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6A La Prensa Panamá, jueves 1 de enero de 2026 Contacto [email protected] Los artículos de opinión y las caricaturas son responsabilidad exclusiva de los autores. La opinión de La Prensa se expresa únicamente en el Hoy por Hoy. cieron posible que hoy estemos aquí. Los adultos mayores nos enseñaron — con palabras y con el ejemplo— el valor del esfuerzo, la constancia, el respeto y la paciencia. Nos enseñaron a esperar, a tolerar la frustración y a agradecer lo que se tiene. Nos transmitieron rutinas, tradiciones y gestos simples que hoy seguimos repitiendo sin darnos cuenta: una receta, una frase, una forma de consolar, una manera de celebrar. También nos enseñaron, sin proponérselo, qué cosas queremos hacer distinto. Qué silencios queremos romper. Qué emociones queremos nombrar. Qué heridas no queremos heredar. Y eso también es un legado valioso, porque crecer implica tomar lo recibido, agradecerlo, revisarlo y transformarlo. Vivimos en una época que corre rápido, demasiado rápido. Una época donde la productividad parece valer más que la presencia y donde las pantallas muchas veces reemplazan las conversaciones. En ese contexto, los adultos mayores suelen quedar al margen: “desactualizados”, “lentos”, “repetitivos”. Pero basta sentarse a escucharlos con atención para descubrir que allí hay una riqueza que no tiene la inteligencia artificial ni está en Google ni en ningún algoritmo: la experiencia vivida. Ellos son memoria, historia y perspectiva. Son recordatorio de que no todo se resuelve de inmediato, de que la vida tiene ciclos y de que incluso en los momentos más duros se puede seguir adelante. Hoy, 1 de enero, quiero hacer un llamado claro, sencillo y profundo: pongamos entre nuestros propósitos de 2026 pasar Las colaboraciones para la sección de Opinión deben incluir la identificación del autor. Los artículos no deben exceder 650 palabras. No se publican colaboraciones que hayan aparecido en otros medios y La Prensa se reserva el derecho de seleccionar, editar y publicar. No devolvemos el material. El espejo de nuestra soberanía Monumento chino La abrupta demolición del monumento a la presencia china en Panamá, situado en el Mirador del Puente de las Américas y ejecutada bajo el amparo de la noche el pasado 27 de diciembre de 2025, no es un simple incidente de ornato municipal. Es, en realidad, un síntoma de las profundas placas tectónicas que sacuden nuestra política exterior y un desafío directo a nuestra identidad nacional. Panamá es, por definición, un crisol. La etnia china no es un invitado reciente; es un pilar fundamental sobre el cual se construyó la modernidad del istmo. Desde la llegada de los primeros trabajadores para el ferrocarril en 1854 hasta su papel en la construcción del Canal, su legado está entretejido en nuestra esencia. El monumento inaugurado en 2004 no solo celebraba 150 años de historia; era una “marca territorial” que validaba ese aporte ante los ojos del mundo, en un punto estratégico de la vía interoceánica, situado en el espacio ribereño de una infraestructura crítica como lo es el Canal. La destrucción de este símbolo ocurre en un 2025 marcado por una tensión sin precedentes. Mientras Washington intensifica sus advertencias sobre la “maligna influencia” china en América Latina y el Caribe, Panamá se encuentra en el ojo de la tormenta bajo este enfoque. Por derivación, para el país, la seguridad nacional no se defiende únicamente con patrullajes o ejercicios conjuntos, sino con la firmeza de no permitir que los símbolos culturales se conviertan en fichas de canje geopolítico. Este acto —calificado por voces como la del excanciller Jorge Eduardo Ritter como “bochornoso”— no puede leerse al margen de la retórica actual. Cualquier intervención sobre símbolos extranjeros en la zona interoceánica, bajo la vigilancia de la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) y de los estamentos de seguridad del Estado, adquiere una carga de política exterior explosiva que trasciende lo local. Así lo deben entender todas las autoridades en su entorno parroquial que, como en este caso, rebasan el alcance de sus decisiones bajo criterios meramente técnicos o de seguridad ciudadana. Con