8A La Prensa Panamá, lunes 30 de marzo de 2026 La prueba PISA se encargó de evaluar en el 2022 los conocimientos en lectura, matemáticas y ciencia de los estudiantes de 15 años de edad en 81 países. iStock LP Panamá volverá a prueba PISA 2029 tras decir que ‘no sirve para nada’ Aleida Samaniego C. [email protected] EDUCACIÓN PANAMEÑA El Meduca aseguró que la participación en PISA 2029 busca medir el impacto de las reformas educativas, el rediseño curricular, la capacitación docente y la integración de tecnología en el aula. Panamá retomará su participación en la prueba PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos) en 2029, luego de que el propio Ministerio de Educación (Meduca) cuestionara su utilidad. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) confirmó a La Prensa que ha recibido comunicaciones que evidencian la intención de Panamá de retomar su participación en PISA 2029, una de las evaluaciones educativas más reconocidas a nivel internacional. De acuerdo con el organismo, estas cartas reflejan el interés del país en reincorporarse a la prueba, que evalúa el desempeño de estudiantes de 15 años en áreas clave como lectura, matemáticas y ciencias, y permite comparar resultados entre distintos sistemas educativos. Consultado por este medio, el Meduca confirmó la decisión, que también fue divulgada a través de sus redes sociales. La entidad explicó que el retorno en 2029 responde a una estrategia planificada, vinculada al proceso de rediseño curricular y al fortalecimiento de la formación docente. El Meduca detalló que para ese momento el país se encontrará en una fase intermedia de las reformas educativas actualmente en marcha, lo que permitiría evaluar con mayor precisión los resultados de los cambios implementados. Entre estos, se incluyen procesos de actualización curricular, programas de capacitación continua para docentes y el impulso de iniciativas orientadas a integrar herramientas tecnológicas en el aula. Según la institución, la participación en PISA en 2029 no solo busca medir el rendimiento estudiantil, sino también obtener indicadores que permitan valorar el impacto de las políticas educativas en curso y ajustar estrategias en función de los resultados. El debate previo sobre PISA Sin embargo, la decisión se da en un contexto de cuestionamientos previos sobre la utilidad de esta evaluación. En octubre de 2024, la ministra de Educación, Lucy Molinar, señaló que Panamá había destinado más de 2 millones de dólares en los últimos años a la prueba PISA sin obtener resultados significativos en términos de mejora educativa. “Ahora que estamos empezando a hacer cambios, esos fondos nos sirven para proporcionar recursos a esas transformaciones y, después, los evaluamos. Además, la prueba PISA compara países; hay otra evaluación que sí vamos a realizar el próximo año, que es la de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, y que nos permite ver en qué aspectos fallan nuestros estudiantes. Esa prueba sí nos sirve para tomar decisiones, mientras que la prueba PISA no nos sirve de nada como país; solo nos compara con una lista de países”, afirmó en ese momento. La ministra también sostuvo que las evaluaciones impulsadas por la Unesco permiten medir conocimientos específicos en las materias y tienen un menor costo, lo que, a su juicio, las convierte en herramientas más útiles para la toma de decisiones a nivel nacional. En contraste, indicó que PISA ha logrado posicionarse principalmente por su reconocimiento y alcance internacional. No obstante, desde la OCDE se planteó una visión distinta sobre los costos y beneficios de la prueba. Andreas Schleicher, director de Educación del organismo, indicó a este medio que el costo de participación de Panamá en PISA asciende a 199,105 euros (217,910 dólares), monto que cubre los gastos básicos de la evaluación internacional. El debate sobre la pertinencia de PISA en el país también fue respaldado por el Ejecutivo. El presidente de la República, José Raúl Mulino, apoyó la decisión de retirar a Panamá de la edición de 2025, al considerar que la prueba no reflejaba de manera adecuada la realidad del sistema educativo nacional. En la más reciente medición disponible, correspondiente a 2022, Panamá ocupó la posición 74 entre 81 países evaluados, ubicándose entre los resultados más bajos de la región. En esa evaluación participaron 5,308 estudiantes de 15 años, seleccionados de 243 centros educativos oficiales y particulares en las distintas regiones del país. Los resultados, divulgados en diciembre de 2023, evidenciaron importantes desafíos en el sistema educativo panameño, particularmente en áreas fundamentales como comprensión lectora, razonamiento matemático y competencias científicas, en comparación con los promedios de los países miembros de la OCDE. Una situación similar se registró en la evaluación de 2018, cuando Panamá se ubicó en la posición 71 de 77 países participantes. En ese ejercicio, se evaluó a 6,300 estudiantes de 15 años, lo que también dejó en evidencia