2019-12-01

_38 1 2 . 1 9 _zoom A quella escena se repitió en mi mente de forma incontable: las bombas, el silencio, el edificio sacudiéndose, los golpes en la puerta y el llanto; hasta que finalmente a la mañana siguiente, sintiendo un poco de calma, nos aventuramos a salir. “Yo tenía unos 4 mil dólares ahorrados y se los ofrecí al chino del kiosco de abajo, que era el único que tenía carro, para que nos sacara de allí. Pero me dijo que no podía, porque si abandonaba su negocio, lo saquearían a él también”, hace memoria mi madre, que sin otra alternativa se aventuró a las calles conmigo en brazos y sujetando de la mano a mi hermana y a mi prima adolescente. Algunos de los vecinos se quedaron, otros buscaron su propio camino para escapar, por suerte, todos sobrevivieron. Recorrimos las mismas calles que apenas el día anterior habíamos pasado como si nada: la barbería estaba en el suelo, el kiosco vuelto una barricada, el cuartel de policía hecho ruinas y la calle al parque ya no existía. Cuando estuve más grande, mi madre me contó que mi padre estaba en el interior por esos días y que lo único que el resto de la familia sabía de nosotros era lo que escuchaban en las noticias: El Chorrillo desapareció. Recuerdo personas corriendo, gritando, saqueando, sangrando y muriendo bajo la luz del sol, mientras nosotros buscábamos un camino para salir del barrio, que hasta ese día había sido nuestro hogar.

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