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8A La Prensa Panamá, jueves 8 de enero de 2026 Podemos decirles, por ejemplo, que en algunos países las personas no pueden elegir libremente a quienes los gobiernan, que eso ha provocado muchos problemas y que, por esa razón, muchas familias han tenido que dejar su país para buscar seguridad y oportunidades en otros lugares. No es necesario entrar en nombres propios ni en estrategias políticas. Lo importante es ayudarlos a comprender ideas básicas: qué son los derechos, por qué es importante que existan reglas justas, qué significa poder elegir y por qué la libertad y la justicia importan. Los ejemplos cotidianos —las reglas en la escuela, el respeto entre compañeros, la importancia de que las normas se cumplan para todos— suelen ser más efectivos que cualquier discurso abstracto. También es fundamental validar lo que sienten. Si un niño expresa tristeza, miedo o confusión, debemos escuchar sin minimizar. Reconocer sus emociones y permitir las preguntas crea un espacio seguro para procesar lo que ocurre. Uno de los mayores riesgos es transmitir a los niños discursos cargados de descalificación, enojo o violencia verbal. Los adultos podemos tener posturas firmes —y es legítimo—, pero los niños necesitan primero comprender antes de tomar partido. Hablar desde los valores es más formativo que hablar desde la polarización: valores como la empatía, la solidaridad, el respeto y la responsabilidad colectiva. Explicar que detrás de las noticias hay perDe la bandera al debate: 9 de enero y la brújula del presente Memoria histórica Eran las primeras horas del día y la bandera ya ondeaba en manos de un estudiante; en cuestión de minutos, aquel gesto cambió la historia. Muchos panameños guardamos relatos familiares de jóvenes que cruzaron la frontera de la Zona del Canal para izar la enseña nacional y cantar el himno, una acción que pasó de simbólica a decisiva en muy poco tiempo. El monumento a los mártires del 9 de enero, en el antiguo Balboa High School, y las placas conmemorativas ubicadas en distintos municipios recuerdan a quienes perdieron la vida aquel día. Historiadores locales han recogido testimonios que coinciden en que la acción estudiantil fue el detonante inmediato de los choques con residentes y autoridades zoneítas. Los acontecimientos que siguieron dejaron decenas de muertos y cientos de heridos, y transformaron la protesta en una tragedia nacional. El episodio provocó consecuencias diplomáticas inmediatas e impensables, que alteraron las relaciones bilaterales y marcaron un hito en la lucha por la soberanía. Aquella jornada quedó inscrita como el Día de los Mártires, símbolo de sacrificio y dignidad. Entre los rostros que la memoria colectiva y los monumentos han preservado figuran jóvenes cuyos nombres evocan orgullo: Ezequiel González Meneses y Ascanio Arosemena son apenas dos ejemplos. En estas líneas no puedo nombrarlos a todos, por lo que invito a consultar los libros de historia patria y los espacios que honran a quienes dieron su vida por la nación. Para comprender esta gesta en su dimensión pública, recuerdo una enseñanza recibida a los quince años, en una clase de Relaciones entre Panamá y Estados Unidos en el Colegio Javier: conocer la propia historia es indispensable para construir un mejor presente. El profesor Porfirio de la Cruz Samudio transmitió esa idea —reiterada por numerosos historiadores— con una claridad que me ha acompañado desde entonces. Bajo esa luz, la conmemoración no es un acto meramente ceremonial, sino un ejercicio de identidad y aprendizaje cívico que sigue teniendo plena vigencia. El heroísmo del 9 de enero no se agota en el sacrificio: deja también una lección de compromiso cívico. Aquellos jóvenes actuaron por amor a su país y por un llamado a una dignidad compartida. Su ejemplo plantea un imperativo moral para la política contemporánea: que el fervor nacional conduzca a acciones en beneficio de la sociedad, y no a intereses particulares ni a retóricas vacías. Hoy, en medio de un ecosistema político y social fracturado, cabe preguntarnos si nuestras pasiones cívicas son tan generosas como las de quienes salieron a las calles en enero de 1964. Como contribución a la conversación nacional, propongo tres líneas abiertas a sugerencias y ajustes según las circunstancias del país. Primero, en el ámbito de la educación cívica, revisar el currículo nacional para incorporar módulos sobre el 9 de enero, sus causas, consecuencias yejerciciosdepensamientocrítico,responsabilidad que recae principalmente en el Ministerio de Educación. Segundo, en el plano del diálogo