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prensa_2026_03_23

7A La Prensa Panamá, lunes 23 demarzo de 2026 toda la región. Para comprender la magnitud del riesgo de ignorar amenazas en desarrollo, conviene recordar lo ocurrido en Europa en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. En la década de 1930, países líderes, encabezados por Gran Bretaña y Francia, adoptaron una política de apaciguamiento hacia Adolf Hitler. En el marco del Acuerdo de Múnich, se permitió a la Alemania nazi apoderarse de partes de Checoslovaquia con la esperanza de evitar una guerra. Sin embargo, en lugar de frenar la agresión, esta política la fortaleció. En poco tiempo quedó claro que las concesiones no trajeron la paz, sino que condujeron a una devastadora guerra mundial. La lección histórica es clara: posponer la confrontación con una amenaza peligrosa —e Irán es una de las amenazas más significativas para el mundo en las últimas décadas— no la elimina, sino que a menudo aumenta el costo futuro. Paralelamente al esfuerzo militar, se lleva a cabo un intenso esfuerzo diplomático. El ministro de Relaciones Exteriores de Israel y mis colegas embajadores en todo el mundo trabajan para dejar claro a la comunidad internacional que no se trata de un conflicto local, sino de un desafío compartido por muchos países. Cuando una amenaza de misiles alcanza miles de kilómetros, la pregunta no es “si nos afecta”, sino “cuándo llegará también a nosotros”. Leviatán 2.0 y juegos de guerra Reflexión “La primera víctima de una guerra es la verdad”. Con esta advertencia, cualquier análisis sobre la actual guerra en Irán debe asumirse con cautela: no busca anticipar un desenlace, sino entender las tensiones que configuran posibles escenarios. En ese marco, dos elementos resultan clave: uno de los protagonistas —al que denomino Leviatán 2.0— y el contexto geoespacial en el que actúa. El Leviatán de Thomas Hobbes se fundamenta en el miedo humano: la idea de que “el hombre es un lobo para el hombre” lleva a ceder soberanía al Estado para evitar el caos mediante una coerción aceptada. En el siglo XXI emerge una versión distinta de ese Leviatán: un actor que, desde el poder estatal, utiliza su influencia para generar inestabilidad global y ampliar su dominio externo. Lo hace a través de medidas económicas coercitivas —aranceles, sanciones— y acciones que vulneran el derecho internacional, como amenazas, intervenciones indirectas o presiones geopolíticas. Este actor no puede entenderse fuera de su entorno. Algunas corrientes analíticas, inspiradas en la psicohistoria y la teoría de juegos, sugieren que los conflictos contemporáneos responden a patrones estratégicos donde cada movimiento busca maximizar poder y reducir riesgos en múltiples escenarios simultáneos. Desde una perspectiva histórica, la configuración del poder global ha estado ligada a la geografía. Tras la división de Pangea, Eurasia y África desarrollaron redes terrestres de intercambio, como la Ruta de la Seda. Con la incorporación de América al sistema mundial y el auge de las rutas marítimas, especialmente tras la transición al petróleo y la consolidación del dólar como moneda global, se estableció un orden dominado por el comercio oceánico y el sistema financiero occidental. Sin embargo, ese equilibrio enfrenta desafíos. La Iniciativa de la Franja y la Ruta, impulsada por China, busca reconfigurar las conexiones terrestres entre Eurasia y África, reduciendo la dependencia del dólar y promoviendo nuevos centros de poder económico. En este contexto, regiones como Medio Oriente e Irán adquieren un valor estratégico central como corredores clave. Bajo esta lógica, acciones destinadas a fragmentar alianzas, tensionar regiones o interrumpir rutas energéticas no son hechos aislados, sino parte de una disputa mayor por el control del orden global. La inestabilidad no es necesariamente un efecto colateral, sino un instrumento. La pregunta que queda abierta es inevitable: ¿logrará el Leviatán 2.0 imponerse en este juego de poder o terminará atrapado en sus propias contradicciones? Cuatro claves para entender la guerra en Irán... o intentarlo Conflicto global Oriente. Incluso en campañas predominantemente aéreas, como en Libia, el resultado fue una guerra civil e inestabilidad prolongada. Derrocar un régimen desde el aire no ha producido democracias estables. Por eso, el objetivo parece haberse desplazado. Más que transformar a Irán, la operación apunta a degradar su capacidad: su programa nuclear, sus misiles y su red regional. Es un escenario más acotado y más realista. El precedente más cercano es la Guerra del Golfo de 1991: un régimen que sobrevive, pero queda militarmente debilitado y contenido, sin capacidad de proyectar poder como antes. El problema es el “día después”. Un Irán fragmentado no garantiza una transición democrática ni un alineamiento con Occidente. Puede, por el contrario, derivar en un vacío de poder, luchas internas y una nueva fuente de inestabilidad regional con impacto global. Aunque las bajas en el liderazgo iraní son significativas, apostar a que eso derrumbe un régimen en un país de casi 90 millones de habitantes, diverso y profundamente complejo, suele ser más un acto de fe que una estrategia. 