98MUNDO SOCIAL JULIO 2025 SUPERMAMÁS Instagram: @supermamas.panama Hay un momento que vemos muy lejano y para el que ninguna mamá está realmente preparada: la despedida universitaria. Ese preciso instante en el que tu hijo, ese que un día no sabía ni amarrarse los cordones, se muda a un dormitorio universitario, a miles de kilómetros de distancia, y con unas ganas de comerse el mundo y rumbear hasta más no poder, y tú estás ahí, con el corazón hecho nudo y cajas de Ikea para ayudarlo a armar su nuevo hogar. Porque sí, ahí estás tú, como buena supermamá, armando repisas, comprando sábanas con estampado neutro (porque “mami, nada de rayitas, please”), organizando los cajones, llenando la mininevera y colando entre las cosas “un par de meriendas por si acaso”. Y mientras él está emocionado con su nueva libertad, tú estás ahí, sonriendo… y escondiendo las ganas de meterte en la maleta. Lo cierto es que uno cree que tiene tiempo, que ese momento está lejos, que por ahora todavía te necesita para encontrar el otro zapato que tiene enfrente, al que le pasa por delante, pero prefiere preguntarte dónde está... pero no. De repente llega. Y cuando llega, no es solo una mudanza; es un desgarro elegante. Las primeras noches, después de dejarlo, duelen. Y aceptémoslo: muchas veces ese viaje no lo hacemos para ayudarlo a instalarse, sino para retrasar la despedida, para quedarnos un día más, para ver si, entre la emoción, él se voltea y dice: “Mami, quédate un poquito más”. Y, aunque lo diga, tú sabes que no puedes, porque ahora le toca a él crecer; y a ti, aprender a mirar de lejos. Y, de repente, lo ves buscando solo sus calcetines, cocinando huevos sin quemar la sartén, conociendo gente nueva, tomando decisiones, poniéndose el despertador. Y es ahí cuando te das cuenta de que te está soltando… y que tú también debes hacerlo. Te haces la fuerte. Le mandas stickers graciosos. Le preguntas si ya se tomó las vitaminas. Te emocionas con cada videollamada. Y sí, a veces lloras con el sonido del microondas, porque te recuerda cuando él te pedía palomitas para ver películas juntos. Pero ojo: no estás triste porque lo estás perdiendo. Estás emocionada porque lo estás viendo volar (aunque en el fondo pides que no se enamore por allá y decida casarse y vivir lejos de ti). Y, aunque sientas que dejaste la mitad del corazón en esa habitación con paredes blancas, el otro pedazo late con orgullo, porque sabes que hiciste bien tu trabajo. Porque enseñarlo a vivir sin ti, a hacer su camino, a valerse por sí mismo, es el acto más profundo de amor que una mamá puede dar. No se trata de soltar para olvidar, se trata de soltar para permitir, para abrirle espacio al adulto que está naciendo y también para redescubrir a la mujer que ahora tiene tiempo para ella. Eres una buena mamá, porque lo ayudaste a construir alas… y tuviste la valentía de verlas en uso. Tranquila, supermamá, tu pequeñ@ estará bien. Cuando te toca dejarlo ir...
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