12A La Prensa Panamá, lunes 16 de marzo de 2026 novadoras para la salud, la seguridad alimentaria y la sostenibilidad ambiental. En otras palabras, permite convertir el conocimiento científico sobre la biodiversidad en valor económico, bienestar social y desarrollo sostenible. Este es precisamente el cambio de paradigma que representa el fortalecimiento de INDICASAT-AIP como centro de pensamiento en biotecnología y bioinnovación en Panamá, así como su reciente designación como Centro de Excelencia por la Organización de Estados Americanos. Durante años, la investigación científica en nuestro país ha producido conocimiento de alto nivel. Sin embargo, muchas veces ese conocimiento no logra traducirse en políticas públicas, innovación empresarial u oportunidades económicas concretas. El reto que enfrentamos ahora es conectar la ciencia con la toma de decisiones, con el sector productivo y con las necesidades de la sociedad. Como centro de pensamiento, INDICASAT-AIP busca precisamente construir ese puente. Nuestro objetivo es aportar evidencia científica rigurosa que permita diseñar políticas públicas que impulsen una bioeconomía sostenible. Esto implica promover marcos regulatorios modernos que faciliten la inversión en biotecnología, fomentar la colaboración entre científicos y empresas y fortalecer la comprensión pública del valor estratégico de la biodiversidad. Una bioeconomía basada en ciencia puede abrir nuevas oportunidades para Panamá. Puede generar empleos de alto valor agregado, impulsar emprendimientos El péndulo agotado: ¿por qué retrocede la izquierda? Giro político El nuevo mandato de Donald Trump ha traído como consecuencia una reconfiguración profunda del mapa político latinoamericano, acelerando el desplazamiento de varios gobiernos asociados a la izquierda. Tras el ascenso de la denominada “segunda marea rosa”, el cierre de 2025 y el inicio de 2026 han consolidado un desplazamiento pendular hacia propuestas de derecha y centroderecha. Este fenómeno no es un accidente ideológico, sino la respuesta de un electorado cada vez más pragmático que percibe que las promesas de la izquierda no han logrado resolver problemas sociales, de seguridad ni económicos. El factor determinante en este cambio de ciclo es la crisis de seguridad ciudadana. El auge del crimen transnacional y del narcotráfico ha alterado la percepción del votante regional. Mientras algunos sectores de izquierda han quedado atrapados en el análisis de las causas estructurales y en la prevención social —procesos necesarios, pero de largo plazo—, la ciudadanía demanda respuestas inmediatas y concretas ante una situación que percibe como cada vez más precaria. El modelo de control territorial estricto se ha convertido en un nuevo estándar de aspiración política. Los candidatos que abrazan discursos de autoridad y reformas legales para endurecer las penas han encontrado un terreno fértil, desplazando a liderazgos percibidos como excesivamente garantistas o lentos frente a una criminalidad que ya no distingue fronteras, clases sociales ni edades. En segundo lugar, el desgaste económico posterior a la pandemia ha pasado una factura implacable. Gobiernos que asumieron el poder con promesas de expansión del gasto social se toparon con una realidad fiscal rígida: inflación persistente, deuda pública creciente y un crecimiento económico débil que les impidió responder con eficacia a las expectativas del electorado. El votante latinoamericano contemporáneo es, ante todo, un evaluador de la gestión pública. Ya no basta con el discurso de la redistribución si no existe generación tangible de riqueza. La incapacidad para estabilizar el costo de la vida y la falta de incentivos para la inversión privada han empujado a amplios sectores de la clase media hacia propuestas que prometen eficiencia administrativa, reducción de la burocracia y un entorno más favorable para los negocios. En este escenario, el electorado castiga la ineficacia, independientemente del color ideológico. Finalmente, el factor institucional juega un papel crucial. El persistente colapso democrático en regímenes como los de Nicolás Maduro en Venezuela y el de Daniel Ortega en Nicaragua ha servido como un potente antirreferente electoral. En varios países, las oposiciones han logrado vincular las reformas de izquierda con el riesgo de una deriva autoritaria o con la opacidad en el manejo de los fondos públicos. A ello se suma el surgimiento de nuevos