3. La paradoja de la guerra: es impopular en Estados Unidos y popular en Israel Estados Unidos e Israel libran la misma guerra, pero sus sociedades la viven de forma opuesta. En Estados Unidos, el respaldo no supera el 45%, prácticamente el mismo nivel de aprobación del presidente Trump. Es el conflicto menos popular en décadas, reflejo de una profunda polarización interna y de una estrategia comunicacional errática: objetivos cambiantes, mensajes contradictorios y una narrativa incapaz de alinear a la ciudadanía, como sí ocurrió en otras guerras. En Israel ocurre lo contrario. A pesar de las sirenas, los refugios y los ataques diarios, cerca del 80% respalda la ofensiva. Aunque un porcentaje significativo de la población desconfía de Netanyahu, hay consenso en algo más profundo: Irán es percibido como una amenaza existencial desde hace décadas, una percepción que para la mayoría se convirtió en realidad tras el 7 de octubre de 2023. Para los israelíes, el conflicto no empieza ahora. Hamas, Hezbolá y los hutíes son vistos como parte de una red de presión impulsada por Teherán. En ese contexto, la ofensiva actual no se interpreta como una elección, sino como una oportunidad —quizás única— de debilitar de forma decisiva esa amenaza acuIlian Perelis Bacal Israel lucha por un futuro mejor para el mundo Terrorismo y geopolítica La guerra que el Estado de Israel está llevando a cabo en estos días no es un episodio más de un conflicto regional limitado, sino parte de una lucha más amplia por la estabilidad internacional y el futuro del mundo libre. Nuestra concepción estratégica es clara: no se trata únicamente de la defensa de las fronteras de Israel, sino de hacer frente a una amenaza de gran alcance cuyo origen se encuentra en Irán. Durante años, Irán ha trabajado para consolidar su influencia regional mediante el desarrollo de capacidades militares avanzadas, el apoyo a organizaciones terroristas y la ampliación del alcance de su amenaza más allá de Oriente Medio. El pasado fin de semana, Irán lanzó misiles balísticos hacia la isla de Diego García, en el océano Índico, a una distancia de 4,000 kilómetros de Teherán. Estos misiles de largo alcance también pueden alcanzar capitales europeas como Berlín, París, Londres y Roma. Esto constituye un recordatorio de que esta amenaza va mucho más allá de las fronteras de Israel. Amenazas de este tipo no desaparecen cuando se ignoran; se intensifican. Por ello, Israel ha decidido actuar con determinación, pero también con responsabilidad. Israel no permitirá la creación de una realidad en la que un régimen extremista posea capacidades — entre ellas, capacidades nucleares— que pongan en peligro su existencia y la estabilidad de El frente norte ilustra claramente la conexión directa entre Irán y la inestabilidad regional. La organización terrorista Hezbolá, financiada por Irán, constituye un ejemplo de cómo este país combina ideología, terrorismo y capacidades militares. Por ello, cualquier golpe a las capacidades iraníes repercute también en otros frentes. La semana pasada recordamos con dolor el atentado contra la embajada de Israel en Argentina, ocurrido hace 34 años, en el que fueron asesinadas 29 personas, incluidos cuatro diplomáticos. Dos años después, en 1994, terroristas de Hezbolá, bajo instrucciones de los ayatolás de Irán, perpetraron nuevos atentados en América Latina: contra el edificio de la comunidad judía en Buenos Aires, donde murieron 85 civiles, y contra un avión de la aerolínea Alas Chiricanas, en ruta de Colón a Panamá, en el que fueron asesinados 21 civiles. Lo he señalado antes y lo reitero: Irán es uno de los principales exportadores de terrorismo en el mundo. No obstante, es importante subrayar que Israel no actúa por un deseo de escalar la situación, sino por la necesidad de proteger a sus ciudadanos y garantizar un futuro más seguro. Se trata de un esfuerzo complejo, que incluye también la resiliencia de los ciudadanos de Israel en la retaguardia, un componente esencial en cualquier guerra moderna. Por ello, no hablamos únicamente de Israel, sino de principios compartidos: el derecho de los Estados a defenderse, la necesidad de enfrentar las amenazas a tiempo y la importancia de la cooperación entre países que comparten