7A La Prensa Panamá, sábado 3 de enero de 2026 Panorama familia ocueña, había migrado de Chitré a la ciudad de Panamá por circunstancias familiares tensas. Laborando en el Aeropuerto de Tocumen, conoció al mayor Omar Torrijos, entonces al mando del cuartel de Tocumen. Iniciaron una relación sentimental prolongada, mantenida en relativa clandestinidad. De esa relación nació Ernesto Omar Torrijos Shunnar, quien inicialmente llevó el apellido Espino. El joven cursó estudios en el Colegio José Dolores Moscote, donde obtuvo su bachillerato. Atlético, alto, de buena presencia y con gestos muy similares a los de su padre, fue descrito como “casi una copia del general”, según relató en una ocasión la doctora Flor María de Torrijos, esposa de Monchi Torrijos, hermano del general, quien lo adoptó por instrucciones de Omar para otorgarle el apellido paterno. Ernesto fue acogido por la familia Torrijos en su residencia de San Francisco, donde se ganó el afecto de todos. Posteriormente ingresó a una academia militar en Venezuela, donde entabló amistad con un cadete llamado Hugo Chávez, quien años más tarde lo recordaría públicamente en su programa Aló Presidente. Más adelante fue trasladado al Heroico Colegio Militar de México, donde se graduó como subteniente con honores y obDesinformación, decisiones públicas y el costo de actuar sin datos Patrimonio cultural En el debate público panameño se ha vuelto habitual opinar, cuestionar e incluso decidir sin el respaldo mínimo de información técnica verificable. Este fenómeno no solo empobrece la discusión democrática, sino que genera consecuencias reales cuando la desinformación —o la información incompleta— se traduce en actuaciones oficiales. En un Estado de derecho, ninguna decisión pública debería sustentarse en percepciones, explicaciones parciales o argumentos carentes de criterios técnicos competentes. La desinformación suele asociarse a rumores en redes sociales o a titulares sacados de contexto. Sin embargo, su impacto es mucho más grave cuando proviene de autoridades y se convierte en acción concreta. En esos casos, el daño no es solo comunicacional: es institucional, social y, en ocasiones, irreversible. Un ejemplo reciente que ilustra este problema es la decisión adoptada por la alcaldesa de Arraiján, Stefany Peñalba, de ordenar el derribo del monumento dedicado a la comunidad china en el distrito. La medida fue justificada públicamente bajo el argumento de que la estructura se encontraba deteriorada y representaba un riesgo para la ciudadanía. No obstante, hasta el momento, dicho señalamiento no ha sido respaldado por estudios técnicos, informes estructurales ni pronunciamientos de autoridad competente que avalen esa conclusión. Informar de manera incompleta también es una forma de desinformar. Cuando se omite el sustento técnico de una decisión, se priva a la ciudadanía del derecho a comprender por qué se adopta una medida tan extrema como la demolición de un monumento. En estos casos, la explicación oficial no solo resulta insuficiente, sino que abre espacio a la desconfianza y al cuestionamiento legítimo. El argumento del “riesgo a la seguridad” pierde aún más fuerza cuando se contrasta con precedentes ampliamente conocidos. En Panamá existen estructuras históricas de mayor antigüedad y complejidad, como la Torre de Panamá Viejo, que han sido objeto de evaluaciones técnicas, procesos de restauración y medidas de conservación, precisamente para proteger tanto a la ciudadanía como al patrimonio histórico. Esa ha sido la ruta institucional correcta: estudiar, intervenir y preservar, no destruir sin respaldo técnico. Cuando una autoridad actúa sin estudios ni documentación verificable, el problema deja de ser una obra puntual y se convierte en una señal preocupante sobre la forma en que se ejerce el poder. La gestión pública no puede basarse en criterios discrecionales ni en explicaciones posteriores desvinculadas de la evidencia. El daño causado por este tipo de decisiones no se limita al aspecto físico del monumento. Se afecta la memoria colectiva, se hiere el reconocimiento a una comunidad que ha sido parte del desarrollo del país y se debilita la confianza ciudadana en las instituciones locales. Ese daño no se revierte con comunicados tardíos ni con justificaciones genéricas. En una democracia funcional, la crítica ciudadana debe estar informada, pero la actuación de las autoridades debe estar aún más