liderazgos disruptivos que, utilizando canales digitales, logran conectar con una juventud desencantada con la política tradicional y escéptica ante las promesas del Estado protector. La pérdida de preponderancia de la izquierda en América Latina es, en buena medida, el síntoma del agotamiento de un modelo que no logró transitar de la agitación social a la gobernanza efectiva. El ciudadano actual no vota por fidelidad doctrinaria, sino por resultados que se reflejen en su seguridad personal y en su economía cotidiana. En nuestra opinión, la izquierda regional ha perdido parte de su capacidad de movilización simbólica. Las narrativas de lucha de clases y estatización ya no convocan con la misma fuerza que en décadas pasadas. Hoy emerge un electorado más crítico, menos ideologizado y más preocupado por dos variables concretas: seguridad y prosperidad económica. Cuando la planificación ignora la realidad Logística mueven carga todos los días? La propuesta de captar carga costarricense expone la desconexión con la realidad de manera casi cómica. ¿Por qué un exportador costarricense enviaría su carga perecedera a través del sistema ferroviario panameño cuando puede transportarla directamente por camión a Puerto Limón o al aeropuerto Juan Santamaría? Cada paso adicional aumenta tiempo, costo y riesgo. Los exportadores costarricenses no están esperando que Panamá les resuelva un problema que ya resolvieron por sí mismos. El problema se agudiza cuando consideramos la geografía de la economía real. La Zona Libre de Colón, nuestro centro comercial más dinámico, no se conecta directamente con esta ruta, obligando a los pasos intermedios antes descritos, si es que a los exportadores les hace sentido considerarlo frente a las opciones actuales de transporte puerta a puerta. Y la economía panameña se basa en servicios, transbordo y agricultura de pequeña escala. Nada de esto se ajusta al modelo ferroviario clásico, que necesita commodities de alto volumen transportados a largas distancias. Es como diseñar un sistema de metro para una ciudad de 50,000 habitantes. Ludwig von Mises distinguía entre la lógica del empresario y la del burócrata. El empresario arriesga su capital y paga por sus errores. El burócrata arriesga dinero Surse Pierpoint La oportunidad para construir una nueva economía: biotecnología y biodiversidad Innovación y tecnología Durante más de un siglo, la economía panameña ha estado estrechamente ligada a su posición geográfica estratégica y, en particular, a los ingresos generados por el Canal de Panamá. Este modelo ha sido fundamental para el desarrollo del país y continúa siendo un pilar importante de nuestra economía. Sin embargo, el mundo está cambiando rápidamente. Las economías más dinámicas del siglo XXI no se basan únicamente en infraestructura o comercio, sino también en conocimiento, innovación y tecnología. Panamá tiene hoy la oportunidad de dar un paso hacia ese futuro. Nuestro país posee una de las mayores riquezas biológicas del planeta. Sus bosques tropicales, ecosistemas marinos y diversidad genética constituyen un patrimonio natural extraordinario. Sin embargo, esta riqueza enfrenta dos riesgos simultáneos: por un lado, la degradación de los ecosistemas; por otro, la falta de aprovechamiento estratégico de su potencial científico y económico. La biodiversidad panameña no debe verse únicamente como un recurso que debemos proteger —aunque su conservación es fundamental—, sino también como una fuente de conocimiento, innovación y desarrollo sostenible. En este contexto, la biotecnología emerge como una herramienta poderosa para transformar la forma en que entendemos la relación entre naturaleza, ciencia y economía. La biotecnología permite desarrollar nuevos medicamentos, mejorar cultivos, crear bioinsumos agrícolas, producir materiales sostenibles y generar soluciones intecnológicos, fortalecer la investigación médica y ofrecer alternativas económicas para comunidades rurales e indígenas. Más importante aún, puede demostrar que la conservación de la biodiversidad y el crecimiento económico no son objetivos opuestos, sino complementarios. El verdadero desafío no es elegir entre proteger la naturaleza o desarrollarnos económicamente. El desafío es desarrollar una economía que dependa precisamente de mantener esa biodiversidad viva y saludable. Cuando un país basa su economía en la mera extracción o en la destrucción de sus recursos naturales, compromete