7A La Prensa Panamá, viernes 2 de enero de 2026 Opinión sorio, sino parte constitutiva de la humanidad misma de la sociedad panameña. Cuando hablamos de herencia no nos referimos únicamente a datos históricos o aportes económicos. Nos referimos también a valores, prácticas, formas de organización familiar, ética del trabajo y modos de vida que se transmiten de generación en generación. Muchos de esos rasgos hoy forman parte de lo que entendemos como cotidiano y propio en Panamá, aunque rara vez se reconozca su origen diverso. En ese proceso de integración, muchas familias panameñas —cientos, miles a lo largo de generaciones— han heredado también la genética china, producto del mestizaje real y concreto que marcó la vida social del país. Esa herencia está presente en los rostros, en los apellidos, en las familias mixtas y en comunidades enteras que son, sin ambigüedad, plenamente panameñas. La comunidad china no solo trabajó en Panamá: se integró, se mezcló y formó familia, convirtiéndose en parte del cuerpo mismo de la nación. Por ello, los monumentos que evocan esa historia no son simples adornos urbanos ni estructuras decorativas. Son dispositivos de memoria colectiva. Su función no es imponer una narrativa, sino recordar que la nación se construyó desde la pluralidad y el encuentro. Cuando se elimina un símbolo sin diálogo, sin conCuando Papá Noel parpadeó tarde Magia Uno cree que la Navidad se rompe con ruido. Con un grito. Con un llanto escandaloso. Con una verdad dicha de golpe. Pero no. La Navidad, cuando se rompe de verdad, se rompe en silencio. Yo estaba ahí, vestido de Papá Noel, sudando debajo del traje como solo se suda en diciembre en el trópico, con la barba picando y el gorro torcido. Había practicado el “jo, jo, jo”, había ensayado la voz grave y hasta había adelantado la panza —que en mi caso no requería mucho esfuerzo—. Todo estaba listo para cumplir con mi misión: sostener una ilusión un año más. Ella no miraba los regalos. Me miraba a mí. No fue una mirada curiosa. Fue una mirada larga, detenida, como si algo dentro de ella se estuviera acomodando… o rompiendo. Yo pensé: “Tranquilo, aguanta, parpadea normal”. Pero los nervios hacen cosas raras. Y los ojos, cuando son verdes y conocidos, no saben mentir. —Papá Noel… —dijo bajito— tú tienes los mismos ojos que… No terminó la frase. No hacía falta. En ese instante sentí algo que no venía en el guion: vergüenza. Vergüenza de adulto. Vergüenza de haber crecido demasiado. Vergüenza de estar ahí, con barba falsa, frente a una niña que empezaba a entender que el mundo no siempre es como se lo prometen. Sus ojos se llenaron de lágrimas despacio. No lloró de inmediato, como si quisiera darse tiempo para estar segura. Fue una tristeza contenida, educada, de esas que duelen más porque no hacen ruido. Nos conocía demasiado bien. Mi esposa y yo éramos los mejores amigos de sus papás. Habíamos compartido visitas, risas, domingos eternos, cumpleaños donde el tiempo parecía no avanzar. Había crecido viéndonos entrar y salir de su casa, confiando sin condiciones. Y ahora esos mismos ojos verdes, los míos, estaban ahí, arruinando una fantasía. Ahí entendí algo terrible: los niños no pierden la magia, la despiden. No dijo nada más. Bajó la mirada. Y en ese gesto pequeño, silencioso, algo se fue para siempre. Yo quise arreglarlo con palabras grandes. Con explicaciones bonitas. Con teorías sobre ayudantes y magia compartida.Pero primero me senté a su lado. Porque hay momentos en los que no se habla para convencer, sino para acompañar. Le dije la verdad suave. No toda, pero la necesaria. Que Papá Noel existe de otra forma. Que vive en la gente que quiere, en los que se esfuerzan, en los que hacen el ridículo con tal de proteger una sonrisa un poquito más. Ella me miró, cansada de descubrir cosas, y preguntó, casi en un susurro, con dos pequeñas lágrimas escurriendo por sus mejillas: —¿Entonces… ya crecí? Esa pregunta me dolió más que cualquier delación. Le dije que sí… y que no. Que crecer no es dejar de creer, sino aprender en qué creer. Que la magia cambia de forma, pero no desaparece si alguien la cuida. Sonrió. Una sonrisa distinta. No la de antes. Una más lenta. Más parecida a la nuestra, la de los adultos que ya saben. Esa noche yo no salvé a Papá Noel. Perdí la barba. Perdí el misterio. Perdí algo que no se recupera. Pero gané otra cosa: el privilegio de estar ahí cuando una niña entendió