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5B La Prensa Panamá, domingo 1 de febrero de 2026 ¿Qué sucede si sale todo bien? El poder de la expectativa positiva. Escanea el código QR para más contenido en Ellas.pa. Mary Shelley, creadora de Frankenstein Mary Shelley falleció en Londres el 1 de febrero de 1851, a los 53 años, después de una vida intensa, atravesada por la muerte, el duelo y la dedicación literaria. Publicada de forma anónima en 1818, Frankenstein o El moderno Prometeo fue gestada por una Mary de apenas dieciocho años. Su legado intelectual sigue siendo inmenso: no hay otra figura de la literatura del siglo XIX cuya voz siga dialogando tan directamente con la ciencia ficción, la ética contemporánea y la reflexión sobre el ser humano. Su criatura, Frankenstein, lejos de permanecer bajo su control, ganó autonomía simbólica y cultural, convirtiéndose en un mito que se expandió más allá de los libros. Considerada la obra fundacional de la ciencia ficción moderna, la historia inauguró el género al basar la creación de vida, no en la magia o lo sobrenatural, sino en la ciencia y la experimentación. Nacimiento de un mito El origen de Frankenstein se sitúa en un verano extraordinariamente frío y gris de 1816. Mary Shelley murió en Londres, el 1 de febrero de 1851, a los 53 años. EFE Mary Shelley se refugiaba junto a un grupo de personas en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, cerca de Ginebra. Allí, entre tormentas eléctricas y largos días de confinamiento, surgió un juego: cada uno debía inventar un relato de terror. Del reto surgieron dos mitos modernos: el médico y escritor John William Polidori creó el primer vampiro literario contemporáneo, mientras Mary Shelley dio vida a Frankenstein, un ser compuesto de restos humanos. por EFE [email protected] La originalidad de la joven Mary consistió en unir la tradición gótica y romántica con la ciencia de su tiempo. La fascinación por los experimentos de Luigi Galvani, que demostraban cómo la electricidad podía hacer convulsionar los músculos de animales muertos, se convirtió en la chispa de la narrativa. Pero la verdadera innovación de Shelley no reside en lo técnico, sino en las consecuencias de los actos: la creación de vida sin responsabilidad desemboca en tragedia. Su mensaje perdura porque trasciende cualquier moda literaria: el horror está en el abandono, no en la monstruosidad. Mary Shelley escribió esta historia en un momento de su vida marcado por la pérdida y la vulnerabilidad. Apenas unos meses antes de viajar a Suiza, había abandonado la casa paterna para huir con Percy Shelley, poeta casado, desafiando las convenciones sociales de la época. La vida de Mary se entrelaza con la muerte desde el inicio: su madre falleció tras darla a luz y su padre mantuvo con ella una relación distante lo que alimentó una sensibilidad especial que se refleja en la novela: también “su criatura” es abandonada y rechazada. En Villa Diodati, aquellas noches de tormenta se convirtieron en laboratorio literario. La joven Mary recordaba sus pesadillas, y los trasladó al papel: la criatura que describe es grande, poderosa y físicamente grotesca, pero inocente. Aprende a hablar, a leer y a distinguir el bien del mal a través de la observación de los humanos, como un niño que descubre el mundo sin guía ni protección. Shelley, al imaginar esta dinámica, anticipa uno de los grandes debates de nuestra época: ¿qué ocurre cuando una creación supera la intención de su creador? El dilema ético que plantea sigue siendo central en debates contemporáneos sobre biotecnología e inteligencia artificial. Vida y muerte, el trasfondo de la creación Mary Shelley vivió rodeada de muerte, duelo y fracasos. Perdió a tres de sus cuatro hijos en la infancia. También vio cómo la primera esposa de Percy se suicidaba y experimentó la muerte por ahogamiento de su marido en 1822. A pesar de estas tragedias, Mary construyó una obra extensa: escribió biografías, ensayos, relatos y poemas, además de continuar explorando la novela gótica y de ficción. Sin embargo, nunca gozó de plena autonomía ni reconocimiento económico durante su vida. Una obra “propia de hombres” Su condición de mujer complicó la publicación de obras que abordaban temas considerados “propios” de hombres: ciencia, muerte y moralidad. Que Frankenstein se publicara anónimamente es, en este sentido, un símbolo de las barreras que enfrentaron las escritoras de su tiempo y, paradójicamente, del poder subversivo de su talento. Mary Shelley nunca vivió para ver la extensión completa de la influencia de su criatura. Las adaptaciones teatrales y, más tarde, cinematográficas deformaron en gran medida el mensaje moral y filosófico de Frankenstein, convirtiéndolo en icono del horror, ocultando su compleja humanidad. A 175 años de la muerte de Mary Shelley logró algo que pocos escritores consiguen: crear un mito que no envejece y que continúa planteando preguntas fundamentales sobre la condición humana y nos recuerdan que la creación, en todas sus formas, requiere responsabilidad y conciencia ética. Se cumplen 175 años de la muerte de la novelista inglesa, un aniversario que nos invita a acercarnos a su historia como un punto de partida imprescindible para entender la cultura contemporánea. Foto de la película de Guillermo del Toro, Frankenstein. EFE

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