público, considerar la creación de una mesa nacional permanente con objetivos claros y registros públicos, desarrollada en conjunto por la Asamblea Nacional, la Defensoría del Pueblo y las universidades, con participación del sector privado y organizaciones cívicas. Tercero, en materia de rendición de cuentas, fortalecer indicadores de impacto social —muchos de los cuales ya se miden— mediante la coordinación entre la Contraloría, la academia y la sociedad civil. Estas propuestas se presentan con humildad y vocación de diálogo. No buscan imponer soluciones, sino aportar caminos prácticos para que la memoria se convierta en brújula de políticas públicas. Honrar a los mártires del 9 de enero exige más querecordarsusnombres:demandaresponsabilidad pública, parámetros medibles y voluntad colectiva para priorizar el bien común sobre intereses particulares. La memoria puede señalar el norte; depende de nosotros seguirla con coherencia y valentía. Parlamentarismo Separación de poderes en el Parlamento. Sin embargo, debido a la creciente fragmentación partidista, lo habitual es que se requieran pactos de coalición entre distintas fuerzas políticas para conformar el Ejecutivo. Una vez establecido, resulta poco probable que los proyectos impulsados desde el gabinete enfrenten una oposición significativa en el Legislativo, ya que su legitimidad y fortaleza provienen precisamente de la mayoría parlamentaria que lo respalda. Uno de los rasgos más distintivos del sistema parlamentario es la dinámica mediante la cual, bajo el escrutinio público, los altos funcionarios del Ejecutivo se someten de forma periódica a sesiones de control en el hemiciclo legislativo. En estas instancias, reciben cuestionamientos directos sobre sus políticas públicas por parte de los parlamentarios, quienes pueden debatir abiertamente los planes y programas de la administración en curso. Cuando un partido no logra la mayoría necesaria en el Órgano Legislativo para formar un gabinete, es preciso convocar nuevas elecciones hasta que por fin se logre conformar el Ejecutivo. También existe la posibilidad de disolver de manera anticipada la legislatura y llamar a elecciones extraordinarias (snap election) si la administración en funciones deja de contar con el respaldo parlamentario suficiente para aprobar los presupuestos generales del Estado, impulsar sus proyectos de ley o conseguir la ratificación de altos funcionarios designados. El objetivo de estas medidas es modificar la composición del Parlamento de tal Iván Rogelio Robles Venezuela y la responsabilidad de explicar el mundo a nuestros hijos Educación en valores En los últimos días, Venezuela ha vuelto a ocupar un lugar central en las conversaciones de los adultos. Noticias de última hora, análisis políticos, opiniones encontradas, debates intensos. Se habla de poder, de justicia, de detenciones, de derechos humanos, de derecho internacional. Pero también —y quizá con más fuerza— se habla desde el dolor: el de quienes llevan años sin ver a sus familias; el de quienes tuvieron que emigrar; el de quienes han perdido seres queridos o un país que ya no reconocen como propio. Este tema ha generado un enorme revuelo no solo en los medios de comunicación, sino también en las mesas familiares. Y, en medio de esas conversaciones, surge una pregunta inevitable: ¿cómo explicar todo esto a nuestros hijos? ¿Qué decirles cuando escuchan, preguntan o simplemente perciben que algo importante —y complejo— está ocurriendo? Lo primero que debemos recordar es que los niños, aunque no comprendan todos los detalles, sí perciben el clima emocional. Detectan la preocupación, la tensión, el tono de las conversaciones. Por eso, el silencio absoluto o las respuestas evasivas rara vez los protegen; muchas veces, solo aumentan la confusión. En niños en edad escolar, la clave está en explicar los hechos de manera sencilla, honesta y acorde con su nivel de comprensión, sin cargar el relato de juicios morales complejos ni de mensajes alarmistas. sonas reales, familias reales, niños como ellos, con historias atravesadas por pérdidas, sufrimiento y decisiones difíciles. Con los adolescentes, la conversación puede —y debe— ser más profunda. Ellos ya tienen la capacidad de analizar, cuestionar y construir una opinión propia. En esta etapa, el rol de los padres no es imponer una visión, sino ofrecer información clara, contextualizada y confiable, y fomentar el pensamiento crítico. Es un momento oportuno para hablar de ciudadanía, de derechos y deberes, del valor del voto y de la participación democrática. Explicarles que lo que hoy ocurre en nuestro continente no es ajeno