brechas significativas en el desempeño académico. Cabe recordar, que en 2012, el Meduca, bajo la administración de Molinar, decidió no participar en la evaluación internacional. Especialistas en educación advirtieron que la retirada de Panamá de la prueba PISA contrasta con los esfuerzos del país por alinearse con estándares internacionales y fortalecer su sistema educativo. Además, han señalado que la participación en este tipo de evaluaciones permite comparar resultados, mejorar la toma de decisiones y aportar mayor transparencia a las políticas públicas del sector. En este contexto, el retorno a PISA en 2029 plantea un nuevo escenario para el país: medir si las reformas educativas en curso logran traducirse en mejoras concretas en el aprendizaje de los estudiantes y en la calidad del sistema educativo en su conjunto. El destructor se instaló en el Puerto de Cruceros de Amador . Anel Asprilla El portaaviones USS Nimitz y el destructorSS Gridley llegan a la bahía de Panamá EMBARCACIONES Ohigginis Arcia Jaramillo [email protected] La bahía de Panamá amaneció distinta ayer 29 de marzo. Como una ciudad flotante que se abre paso entre la bruma, el USS Nimitz irrumpió en aguas panameñas. No llegó solo: lo escoltaba el USS Gridley, más discreto, pero igual de afilado en su propósito. Juntos suman poder, historia y un mensaje que trasciende lo naval. El portaaviones, capaz de transportar hasta 90 aeronaves entre aviones y helicópteros, permanecerá anclado en aguas abiertas, mientras que el destructor se instalará en el Puerto de Cruceros de Amador, en la ciudad de Panamá. Ambos permanecerán allí hasta el 2 de abril, en una pausa breve dentro de una travesía mucho más extensa. La llegada de las embarcaciones fue recibida por el ministro de Seguridad, Frank Ábrego, y el embajador de Estados Unidos en Panamá, Kevin Marino Cabrera, quienes dieron la bienvenida a la tripulación en medio del despliegue naval. Desde su entrada en operación en 1968, el Nimitz ha sido más que un buque: es un símbolo del poder marítimo estadounidense. Fue bautizado en 1972 por Catherine Nimitz, hija del almirante Chester Nimitz, y desde entonces ha surcado los océanos como una pieza clave en la proyección militar de Estados Unidos. Las dimensiones Sus dimensiones abruman incluso a quienes están acostumbrados al tránsito constante de embarcaciones en el Canal. Con 333 metros de eslora —el equivalente a tres campos de fútbol— y una capacidad de desplazamiento de 100 mil toneladas a una velocidad de 30 nudos, el Nimitz se impone no solo por su tamaño, sino también por su capacidad operativa. Es, además, el buque insignia del Comando Sur de las Fuerzas Navales de Estados Unidos, una posición que lo sitúa en el centro de las operaciones estratégicas en la región. No navega solo: forma parte de un engranaje mayor que incluye al escuadrón destructor DESRON 9, el Ala Aérea Embarcada 17 y el propio Gridley. En sus cubiertas y hangares viaja un complejo ecosistema de guerra moderna. El Ala Aérea Embarcada 17 está compuesta por seis escuadrones que operan aeronaves como los F/ A-18E/F Super Hornet, los EA-18G Growler, los C-2A Greyhound y los helicópteros MH-60R/S Seahawk, diseñados para ataque, guerra electrónica, logística y vigilancia. A ellos se suman unidades especializadas como el Escuadrón Marítimo de Helicópteros 73, el Escuadrón de Combate Naval de Helicópteros 6, el Escuadrón de Apoyo Logístico de la Flota 40 y los escuadrones de ataque VFA-22 y VFA-137, junto al VAQ-139. En conjunto, entre el Nimitz y el Gridley pueden movilizar a cerca de 6,000 tripulantes, una pequeña ciudad entrenada para operar en escenarios de alta complejidad. El escolta El USS Gridley, por su parte, aporta la defensa avanzada. Equipado con sistemas de radar y misiles de alta tecnología, su rol es proteger y ampliar el alcance operativo del grupo de ataque, anticipándose a amenazas que rara vez son visibles a simple vista. La llegada de estas embarcaciones no es un hecho aislado. Forma parte del despliegue Southern Seas 2026, una operación que comenzó el pasado 12 de marzo en la costa oeste de Estados Unidos y que contempla un recorrido que incluye el estrecho de Magallanes, antes de reposicionarse en la costa este el 20 de junio. En ese trayecto, la flota visitará países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, México, El Salvador, Guatemala y Uruguay, con escalas en puertos de Brasil, Chile, Panamá y Jamaica. Más que un recorrido, es una ruta de presencia estratégica en el continente. “El despliegue Southern Seas 2026 ofrece una oportunidad única para mejorar la interoperabilidad y aumentar la competencia con las fuerzas de nuestros países socios”, afirmó, en su momento, el contralmirante Carlos Sardiello. Sus palabras apuntan a un objetivo mayor: fortalecer alianzas y medir capacidades en un escenario global cada vez más tensionado. En ese tablero, el paso del Nimitz y el Gridley por Panamá no es solo una visita: es una señal. Panorama
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