además, arrastra costos invisibles. Un partido implica vuelos internos, hoteles, traslados y días de espera entre encuentros. El gasto real no está solo en la entrada, sino en la logística completa que la rodea. En un Mundial fragmentado, cada decisión tiene consecuencias en cascada. Según estudios recientes de la FIFA y la Organización Mundial de Comercio, el evento generará un impacto económico superior a los 40 billones de dólares del PIB global, con una asistencia estimada de más de 6,5 millones de asistentes a las tres naciones organizadoras; además de alrededor de 8 billones de dólares en valor no financiero concentrado en áreas como turismo, deporte y entretenimiento. Detrás de esta lógica está la FIFA, que desde hace años empuja al torneo hacia una escala global cada vez mayor. El Mundial ya no compite solo con otros eventos deportivos, sino con festivales, giras, temporadas completas de entretenimiento. En ese escenario, extender el torneo parece una respuesta natural. La duda es si el fútbol, como espectáculo emocional, resiste esa extensión sin perder intensidad. La gran pregunta no necesita respuesta cerrada. Basta con dejarla planteada. El Mundial 2026 ofrece más partidos, más selecciones, más sedes y más semanas de competencia. Ofrece, en teoría, más oportunidades para emocionarse. Pero la emoción no siempre responde a la cantidad. A veces, nace de la escasez, de la urgencia, del “ahora o nunca”. Un torneo largo corre el riesgo de volverse rutinario. Los partidos importantes llegan más tarde. La fase inicial se diluye. El espectador se acostumbra a que siempre haya algo por venir. Y cuando todo es posible, nada es definitivo. Eso no significa que el espectáculo esté condenado. Significa que será distinto. Menos concentrado, más distribuido. Menos épico en bloque, más episódico. El Mundial se parece menos a una película y más a una serie larga, con capítulos irregulares y picos de intensidad cuidadosamente dosificados. Para algunos, eso será una mejora. Para otros, una pérdida. Lo interesante es que el Mundial 2026 no obliga a tomar partido: invita a observar cómo el fútbol se adapta a una nueva lógica de consumo, atención y acceso. Tal vez el verdadero cambio no esté en el formato, sino en nosotros. En cómo miramos, cuánto miramos y qué esperamos del espectáculo. El Mundial ya no promete ser el centro absoluto del calendario. Se ofrece como una experiencia extensa, compleja, fragmentada. La pregunta final queda abierta, flotando entre partido y partido: ¿seguiremos sintiendo que el mundo se detiene cuando rueda la pelota, o aprenderemos a convivir con un Mundial que avanza, constante, mientras la vida sigue? En esa tensión —entre abundancia y emoción, entre acceso y experiencia— se juega el verdadero partido del Mundial 2026. No en el marcador, sino en la memoria que deje cuando todo termine. WWW.INVESTOR.COM.PA 29 thelist: fútbol
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