que el mundo no siempre es mágico… pero puede seguir siendo bueno. Y aunque mis ojos verdes la traicionaron, todavía pudieron decirle algo verdadero:que no estaba sola. Y que, incluso cuando la Navidad duele un poco, sigue siendo Navidad. Del urbanismo vial tradicional a lo sostenible Planificación territorial necesidades actuales. Estas iniciativas deben extrapolarse desde el distrito de Panamá a todos los distritos y corregimientos del país. El panameño merece un entorno ordenado, con aceras para caminar y amplias zonas verdes que mitiguen las islas de calor urbano, ya que el concepto de integración de árboles en aceras, avenidas y parques trasciende lo estético y constituye una vía de mitigación frente a los efectos del calentamiento global. Además, crea hábitats para aves, favorece la retención de humedad en el suelo, la infiltración del agua hacia capas internas del subsuelo, permite la percolación y recarga de acuíferos, incrementa la transpiración vegetal, entre muchos otros beneficios ambientales. Para llegar a un ecosistema urbano amigable se debe vivir en simbiosis con el ambiente y sus recursos. Ir de lo tradicional a lo sostenible, pasando del carro-centrismo al persona-centrismo, de expandir vías a reducir viajes, de la velocidad a la accesibilidad y del asfalto a infraestructuras verdes, así como pasar del tráfico agotador a la resiliencia, no solo redefine la movilidad, sino que también construye ciudades más saludables, equitativas y resilientes frente al cambio climático. Este paradigma cambia al implementar una planificación territorial ambientalmente inteligente, donde se mezcla el uso del suelo, compactando lo urbano con el desarrollo sostenible orientado al transporte. La red de movilidad en Panamá ya cuenta con el metro y el metrobús como columnas vertebrales; al implementar movilidad eléctrica interna en zonas densamente pobladas como Chanis, Betania y Ancón, a modo de ejemplo, se contribuye no solo a una mejor calidad del aire y a la reducGustavo Cárdernas Castillero La comunidad china y los múltiples génesis de la nación panameña Memoria histórica La reciente demolición del monumento dedicado a la comunidad china en el entorno del Puente de las Américas ha reabierto un debate que trasciende con creces una decisión administrativa o urbanística. No se trata únicamente de una estructura derribada, sino de una pregunta más profunda sobre cómo Panamá reconoce —o desconoce— a las comunidades que han contribuido de manera decisiva a la construcción de su sociedad. Hablar de la comunidad china en Panamá no es hablar de un grupo externo ni circunstancial. Es hablar de uno de los pilares humanos, económicos y culturales del país moderno. Desde mediados del siglo XIX, los migrantes chinos han estado presentes en momentos clave de nuestra historia: en la construcción del ferrocarril transístmico, en los trabajos asociados al Canal y en la consolidación de una economía cotidiana que sostuvo barrios, pueblos y ciudades cuando el Estado y las grandes empresas no llegaban. Panamá no es el resultado de un solo génesis ni de una línea pura de origen. Nuestra sociedad está constituida por múltiples génesis históricos y por una pluralidad de herencias humanas y culturales que se han entrelazado a lo largo del tiempo. En ese entramado profundo —biológico, social y simbólico— la comunidad china no es un elemento accesenso y sin sensibilidad histórica, lo que se erosiona no es solo una obra física, sino la confianza social y el reconocimiento mutuo entre comunidades. Panamá es, desde su origen, una nación de tránsito, de mestizaje y de convergencias. En ese proceso, resulta fundamental reconocer que entre la cultura china, la herencia afrocolonial y la tradición afroantillana existe una profunda simbiosis histórica. Estas culturas convivieron en los mismos espacios de trabajo, en los barrios populares, en los mercados, en los puertos y en la vida urbana, compartiendo experiencias de exclusión, resistencia y construcción colectiva. De esa interacción surgió una sociedad plural, donde lo chino, lo afrocolonial, lo afroantillano y lo judío no se desarrollaron de forma aislada, sino influyéndose mutuamente y contribuyendo de manera decisiva a la formación de la nación panameña. La identidad nacional no es la suma mecánica de culturas separadas, sino el resultado vivo de ese entrelazamiento histórico. Reconocer esta realidad no divide ni