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7A La Prensa Panamá, miércoles 14 de enero de 2026 Contacto [email protected] Los artículos de opinión y las caricaturas son responsabilidad exclusiva de los autores. La opinión de La Prensa se expresa únicamente en el Hoy por Hoy. beza la juez Baloisa Marquínez ha sorteado múltiples objeciones por parte de las defensas, que alegan violaciones al debido proceso, falta de competencia y otros recursos procesales. La magistrada ha decidido seguir adelante, rechazando incidentes y validando pruebas, incluyendo las declaraciones de testigos clave desde Brasil. Sin embargo, el desafío no es solo técnico-jurídico: es también ético, simbólico e institucional. Este proceso involucra a figuras de alto perfil: expresidentes, exministros, empresarios y allegados al poder político y económico. El ciudadano común observa con atención si los poderosos responderán por sus actos o si, una vez más, las estructuras del poder lograrán esquivar la justicia. Ya hemos visto en otros países cómo las condenas de alto impacto generaron un punto de inflexión. Perú, con todos sus problemas, ha enviado un mensaje claro: el poder no garantiza impunidad. ¿Podrá Panamá decir lo mismo? El riesgo de no alcanzar condenas ejemplares no es menor. La impunidad no solo erosiona la confianza pública: la destruye. Y cuando la justicia falla —o aparenta fallar—, lo que se debilita no es solo una sentencia, sino la legitimidad del sistema en su conjunto. Un país donde la ley solo aplica Las colaboraciones para la sección de Opinión deben incluir la identificación del autor. Los artículos no deben exceder 650 palabras. No se publican colaboraciones que hayan aparecido en otros medios y La Prensa se reserva el derecho de seleccionar, editar y publicar. No devolvemos el material. El problema está en el residuo Reformas electorales ce unos años, esta parte del diagnóstico incluso motivó inéditas protestas de calle que denunciaban la distorsión que existe en el cálculo para la asignación de los residuos en los circuitos plurinominales. La otra parte del diagnóstico, que está pasando bastante desapercibida, es la creciente fragmentación de la Asamblea Nacional y, como resultado, sus crecientes dificultades para generar mayorías que agilicen el proceso de formulación de políticas públicas. Ambas partes del diagnóstico constituyen el dilema de las reformas electorales en Panamá hoy: hacer más plural el sistema o generar mayorías. Encontrar ese equilibrio no es fácil, pero lo que no debería suceder es la introducción de reformas que, aunque populares porque despedazan a los partidos, den peores resultados que los que se obtienen ahora. La propuesta de instaurar el voto cruzado —técnicamente llamado “listas desbloqueadas”— no responde a ningún diagnóstico conocido hecho por políticos partidistas, políticos “independientes”, ciudadanía o especialistas nacionales o extranjeros. De hecho, lo que la ciencia política nos enseña es que el voto cruzado agudizaría los problemas de los que sufre el sistema electoral panameño: mayor fragmentación de la Asamblea Nacional y mayor exclusión de formaciones políticas pequeñas o incipientes. Según un estudio de FUSADES, cuando, efímeramente, se experimentó el voto cruzado en la región, como en Ecuador, Honduras o El Salvador, se generó una competencia interna que perjudicó la coherencia partidista, incrementó el personalismo y el clientelismo y acentuó la exclusión de las mujeres. A favor de esta reforma han sido planteados dos argumentos. El primero está relacionado con la simplificación del sistema, a través de la eliminación de la fórmula electoral, incluyendo el residuo. Sin embargo, en los países donde fueron implementadas las listas desbloqueadas, se dispararon los errores tanto al momento de Harry Brown Araúz y Claire Nevache Odebrecht en Panamá: la prueba final del Estado de derecho Justicia Panamá enfrenta, en estos días, un juicio que trasciende lo penal y entra de lleno en la definición misma de su institucionalidad. El proceso por el caso Odebrecht — emblema del soborno y la corrupción en América Latina— ha llegado a una etapa crucial. No se trata solo de imputados, audiencias y argumentos jurídicos. Lo que está realmente en juego es la credibilidad de la justicia panameña y, con ella, la solidez del Estado de derecho. A lo largo de América Latina, países como Brasil, Perú, Colombia y Ecuador han llevado a cabo procesos judiciales que culminaron en sentencias firmes contra expresidentes, ministros, legisladores y empresarios vinculados a la trama de sobornos montada por la constructora brasileña. En Perú, Alejandro Toledo fue condenado a más de 20 años de prisión, y Ollanta Humala, junto a su esposa Nadine Heredia, recibió penas de 15 años por lavado de activos. En Brasil, el propio Marcelo