una alta probabilidad de repetición, hechos similares podrían ocurrir si la institucionalidad del Estado no implementa mecanismos para evitarlos, dada su potencial incidencia en la política exterior. En Panamá, algunos funcionarios electos muestran una preocupante proclividad a desconocer límites a su conducta, poniendo en riesgo el interés nacional en nuestras relaciones internacionales, como lo evidencian episodios recientes. La política exterior panameña enfrenta el reto de mantener una neutralidad funcional, pragmática y activa. Sin embargo, ceder a presiones para borrar símbolos vulnera nuestra autonomía y soberanía. El operativo de demolición, ejecutado de forma inconsulta y tácticamente perverso, provocó una intervención directa del presidente José Raúl Mulino, quien ordenó la reconstrucción inmediata en el mismo sitio para reparar el daño infligido a la convivencia istmeña. Enhorabuena, señor presidente: control de daños y loable esfuerzo de mitigación de efectos. La decisión constituye una oportunidad para reafirmar autoridad y autonomía ante la ciudadanía, los afectados, los actores externos y los propios subordinados del Estado. No obstante, la materialización del hecho, como tal, no puede borrarse de la psiquis colectiva nacional. El Mirador del Puente de las Américas debe seguir siendo un espacio donde convergen nuestras raíces. Defender este monumento no es tomar partido, sino un acto de respeto a nuestra historia como nación. Si permitimos que una geopolítica de “marca territorial” dicte qué parte de nuestra identidad es conveniente conservar, habremos perdido la verdadera soberanía que tanto nos costó recuperar. La ciudad escalera Movilidad residencial mo Arraiján han crecido más de 50% en el mismo período, absorbiendo a una clase media emergente que busca seguridad, más espacio habitable y la promesa de orden urbano. No se trata de huir de la ciudad, sino de avanzar dentro de ella siguiendo la lógica que el propio mercado y la regulación permiten. Pero esta escalera no es limpia ni automática. Tiene estructuras oxidadas y peldaños rotos. El éxito de mudarse a la periferia se paga con un “impuesto al tiempo” devastador. La fricción urbana —concepto desarrollado por Alain Bertaud— se traduce en trayectos diarios que superan con facilidad los 80 minutos por sentido. En el Área Metropolitana de la Ciudad de Panamá estamos normalizando un modelo donde el ascenso socioeconómico exige desarraigarte del lugar que te vio crecer, desgastarte en el tranque y pasar menos tiempo con tu familia. Es así como el progreso se gana en metros cuadrados habitables, pero se cobra en horas de vida diarias. A este fenómeno se suman factores menos visibles, pero igual de determinantes. La seguridad y la percepción de clase juegan un papel central. Para muchos hogares que lograron “graduarse” de la informalidad, permanecer en barrios que comienzan a deteriorarse o a cambiar rápidamente de uso deja de ser una opción atractiva. El temor al delito, la pérdida de referentes sociales y la sensación de estancamiento empujan la decisión de irse incluso antes de que exista una necesidad económica estricta. Paradójicamente, una parte importante de estos barrios se formalizó jurídicamente. Muchos asentamientos informales accedieron, tras largos procesos, a derechos posesorios y eventualmente a título de propiedad. Sin embargo, esa formalización no siempre vino acompañada de infraestructura adecuada, servicios completos ni una capacidad real de adaptación intergeneracional de la vivienda. Además, en los barrios consolidados del centro, los cambios de uso de suelo —formales e informales— tampoco vienen Carlos Solís La magia no empezó con nosotros Memoria familiar Suelo escribir sobre los niños y su bienestar: sobre cómo cuidarlos, protegerlos y acompañarlos para que crezcan sanos, seguros y felices. Hoy, sin embargo, quiero usar este espacio para mirar hacia otro punto esencial del círculo de la vida: los adultos mayores. Aquellos que nos enseñaron casi todo lo que sabemos y, en buena medida, lo que somos; lo que decidimos repetir y también lo que, con amor, elegimos transformar. La semana pasada escribí sobre la magia. Esa magia cotidiana y silenciosa que no tiene luces ni aplausos, pero