fragmenta; por el contrario, fortalece el sentido de pertenencia y la cohesión nacional. Negarla o borrarla del espacio simbólico empobrece nuestra comprensión de quiénes somos. Panamá necesita más memoria, no menos; más reconocimiento, no borramiento. Porque una nación que desconoce sus múltiples génesis corre el riesgo de perder algo más valioso que un monumento: la conciencia histórica de su propia humanidad compartida. EL AUTOR es ingeniero retirado. EL AUTOR es docente especialista en ciencias sociales. EL AUTOR es doctor en Recursos Hídricos y Cambio Climático. Raúl Lancheros ción del subsidio al combustible, sino que la electrificación y el rediseño de los sistemas de transporte urbano interno representan una de las estrategias de mitigación climática más costo-efectivas y socialmente transformadoras para economías en desarrollo como la panameña. Como parte del ordenamiento vial sostenible, también es esencial integrar infraestructuras verdes, como los drenajes urbanos sostenibles, los parques inundables para el reúso del agua, los corredores verdes urbanos y los pavimentos permeables que permitan la infiltración del agua, además de la arborización urbana, la cual puede reducir entre 2 y 5 °C la sensación térmica urbana. Enumerar las acciones antes mencionadas resulta meramente retórico si no se cuenta con la participación gubernamental y ciudadana. Actualmente, con la Política Nacional de Cambio Climático (PNCC), se incorpora la movilidad como eje climático, pasando de ser únicamente transporte a convertirse en un sector estratégico de mitigación climática. Esto se acopla con el Acuerdo de París de 2015, donde la movilidad urbana sostenible es uno de los instrumentos más directos para su cumplimiento. Estos planes de urbanismo vial deben trascender más allá de la Ciudad de Panamá. Centros urbanos como La Chorrera, Colón, Arraiján, Las Tablas, Chitré, Santiago y David, entre otros, necesitan urgentemente un ordenamiento territorial inteligente y ambientalmente amigable. Caminar del urbanismo vial tradicional a la movilidad sostenible en Panamá representa una transición crítica en la planificación territorial y el desarrollo urbano del país, marcada por el paso de un modelo centrado en el automóvil hacia enfoques que priorizan la eficiencia energética, la reducción de emisiones, la accesibilidad social y la resiliencia climática. El urbanismo como componente estructural de los centros urbanos es el marco que organiza, regula y materializa el funcionamiento de una ciudad. Mientras que un centro urbano es el espacio físico y social, el urbanismo es el sistema que lo diseña, lo regula y lo gobierna, ambos en una constante sinergia funcional. En Panamá, un centro urbano es aquel con una población superior a 1,500 habitantes, con servicios básicos como luz eléctrica, alcantarillado, calles pavimentadas y acceso a educación secundaria, comercios y recreación. El acceso vial de Panamá, tanto en sus centros rurales como urbanos, se ha basado tradicionalmente en la expansión de carreteras, la dependencia del automóvil, la fragmentación urbana, el alto consumo de combustibles fósiles, la zonificación funcional dispersa y la baja prioridad para peatones, lo que ha generado por décadas más emisiones de dióxido de carbono (CO2), mayor gasto público, mayor inequidad territorial y mayor riesgo ambiental. Sin embargo, en el devenir del horizonte del distrito de Panamá se esperan proyectos de ordenamiento vial que implementan la sostenibilidad y el paisajismo urbano. Una avenida Nicanor de Obarrio (la conocida calle 50), una avenida Brasil o una Vía España con amplias aceras, árboles y espacios verdes, priorizando al peatón, ofrecen una sumatoria de acciones que se traducen en seguridad, orden estético y mitigación climática, entre otros beneficios. Se espera que estas iniciativas se hagan realidad y no se esfumen como los proyectos que presentó el ilustre Karl Brunner en Panamá en 1941, algunos de los cuales aún responden a La demolición de un monumento reabre el debate sobre memoria, mestizaje y reconocimiento histórico, y cuestiona cómo Panamá asume los aportes que dieron forma a su identidad plural. Rogelio Mata Panamá enfrenta el reto de transformar su modelo vial, pasando del carro-centrismo a una movilidad sostenible que priorice personas, clima y equidad territorial en sus ciudades y comunidades.
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