Odebrecht, expresidente de la firma, fue sentenciado, y decenas de políticos y empresarios enfrentaron la justicia. En contraste, Panamá ha avanzado con lentitud y bajo un manto de escepticismo ciudadano. El juicio que encapara quienes no pueden pagar una defensa costosa, deja de ser una democracia funcional para convertirse en una simulación institucional. Este juicio representa una encrucijada histórica. La fiscalía ha logrado avanzar con acuerdos de pena, devoluciones parciales de fondos y reconstrucción de vínculos entre el dinero de Odebrecht y decisiones gubernamentales. Pero el verdadero valor del proceso no está solo en los detalles técnicos, sino en la señal que envía el fallo final. De no dictarse condenas proporcionales al daño causado, Panamá no solo quedará rezagada frente a sus vecinos en la lucha contra la corrupción, sino que arriesgará su prestigio internacional como nación seria, con instituciones confiables. La ciudadanía, harta de escándalos y promesas vacías, no necesita más explicaciones jurídicas: necesita resultados. El Estado panameño tiene la oportunidad —y la obligación— de demostrar que la justicia no es un privilegio, sino un principio. El juicio por el caso Odebrecht no debe ser recordado como una ocasión perdida, sino como el momento en que Panamá decidió si quería seguir siendo rehén de la impunidad o avanzar hacia una democracia más íntegra y transparente. El veredicto aún está por escribirse. Pero su impacto trascenderá las paredes del tribunal: marcará el pulso moral de una nación entera. Opinión EL AUTOR es estratega en tecnología, innovación y transformación digital. LOS AUTORES son investigadores del CIEPS. votar como a la hora de contar los sufragios, generando incoherencias aritméticas. Por lo tanto, es de suponer que esta voluntad de simplificación no logre el objetivo de restaurar la confianza en el sistema. El segundo argumento está relacionado con una mayor “libertad” del electorado para elegir a los “mejores”. Sobre este punto, debemos recordar la lógica detrás de la democracia representativa y del voto popular: no se trata de elegir un empleado con la mejor hoja de vida posible, sino de seleccionar las opciones políticas que mejor representen a la ciudadanía en su diversidad. Finalmente, instaurar el voto cruzado implicaría pasar de un sistema electoral proporcional —garantizado por la Constitución— a un sistema mayoritario en todos los circuitos porque mecánicamente aumentaría la sobrerrepresentación de los partidos grandes y la marginación de las fuerzas pequeñas. Es menester recordar que la proporcionalidad electoral se refiere al hecho de que las ofertas políticas, partidistas o no partidistas, tengan un porcentaje de escaños justo o equivalente al porcentaje de votos que obtuvieron. En el debate, este concepto ha sido confundido con la relación entre el número de escaños (magnitud) y el número de votantes (tamaño) de los circuitos. ¿Qué necesita entonces el sistema electoral? Lo apropiado en este momento es corregir la distorsión vigente en el cálculo del residuo. Es decir, restarle los votos a los partidos que ganaron escaños a través del cociente y medio cociente para dar una oportunidad a los partidos pequeños y a nuevos actores de tener una representación más justa en la Asamblea Nacional. Esta reforma atendería las demandas de la población, haría más representativo el sistema y no perjudicaría la gobernabilidad del país. No hay sistema electoral perfecto. El mejor sistema es aquel que mejor responde a su contexto, no solamente distribuyendo el poder, sino también legitimando el régimen político en el que es aplicado. El sistema electoral panameño fue negociado y creado a inicios de la década de los ochenta, cuando existía un actor político con apoyo electoral mediano, pero con vocación hegemónica. Ese actor, cuya expresión partidista era el PRD, estuvo dispuesto, a regañadientes, a abrir espacio a sus opositores de manera controlada. De allí surgió un sistema electoral que tiende a favorecer a los dos partidos mayoritarios de cada momento. Cuarenta años después, la competencia electoral panameña ya no consiste en dos partidos medianos que articulan a los demás, sino que, según los estudios realizados en el CIEPS, ahora compiten unas cuatro fuerzas importantes. Ese es el origen del actual cuestionamiento al sistema: no fue diseñado para cuatro o cinco jugadores, sino para dos. Y es en ese momento cuando se abre un gran abanico de posibilidades en las que cada actor, naturalmente, busca maximizar sus posibilidades de éxito, ojalá sin comprometer la estabilidad política. Sin embargo, para hacer esto bien es necesario un buen diagnóstico. En el CIEPS hemos diagnosticado que el sistema electoral panameño genera enorme exclusión porque penaliza fuertemente a los partidos pequeños, lo que reduce la