valores similares. En última instancia, el mensaje es claro: la responsabilidad de la seguridad y la estabilidad no recae en un solo país. Es una tarea compartida por toda la comunidad internacional. Israel seguirá actuando para defenderse, pero también continuará trabajando junto a sus socios, con la convicción de que los desafíos de hoy son los desafíos de todos. EL AUTOR es docente universitario. EL AUTOR es embajador de Israel en Panamá. EL AUTOR es politólogo. Juan Manuel Fajardo mulada durante años. Detrás de esto hay una paradoja: Estados Unidos e Israel nunca han estado tan alineados a nivel militar y gubernamental, mientras sus sociedades mantienen percepciones cada vez más distantes, lo que se traduce en que la imagen de Israel en Estados Unidos esté en su punto más bajo en décadas. 4. La guerra no divide a MAGA, pero sí puede pasarle factura a Trump Contrario a lo que sugieren algunos análisis, el movimiento MAGA no está fracturado en torno a esta guerra. Las encuestas muestran un respaldo cercano al 90% entre quienes se identifican con ese espacio. Sin embargo, la grieta sí existe —y es relevante— entre la base y algunas de sus voces más influyentes. Figuras como Tucker Carlson, Megyn Kelly y Candace Owens —junto a un ecosistema de podcasts que fue clave para movilizar a votantes jóvenes y desencantados— han sido abiertamente críticas. Para ese sector, la ofensiva contradice una de las promesas centrales de Trump: evitar nuevas guerras. A diferencia de la base más leal, este grupo apoyó a Trump por temas específicos, por lo que su desencanto —sumado a otros factores como el caso Epstein— puede traducirse en desmovilización más que en ruptura abierta. La política exterior rara vez define elecciones en Estados Unidos, pero el precio del petróleo sí. Si el conflicto sigue presionando los precios y golpeando el bolsillo, el respaldo actual puede evaporarse rápidamente. El costo político de esta guerra se medirá en las urnas: las elecciones de medio término dirán si Trump logró sostener el apoyo —o si la economía terminó pesando más que cualquier hazaña militar. Hablamos de una situación llena de incertidumbre, por lo que presentar conclusiones definitivas es difícil. Aun así, queda claro que esta ya no es una guerra que se define en el campo de batalla. Es una carrera de resistencia: económica, política y social. Irán no puede ganar militarmente; le basta con encarecer el conflicto y erosionar el apoyo en Occidente. La incógnita no es cuánto daño puede infligir Estados Unidos, sino cuánto tiempo puede sostenerlo antes de que el costo — en petróleo, inflación y desgaste político— termine condicionando sus decisiones. 1. Irán no puede ganar la guerra, pero sí hacerla más costosa El principal impacto global no es militar, es económico. Irán utiliza sus reservas de petróleo y su posición geográfica como arma: por el Estrecho de Ormuz transita cerca del 20% del crudo mundial, el mayor cuello de botella energético del planeta. Frente a la superioridad militar de Estados Unidos e Israel, Teherán apuesta por expandir el costo del conflicto. La amenaza de cerrar Ormuz ya ha disparado los precios del petróleo, alterado cadenas de suministro y trasladado el “dolor” a economías dependientes, desde Asia hasta Europa. Además, el conflicto ya se ha extendido a los países del Golfo. Irán busca que sean ellos quienes presionen a Washington para contener la escalada. Si no puede doblegar a Estados Unidos, intenta que sus aliados lo hagan. En el tablero global, el impacto de la guerra es desigual. China depende en parte del crudo iraní (alrededor de 13% de sus importaciones), pero un conflicto prolongado también puede beneficiar a sus intereses estratégicos si desgasta a Estados Unidos. Rusia, por su parte, gana de forma más inmediata: el alza del petróleo ya está impulsando la demanda de su energía y fortaleciéndose en el contexto de la guerra de Ucrania. No es solo una guerra que impacta los bolsillos en todo el planeta; es una que altera el equilibrio geopolítico global. 2. Las guerras no se definen por cómo empiezan, sino por cómo terminan Esta guerra comenzó con una narrativa ambiciosa: un llamado de Trump a que los iraníes se rebelaran contra el régimen. La esperanza era provocar —o acelerar— un cambio de régimen desde el aire. Pero ese desenlace parece hoy poco probable. La historia reciente es implacable. Irak y Afganistán demostraron los límites —y los costos— del cambio de régimen a través de una campaña bélica, especialmente en Medio El conflicto trasciende lo regional: Israel advierte sobre la amenaza iraní y apela a una respuesta internacional basada en seguridad, memoria histórica y cooperación. Mattanya Cohen

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