7A La Prensa Panamá, lunes 26 de enero de 2026 Contacto [email protected] Los artículos de opinión y las caricaturas son responsabilidad exclusiva de los autores. La opinión de La Prensa se expresa únicamente en el Hoy por Hoy. munidades que las valoren como propias. En ese marco cobra sentido el 26 de enero, Día Mundial de la Educación Ambiental, que no debería entenderse como una fecha protocolaria, sino como un llamado a repensar cómo educamos, decidimos y convivimos con la naturaleza. La figura de Jane Goodall (1934) ofrece una brújula ética. Más allá de su legado científico con los chimpancés, su aporte reside en demostrar que la empatía, la observación rigurosa y la acción constante pueden transformar la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Su programa Roots & Shoots resume una pedagogía poderosa: aprender, servir y actuar. No basta con indignarse; hay que organizarse. No basta con amar la naturaleza; hay que defenderla con hechos. Inspirados en ese espíritu surge la visión de una Escuela de Educación Ambiental “Jane Goodall”, concebida no como un edificio aislado, sino como un modelo de formación continua, presente en territorios críticos como la península de Burica, una de las últimas fronteras de biodiversidad especial de Panamá. Allí, donde bosques fragmentados con especies endémicas conviven con potreros y asentamientos humanos, la educación ambiental debe ser realista y esperanzadora. Debe demostrar que conservar no es renunciar al desarrollo, sino rediseñarlo. En ese contexto, enseñar que un mono aullador no es solo un animal, sino un indicador de salud ecosistémica; que un bosque nuboso no es tierra ociosa, sino Las colaboraciones para la sección de Opinión deben incluir la identificación del autor. Los artículos no deben exceder 650 palabras. No se publican colaboraciones que hayan aparecido en otros medios y La Prensa se reserva el derecho de seleccionar, editar y publicar. No devolvemos el material. Ese problema de la basura es mío también Manejo de residuos visual de una ciudad que ha convertido en paisaje —algo normal— que desechos y residuos estén a la vista de todos. En este caso, no solo como un problema estético, sino también ambiental, de olores y de expansión de enfermedades. Y, si bien ciertas zonas de la ciudad y del país están más afectadas que otras, esta problemática pareciera discriminar menos que otras cuestiones en el país. En cuanto al tratamiento, cerca del 35% de los desechos termina en botaderos ilegales, ríos, quebradas, playas o en quemas al aire libre. Como muestra práctica y cercana del problema, las provincias de Los Santos y Herrera han enfrentado una grave crisis de contaminación del agua potable, un bien básico, debido al vertido de residuos porcinos sin tratamiento adecuado. Por otro lado, aquel porcentaje que termina en sitios legales se deposita en dos principales rellenos sanitarios (Cerro Patacón y Río de Jesús) y en más de 60 vertederos a cielo abierto. El primero de los rellenos sanitarios, Cerro Patacón, sufre múltiples incendios que siguen generando problemas en la calidad del aire de la capital y no parece haber solución a la vista. Al igual que con el asunto de las basuras en las calles, se ha normalizado por completo que en ciertas épocas del año el humo afecte la salud de la población, en particular de las 6,000 personas que viven cerca de allí, pero también de Sergio García Rendón Educación ambiental: la ruta correcta Día Mundial Hace décadas, en las aulas panameñas donde crecí, el ambiente era un tema marginal. Se hablaba de cárcavas o del agujero en la capa de ozono como curiosidades aisladas, sin comprender que formaban parte de un sistema vivo y vulnerable. Hoy, aunque términos como biodiversidad o cambio climático circulan con facilidad, seguimos perdiendo bosques, contaminando ríos y normalizando la destrucción como si fuese el precio inevitable del progreso. La paradoja es clara: sabemos más, pero actuamos menos. El verdadero reto no es la información, sino la formación. La educación ambiental auténtica no se limita a repetir conceptos; forma conciencia, construye ética y enseña a ver las conexiones invisibles entre bosque y agua, suelo y alimento, política y bienestar colectivo. Sin ella, ciudadanos, empresarios y gobernantes terminan siendo parte del problema, no de la solución. Panamá, país megadiverso y profundamente vulnerable, necesita con urgencia una cultura ambiental arraigada. No basta con leyes si no hay ciudadanos capaces de exigir su cumplimiento. No basta con áreas protegidas si no hay coinfraestructura natural que garantiza agua limpia aguas abajo; que el manglar no estorba, sino que protege costas y sustenta pesquerías. Esa es la educación que transforma percepciones y prácticas. Pero esta tarea no puede recaer únicamente en maestros