su futuro. Pero cuando la basa en conocimiento científico, innovación y uso sostenible de la biodiversidad, crea un modelo de desarrollo mucho más resiliente y sostenible a largo plazo. Panamá tiene las condiciones para convertirse en un referente regional en bioinnovación. Contamos con biodiversidad única, una ubicación estratégica, talento científico en crecimiento y un ecosistema académico cada vez más dinámico. Lo que necesitamos ahora es visión a largo plazo, acompañada de una decidida inversión pública y privada. El fortalecimiento de INDICASAT-AIP como centro de pensamiento en biotecnología y bioinnovación representa un paso importante en esa dirección. Nuestra misión es contribuir a que Panamá construya las bases de una política nacional de bioeconomía que permita aprovechar responsablemente su riqueza biológica para generar conocimiento, innovación y prosperidad. El siglo XXI pertenece a las economías que invierten en ciencia. Panamá tiene todo para ser una de ellas. EL AUTOR es abogado. EL AUTOR es director de INDICASAT-AIP. EL AUTOR es director de la Fundación Libertad. Irving Domínguez Bonilla ajeno sin enfrentar consecuencias personales cuando fracasa. Cuando los promotores del proyecto lo describen como “un sueño hecho realidad”, confirman en qué lado de esa línea estamos: donde el simbolismo político desplaza al cálculo económico. Los $4,500 millones estimados del proyecto representan un costo de oportunidad que nadie quiere discutir. Esos recursos podrían financiar los puertos que necesitamos para reforzar nuestro hub hemisférico, o el mantenimiento de la misma Panamericana, por donde ya se mueve la carga del país. Pero arreglar baches no genera fotos de corte de cinta ni titulares de primera plana. México ofrece la lección más cercana y más dolorosa. El Tren Maya se vendió con proyecciones de carga y turismo que se han desvanecido frente a costos que se triplicaron y una demanda que no aparece. Los ferrocarriles de vanidad política no son un fenómeno nuevo. Lo nuevo sería que aprendiéramos de ellos antes de repetir el error. El componente de carga del tren es una racionalización construida después del hecho para hacer ver atractivos unos números que no cuadran. Los mercados ya resolvieron el problema logístico de Panamá de la manera más eficiente disponible. No necesitamos reinventar la rueda, y mucho menos una rueda de $4,500 millones que se sumará a una deuda pública ya pesada. Sowell también nos recuerda que “no hay soluciones perfectas, solo decisiones entre alternativas”. El verdadero intercambio aquí no es entre eficiencia y costo. Es entre realidad económica y fantasía política. Elijamos la realidad. Thomas Sowell advierte que “es difícil imaginar una forma más estúpida o más peligrosa de tomar decisiones que ponerlas en manos de personas que no pagan precio alguno por equivocarse”. Esta reflexión resulta inevitable al analizar las justificaciones del componente de carga del tren Panamá– David. Partamos de algo que cualquier operador logístico sabe: toda transferencia modal añade costos. Mover carga de un camión a una bodega en la estación, esperar el próximo tren, llegar a destino, descargar en otra bodega intermedia y montar todo en otro camión no es “optimizar” un sistema; es introducir deliberadamente fricciones que alguien tiene que pagar. Los planificadores del proyecto, que evidentemente nunca han cotizado un flete, parecen desconocer este principio básico. Friedrich Hayek explicó hace décadas por qué este tipo de errores se repite: la información crucial para las decisiones económicas está dispersa entre millones de actores, no concentrada en oficinas gubernamentales. El sector logístico panameño ha evolucionado orgánicamente para servir las necesidades del país. Los camiones operan puerta a puerta sobre la carretera Panamericana, con una flexibilidad que ningún sistema ferroviario puede replicar. La pregunta que nadie en el gobierno parece hacerse es sencilla: ¿qué saben ellos que no sepan los miles de operadores que Panamá posee una de las mayores biodiversidades del planeta. Convertir ese patrimonio natural en conocimiento científico, innovación y desarrollo económico sostenible es el desafío estratégico del país. Timothy Thomson El proyecto ferroviario Panamá–David abre un debate sobre su viabilidad económica y logística, frente a un sistema de transporte que ya funciona con eficiencia.
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