representatividad del sistema y dificulta la entrada de nuevos actores a la competencia. HaEl juicio por el caso Odebrecht pone a prueba la credibilidad de la justicia panameña y define si el país es capaz de sancionar la corrupción de alto nivel. Gabriel J. Perea Panamá la Verde y la tentación de la serpiente Biodiversidad Vicente Blasco Ibáñez describió hace cien años una paleta de verdes que estallaban ante su vista. Documentó la firma de un equilibrio biológico sin igual en nuestra nación. Para el escritor, el istmo era un paraíso; para nosotros, hoy, es la infraestructura logística de la vida. El paraíso es, ante todo, un estado de equilibrio y armonía. Romperlo por la seducción del metal es aceptar la oferta de la serpiente: esa opción técnica que, de la mano de la conveniencia política, promete chenchén para hoy, pero asegura un desierto de ácido para mañana. Gente —también calva— sin un pelo de tonta añora trasladar el modelo minero de los desiertos de Chile o Perú a una esponja tropical, que es un corredor biológico único en la bolita del mundo. Amén y amén. En los Andes, la evaporación ordena; en Panamá, mandan los aguaceros torrenciales de hasta 5,000 mm anuales. En un lugar tan angosto, la minería no es una industria de extracción, sino de tránsito de venenos: no de barcos. Debido a nuestra singular anatomía, lo vertido en la montaña no se queda en la montaña. El agua de lluvia arrastra el ácido del subsuelo hacia las cuencas en menos de un ciclo solar. Mientras el Canal hoy disputa cada gota de agua dulce con la población metropolitana, la serpiente propone comprometer las cabeceras de los ríos. Ejercicio de canibalismo económico: sacrificar el motor hídrico perpetuo por la renta del PIB de un trimestre. Y las calificadoras ahí. Habría que calificarlas con cero en responsabilidad ambiental y aseo. Panamá es un paraje singular, único y bendecido por lo que mi padre llamaba Providencia. Bolívar lo percibía solo mirando el mapa, hasta antes de conocer a Manuela. Entonces el temblor fue más intenso con la descendiente pana. Somos el único lugar donde la geografía se tuerce para crear un cruce perfecto: mientras la vía acuática mueve la economía de norte a sur, el flujo biológico corre de oriente a occidente, y viceversa en ambos flujos. Para nosotros, por un diseño único de la Natura, el Caribe es el norte. Esta rotación del mapa convirtió al istmo en el puente genético más importante del planeta, una arteria por la que pulsa la vida de todo el continente. La importancia de este nodo es tan evidente que Frank Gehry, el arquitecto más influyente de nuestro siglo, eligió a Panamá para su única obra en América Latina. El Biomuseo no es un capricho de colores; es un monumento al evento geológico que unió dos mundos. Mientras Gehry celebra nuestra biodiversidad, distraídos —para ser amable— optan por un “diseño” de cráter de lodo gris en nuestro territorio, tipo Donoso. Gehry no dibujó el vacío de una mina; honró un corredor que refugia mil especies de aves y una flora que guarda los secretos de la biotecnología. Demoler este nodo para sacar cobre es como quemar un Picasso para encender la fogata del asado. Panamá la Verde, como la bautizó Blasco Ibáñez, es nuestro activo más rentable y duradero. La verdadera inteligencia nacional no está en la profundidad del tajo, sino en la altura de nuestra visión estratégica. El metal se agota y deja un pasivo que el Estado terminará pagando con intereses; el agua y la vida, si se protegen por Providencia, son la herencia que garantiza que el mañana no sea una expulsión, sino la consolidación de Panamá como la capital biológica del mundo. EL AUTOR es periodista y filólogo. Rafael Candanedo Fundado en 1980 Miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa Presidente y Director Editorial (Encargado) Jorge Molina Mendoza Gerente General Sudy S. de Chassin Subdirectora y Editora de la Unidad de Investigación Mónica Palm Subdirector Asociado Rolando Rodríguez B. Editora Digital Yolanda Sandoval Editor del Impreso Juan Luis Batista ISSN 2953-3252: La Prensa ISSN L 1605-069X: prensa.com Aviso sobre el uso de Inteligencia Artificial Este periódico emplea inteligencia artificial (IA) para asistir en la edición de contenidos y mejorar la experiencia de lectura. Garantizamos que todo contenido publicado es creado y rigurosamente revisado por nuestro equipo editorial antes de su difusión. Utilizamos la IA como herramienta de apoyo para asegurar la precisión y calidad de la información que entregamos a nuestros lectores. Esta es una publicación de Corporación La Prensa, S.A. ©. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción, sin la autorización escrita de su titular. Presidente fundador Roberto Eisenmann Jr. Director emérito Guillermo Sánchez Borbón

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