idealistas o iniciativas aisladas. Requiere compromiso colectivo. El sector privado y los medios deben entender que la responsabilidad ambiental no es marketing, sino prevención. La política pública debe dejar de tratar el ambiente como un trámite burocrático y reconocerlo como una inversión estratégica. El sistema educativo debe integrar la ecología con enfoque local, vinculando aula y territorio. Y los medios deben elevar el debate, sin normalizar la destrucción. Como advirtió Jane Goodall, el mayor peligro para nuestro futuro es la apatía. Este 26 de enero, Panamá enfrenta una decisión clara: ¿formaremos consumidores pasivos del territorio o guardianes conscientes de un patrimonio natural irrepetible? La respuesta no está en los discursos, sino en las decisiones cotidianas: en lo que enseñamos, en lo que exigimos y en lo que protegemos. La escuela “Jane Goodall” no aspira a ser un monumento, sino una promesa: que con educación, empatía y acción aún es posible construir un Panamá donde la naturaleza no sea el fondo de la historia, sino su protagonista. Instamos a cada ciudadano, desde cualquier oficio, a convertirse en el mejor maestro de la mejor educación ambiental, aquella que enseña a respetar, amar y proteger la naturaleza y todos los elementos físicos y biológicos que la constituyen. No es pedir mucho: es pedir lo mínimo que todos debemos aportar. Opinión EL AUTOR es biólogo y presidente de Proyecto Primates Panamá. EL AUTOR es investigador del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (CIEPS). toda la capital, como si no hubiera nada por hacer frente a ello, como si fuera un asunto sobre el que el destino ya hubiera decidido. En cuanto a los vertederos, 58 de ellos se suman a 630 cementerios como lugares que están en crisis ambiental, según Roxana Méndez, directora de la Autoridad Nacional de Descentralización. En sus palabras, se trata de una problemática nacional que requiere acciones urgentes y políticas públicas sostenidas, dado que están saturados o colapsados, impactando en la salud pública, el ambiente y la dignidad humana. Con todo esto, resulta innegable que las basuras son un problema que compete a toda la ciudadanía; que aspectos como la salud y el bienestar general se ven influenciados negativamente por ello; pero también actividades económicas como el turismo, que se supone crucial para la economía del país. Y es quizás por eso —por ser un problema que, como la educación y la salud, atañe a todos— que su atención revela la idea que las élites políticas y la sociedad panameña en su conjunto tienen hoy sobre lo público, sobre eso que debiera ser tratado como de todas las personas por igual. Ninguna sociedad puede avanzar en su desarrollo sin acuerdos fundamentales y cooperación en torno a las bases de la calidad de vida de sus habitantes. Es lo mínimo: equivale a cuidarse a uno mismo y al futuro. No es un asunto de derechas o izquierdas, de un bando o de otro, porque si hay algo que requiere cooperación interinstitucional y capacidad de advertir la urgencia es el tratamiento integral de los desechos y las basuras. Ante la duda, quienes han hecho el trabajo de diagnosticar, planificar y dar visibilidad a esta situación deberían ser respaldados no solo por las instituciones y las élites políticas y económicas, sino también por la ciudadanía en general. Panamá y su ciudadanía tienen un serio problema de disposición, recolección y tratamiento de basuras. Para comenzar, el promedio de producción de desechos de una persona en Panamá es de 1.2 kilos por día, como lo recoge un informe del Observatorio Panameño de Riesgos Ambientales (OPRA). Esta cifra está por encima de la media de la región (1.0 kilos por día), que ya es alta en comparación con el resto del mundo (0.8 kilos por día). Eso significa que en Panamá se generan 5,500 toneladas de basura al día, algo así como el peso de 40 cruceros de Royal Caribbean, y que anualmente son casi dos millones de toneladas. Aunque, por supuesto, puede haber diferencias entre distintas zonas del país, por ejemplo entre áreas urbanas y rurales, lo cierto es que las personas en el país producen en promedio más basura de lo usual, lo que se agrava cuando tan solo un 5% de esos desechos entra en un proceso de reciclaje. En segundo lugar, la percepción de la ciudadanía con respecto a la recolección de basuras es negativa. Según la IV Encuesta de Ciudadanía y Derechos del CIEPS, recientemente publicada y a la que se puede acceder en línea, 6 de cada 10 personas en Panamá creen que es malo o muy malo el servicio. Dicha cifra está respaldada, además, por la evidencia Ariel Rodríguez Vargas La crisis de la basura en Panamá no es solo un problema técnico o municipal, sino un reflejo de debilidades institucionales, hábitos ciudadanos y falta de cooperación sostenida. Don Justo