respaldada. La transparencia, la información técnica y el respeto a los procedimientos no son formalidades: son obligaciones inherentes al ejercicio del cargo público. Por ello, cuando una acción oficial carece de sustento técnico y produce un daño irreversible, no basta con pasar la página. En un Estado de derecho, toda actuación pública debe ser explicable, verificable y, de ser el caso, sujeta a responsabilidades. No por ánimo de confrontación, sino por respeto a la institucionalidad y a la ciudadanía. Porque opinar sin datos debilita el debate. Pero decidir sin datos compromete seriamente la confianza pública. Crecimiento, ego y poder: la economía del narcisismo político Desarrollo estructural ción: el mérito ha sido reemplazado por el acceso, y la productividad por la cercanía a los flujos de renta. El crecimiento como espectáculo En este contexto, el crecimiento económico deja de ser una herramienta de transformación estructural y se convierte en un espejo: algo que se muestra, se comunica y se celebra, aunque no cambie de fondo las condiciones sociales que lo rodean. Narcisismo político y economía de rentas Aquí es donde el análisis económico se cruza inevitablemente con el político. El liderazgo que prospera en una economía de rentas no es el que reforma, sino el que exhibe. No es el que construye capacidades productivas a largo plazo, sino el que administra percepciones de éxito inmediato y efímero. No es el que fortalece instituciones, sino el que capitaliza obras visibles, subsidios de impacto rápido y discursos grandilocuentes. El llamado narcisismo político no debe interpretarse únicamente como una categoría psicológica ni como una desviación moral individual. Es, en realidad, una respuesta funcional a un modelo económico que privilegia la apariencia sobre la sustancia. Consecuencias del narcisismo político Cuando el crecimiento no depende de la productividad sino de las rentas; cuando el éxito político se mide en aplausos y no en resultados verificables; cuando la política social se entiende como un alivio coyuntural y temporal y no como un mecanismo de movilidad social, el liderazgo narcisista deja de ser una anomalía para convertirse en la norma que alimenta Francisco Sánchez Cárdenas La extraña muerte del hijo del general Dictadura militar Un fatídico 3 de enero de 1988 murió en un accidente de tránsito el joven teniente de las extintas Fuerzas de Defensa, Ernesto Omar Torrijos Shunnar, hijo del general Omar Torrijos. Desde el inicio, el hecho estuvo rodeado de circunstancias extrañas. Las causas del accidente, de acuerdo con fuentes oficiales de la época, fueron exceso de velocidad y consumo de alcohol, elementos considerados suficientes para cerrar el caso sin una investigación más profunda. Lo extraño es que el teniente Torrijos era abstemio, nunca consumió licor, y su madre, al reconocer el cadáver, aseguró haber observado señales de tortura y un orificio en el cráneo compatible con un disparo. Según su difunta madre, la orden de no investigar provino del general Manuel Antonio Noriega. Ante sus reclamos, fue encarcelada por más de dos semanas. Posteriormente se le concedió la libertad bajo la advertencia de aceptar la versión oficial del accidente, pues, de lo contrario, su vida estaría en grave peligro. ¿Por qué este joven mereció ese final? ¿Qué atributo especial tenía para ser torturado y asesinado? Su madre, Milvia Shunnar Mirones, una joven de poco más de veinte años, de tuvo el título de campeón de boxeo de las academias militares, logro que le costó severas golpizas, sin rendirse jamás. De regreso a Panamá, Noriega le puso la mira. Fue enviado a reprimir manifestaciones civilistas, pero Ernesto se negó, afirmando: “mi papá me enseñó que el ejército es para defender al pueblo, no para reprimirlo”. Esa negativa le costó 30 días de arresto. Luego fue enviado al curso Panajungla, diseñado para un mes, pero el suyo se prolongó por tres. Padecía asma, y todo indicaba que la intención era que no sobreviviera al entrenamiento. Aun así, se ganó el respeto de la tropa y de sus compañeros, algunos de los cuales llegaron a llamarlo “general”. Noriega, obsesionado con conservar el poder, no iba a permitir que nadie se le interpusiera. Ernesto apareció ante él como la reencarnación política y simbólica de Omar Torrijos. Había que eliminarlo. Según algunas fuentes, se contempló a Ernesto Omar como una posible figura para liderar militar o