a su futuro y que, dentro de pocos años, serán ellos quienes, a través de su derecho al voto, elijan a quienes los gobiernen. También es importante señalar que las acciones —y las omisiones— tienen consecuencias. No informarse, no participar o mirar hacia otro lado también es una forma de decisión. Hablar de Venezuela con nuestros hijos no es solo explicar una noticia. Es una oportunidad para sembrar conciencia sobre los derechos humanos y la responsabilidad que tenemos como ciudadanos de no ser indiferentes frente a las injusticias. Es enseñarles que la democracia no se hereda intacta: se cuida y se defiende todos los días; que nuestras acciones —y también nuestras omisiones— tienen consecuencias reales en la vida de millones de personas. Al hacerlo, les recordamos que la historia no es algo lejano ni abstracto, sino que se construye con decisiones concretas y con la convicción profunda de que el respeto por la dignidad y la libertad de las personas debe estar siempre en el centro. EL AUTOR es comunicador y empresario. LA AUTORA es pediatra. EL AUTOR es abogado. Julio Javier Trelles manera que pueda consolidarse un gobierno estable. Cuando surgen diferencias entre los socios de una coalición, que llevan a la pérdida del apoyo necesario para sostener al Ejecutivo, el Parlamento puede presentar una “moción de censura” para destituir al jefe de gobierno. Este mecanismo permite conformar una nueva mayoría parlamentaria e investir a otro líder sin tener que convocar a elecciones nacionales. Otra alternativa es que se produzcan cambios internos dentro del partido en el poder y que desde sus propias filas se designe a un nuevo dirigente. La recurrencia de estos escenarios suele generar una considerable inestabilidad política. Un ejemplo notorio en la historia reciente es el caso del Reino Unido en 2019, cuando Theresa May renunció como líder del Partido Conservador y, por ende, como primera ministra, tras no lograr el consenso necesario en el Parlamento para aprobar el acuerdo del Brexit. A raíz de su dimisión, el Partido Conservador eligió a Boris Johnson como su nuevo líder, sin que se convocaran elecciones generales de forma inmediata. Por su propia naturaleza, el sistema parlamentario presenta la debilidad de no lograr una separación efectiva de poderes entre el Órgano Legislativo y el Ejecutivo: este último se convierte en un apéndice del primero. La mayoría de los congresistas electos por el pueblo es la que decide quién ocupará la jefatura del Ejecutivo. En consecuencia, la ciudadanía carece de la facultad de ejercer un sufragio directo para elegir a su líder. Ante estas y otras limitaciones del sistema parlamentario, surge como alternativa el modelo presidencialista, desarrollado en Estados Unidos a partir de 1789. Feliz año, apreciados lectores. En Panamá, el adjetivo “presidencialista” suele emplearse con connotaciones negativas, atribuyéndose a las características de este sistema político gran parte de los problemas del país. Es importante destacar que, en la historia de los Estados modernos, sobresalen dos sistemas de gobierno: el presidencial y el parlamentario. Esta dualidad hace imprescindible un análisis comparativo de ambos modelos. El sistema predominante en Europa y en la mayoría de los países que fueron colonias británicas es el parlamentario. Este modelo surgió en la Inglaterra del siglo XVII como resultado de la Guerra Civil inglesa y la Revolución Gloriosa, acontecimientos que consolidaron al Parlamento como el principal órgano del Estado por encima de la monarquía, convirtiéndose así en la institución más representativa de la voluntad soberana del pueblo. En el sistema parlamentario, los electores votan por los candidatos a diputados de su respectiva circunscripción electoral, pero no eligen de manera directa a su jefe de gobierno (primer ministro o canciller, en el caso de Alemania). Este cargo lo designa la mayoría de los parlamentarios elegidos popularmente. Es común, además, que tanto el primer ministro como los miembros del gabinete sean, a su vez, integrantes del propio Parlamento. Es posible que un solo partido ejerza el poder si cuenta con los votos suficientes La crisis venezolana interpela también a las familias: cómo explicar a niños y adolescentes el dolor, la injusticia y la democracia sin miedo, pero con valores y pensamiento crítico. Ana Gabriela Lucas Quintero El sistema parlamentario concentra el poder en mayorías legislativas, reduce la separación de poderes y plantea interrogantes sobre la legitimidad del Ejecutivo frente al voto ciudadano directo. Opinión

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