Arosemena, ¿cómo le explico? Liberalismo Cerca de cumplirse 130 años de su desaparición física, plantearse la tarea de explicarle el Panamá de hoy a Justo Arosemena no sería un tedioso ejercicio de introspección o recapitulación histórica, sino uno de vergüenza intelectual. No porque el presente sea incomprensible, sino porque muchas de las cosas que hoy dejaron de sorprendernos o indignarnos, por simple repetición, fueron advertidas hace más de un siglo con una claridad que preferimos ignorar. Arosemena no fue un prócer decorativo ni un nombre útil para avenidas. Fue, sobre todo, un pensador que entendió algo esencial para América Latina: que el problema no era solo político, sino estructural y moral. Que, sin instituciones fuertes, sin reglas claras y sin una ciudadanía capaz de pensar más allá de la emoción inmediata, cualquier proyecto republicano estaba condenado a deteriorarse con el paso del tiempo. El liberalismo que defendía no era una consigna ni una pose ilustrada, sino un sistema incómodo de límites, responsabilidades y distribución racional del poder. Esta recreación de la escena del crimen social en la que vivimos implicaría reconocer que muchas de sus ideas no fracasaron por ingenuas, sino por impopulares. Su ideal liberal, pensado como equilibrio entre libertad individual, Estado funcional y bien común, fue desplazado por salidas rápidas y cómodas. Emociones desbordadas, moralismos oportunistas y decisiones políticas cortoplacistas dieron paso a una versión caricaturesca del orden: centralismo con dependencia excesiva, discursos morales vacíos y una profunda desconfianza hacia cualquier idea que exija disciplina colectiva y responsabilidad individual. Panamá es un caso ejemplar de esa contradicción. Un país con todas las ventajas conocidas por propios y extraños, pero atrapado en una crisis permanente de identidad. No somos del todo centroamericanos, ni sudamericanos, ni caribeños; somos los tres y ninguno al mismo tiempo. Esa indefinición cultural ha sido aprovechada para justificar la improvisación. Donde debía haber proyecto, hubo parche barato y mal puesto. Donde debía haber política pública, hubo ocurrencia sin pensar en consecuencias. Donde debía haber racionalidad, se premió la viveza. Arosemena entendía que el federalismo no era una excentricidad, sino una respuesta lógica a esa realidad: acercar el poder a la gente, reducir la burocracia inútil y permitir que cada región se gobernara según sus necesidades reales. Esa idea chocó, y sigue chocando, con una cultura profundamente conservadora en lo político, aunque se disfrace de modernidad. Una cultura que prefiere el control concentrado, la moral dogmática y el discurso fácil, incluso cuando eso implique desigualdad, abandono de lo necesario y la corrupción como estandarte. Esta ilustración también obligaría a hablar del populismo, no como accidente, sino como consecuencia. Cuando el liberalismo se vacía de contenido y se reduce a una etiqueta, deja un espacio perfecto para que la emoción suplante a la razón. En ese vacío, el resentimiento se organiza, el miedo se capitaliza y la moral se convierte en el látigo con el que se defiende lo indefendible. Explicarle el 2026 no sería contarle una anécdota, sino hacerle una confesión colectiva. Decirle que su mayor error no fue pensar demasiado grande, sino asumir que las ideas sobreviven solas al desgaste de la mediocridad. Y aceptar que cada uno de nosotros, aunque sea en una fracción mínima, ha sido funcional a la deriva. Porque si algo dejó claro Arosemena es que las repúblicas no colapsan de golpe: se desgastan lentamente cuando el pensamiento incómodo se abandona y demasiada gente decide que no hacer nada también es una forma de participar. EL AUTOR es amigo de la Fundación Libertad. Juan Fernández García Fundado en 1980 Miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa Presidente fundador Roberto Eisenmann Jr. Director emérito Guillermo Sánchez Borbón † Sudy S. de Chassin Esta es una publicación de Corporación La Prensa, S.A. ©. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción, sin la autorización escrita de su titular. ISSN 2953-3252: La Prensa ISSN L 1605-069X: prensa.com en la edición de contenidos y mejorar la experiencia de lectura. Garantizamos que todo contenido publicado es creado y rigurosamente revisado por nuestro equipo editorial antes de su difusión. Utilizamos la IA como herramienta de apoyo para asegurar la precisión y calidad de la información que entregamos a nuestros lectores. Subdirectora y Editora de la Unidad de Investigación Mónica Palm Editora Digital Yolanda Sandoval Editor del Impreso Juan Luis Batista Presidente y Director Editorial (Encargado) Jorge Molina Mendoza Subdirector Asociado Rolando Rodríguez B. Gerente General
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