políticamente el país, por su carisma, cercanía con la tropa y por encarnar el legado físico y espiritual de su padre. Se presume entonces que Noriega ordenó su “accidente”. Si este joven hubiese sobrevivido, es probable que la historia de las Fuerzas de Defensa y del país hubiese sido distinta. Ernesto Omar Torrijos Shunnar, hoy prácticamente olvidado, fue en su momento una variable decisiva en la historia panameña. EL AUTOR es estratega en tecnología, innovación y transformación digital. EL AUTOR es abogado, ex profesor de Ciencia Política y Teoría del Estado. EL AUTOR es neurocirujano y exministro de Vivienda. Gabriel J. Perea la corrupción, el clientelismo y la desigualdad. Las consecuencias de este modelo están a la vista: se desarrolla infraestructura sin reformas institucionales equivalentes; el gasto social atenúa urgencias, pero no genera un ascenso social sostenido; y el Estado es omnipresente en el discurso, pero frágil en la ejecución y la evaluación. Mientras tanto, la ciudadanía, a pesar del crecimiento agregado, sigue enfrentándose a la informalidad laboral, la desigualdad territorial y un elevado gasto de bolsillo que evidencia la ineficiencia de los servicios públicos esenciales. Un modelo económico y político sin exigencia productiva El problema de Panamá no se limita a episodios de mala gestión o corrupción recurrente. Se trata de algo más profundo: un modelo económico que no exige carácter productivo y un sistema político que se acomoda a esa falta de exigencia. Mientras no se rompa la simbiosis entre rentismo económico y narcisismo político, cualquier intento de reforma será parcial y cualquier crecimiento resultará incompleto. Se seguirán acumulando cifras, pero no capacidades; obras, pero no instituciones; discursos, pero no futuro. Conclusión: el futuro en juego Conviene decirlo con claridad, aunque incomode: Panamá no está detenido por la escasez, sino por la vanidad. El país ha construido una economía que tolera el rentismo, celebra la apariencia y deja el futuro en manos de la siguiente administración. En ese ecosistema, el narcisismo político no es un vicio individual, sino una estrategia racional de supervivencia. Mientras el liderazgo siga buscando reflejos y no cimientos, el país no fracasará de golpe —lo cual sería más honesto—, sino lentamente, bajo la persistente ilusión de estar avanzando. La ilusión del éxito económico panameño Durante años, Panamá ha presentado su crecimiento económico como una prueba casi irrefutable de éxito nacional. Las cifras macroeconómicas, los grandes proyectos de infraestructura y la creciente visibilidad internacional han sido argumentos recurrentes para sostener la idea de que el país avanza. Sin embargo, esta narrativa optimista omite una cuestión fundamental: ¿es crecer lo mismo que desarrollarse? Un crecimiento sin transformación real La experiencia reciente de Panamá demuestra que crecimiento y desarrollo no son necesariamente equivalentes. El país ha experimentado un aumento económico sin una transformación profunda de su estructura productiva, de su capital humano ni de la solidez de sus instituciones. Esto ha dado lugar a un modelo que proyecta éxito hacia el exterior, pero que no consigue traducirse de forma constante en bienestar, movilidad social ni cohesión interna. Dependencia de rentas y falta de productividad Este fenómeno no es fruto de la casualidad ni de una coyuntura específica, sino que responde a una lógica económica particular: la economía panameña se apoya más en las rentas que en la productividad. Durante décadas, Panamá ha aprendido a vivir —y a depender— de flujos financieros que no exigen innovación sostenida ni esfuerzo colectivo a largo plazo. Las rentas del Canal, la plataforma logística, las concesiones, las exoneraciones fiscales selectivas y distintas transferencias estatales han permitido estabilidad macroeconómica y crecimiento agregado. Sin embargo, también han generado una peligrosa sustituA 37 años de su muerte, persisten interrogantes sobre el fallecimiento de Ernesto Omar Torrijos Shunnar, marcado por versiones oficiales, denuncias de encubrimiento y un silencio histórico aún sin resolver. Ramón A. Mendoza C. El crecimiento económico panameño convive con un modelo rentista que privilegia la apariencia, fomenta liderazgos narcisistas y posterga reformas estructurales necesarias para un desarrollo sostenible.
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