que transforma la vida de los niños: la magia de sentirse vistos, escuchados y cuidados. Y mientras escribía, entendí algo que a veces olvidamos en medio del corre corre: esa magia no la inventamos nosotros. La aprendimos. La heredamos. La aprendimos de nuestros padres, abuelos, tíos, maestros, vecinos y colegas con más experiencia. De personas que crecieron en contextos muy distintos a los nuestros, muchas veces con menos recursos, menos información y menos opciones, pero con una enorme capacidad de sostener, resolver y amar. Ellos fueron los primeros magos. Los que himás tiempo de calidad con nuestros adultos mayores. Tiempo real, sin prisa, sin celular en la mano, con preguntas genuinas y con interés sincero por sus historias. Preguntémosles cómo fue su infancia, qué los hizo felices, qué les dio miedo, cómo se enamoraron, qué errores cometieron, qué consejos nos darían hoy. Escuchemos incluso lo que ya escuchamos antes, porque muchas veces no se trata de oír algo nuevo, sino de entenderlo desde otro lugar. Cuando un niño ve a sus padres respetar, cuidar y valorar a los adultos mayores, aprende —sin discursos— una lección fundamental: que la vida merece ser honrada en todas sus etapas; que la vejez no es descarte, sino continuidad; que el amor no se jubila. Nuestros hijos heredarán la magia que hoy logremos sostener. Y esa magia tiene raíces profundas. Raíces que vienen de quienes nos criaron, nos formaron y nos antecedieron. Honrar a los adultos mayores no es un gesto nostálgico. Es un acto de responsabilidad intergeneracional. Es reconocer que, sin ellos, nada de esto sería posible. Y que su legado —hecho de aciertos, errores, historias y aprendizajes— es la chispa que nos inspira a transmitir la magia a nuestros hijos. Tal vez ese sea uno de los propósitos más importantes que podamos asumir. Porque, al final, cuidar a quienes nos enseñaron a hacer magia es la mejor manera de asegurarnos de que nunca se pierda. Opinión EL AUTOR es analista de relaciones internacionales. LA AUTORA es pediatra EL AUTOR es arquitecto y urbanista. Ernesto E. Cerrud siempre acompañados de infraestructura suficiente, reglas de convivencia claras o mecanismos eficaces de gestión urbana. Muchas veces estos procesos ocurren al margen del código de uso de suelo de la zona en cuestión o mediante cambios de uso por lote impulsados por las propias autoridades urbanísticas. El resultado es un encarecimiento progresivo de la tierra que termina expulsando a los herederos: las viviendas no pueden crecer en altura, los parientes no desean o no pueden permanecer cerca, y la propiedad se vende o se alquila para usos distintos al residencial. La ciudad se vacía de vecinos y se llena de transacciones. En este contexto, la pregunta clave no es por qué la gente se mueve, sino por qué la ciudad no logra retenerla. Hoy el Estado regula, sanciona o tolera, pero ha sido mucho menos eficaz en construir un sistema de incentivos que permita al pequeño propietario y al pequeño inversionista convertirse en aliados activos del desarrollo urbano. Faltan políticas que ayuden a mejorar la calidad estética y funcional de los barrios, que faciliten la producción de más vivienda dentro de ellos y que permitan una densificación progresiva —ese missing middle que tanto necesita la ciudad— sin destruir su tejido social. Enfocar los incentivos a la industria inmobiliaria en las áreas cercanas a las estaciones del Metro de Panamá, lograr que el transporte público acerque los trabajos a la vivienda en menos de 60 minutos y ofrecer reglas claras y predecibles para pequeños desarrollos sería un buen comienzo. No se trata de frenar la movilidad, sino de hacerla una elección, no una obligación. La Ciudad Escalera no debería obligar a abandonar el barrio para progresar. Debería permitir que los barrios crezcan con su gente. La pregunta que vale la pena hacerse —especialmente desde la clase media emergente y quienes están en camino de serlo— no es solo por qué se van, sino qué se está haciendo para que quedarse también sea una opción real de progreso. El Área Metropolitana de la Ciudad de Panamá no es un solo espacio geográfico; es un sistema de vasos comunicantes donde el éxito se encuentra a kilómetros y el fracaso en horas de tráfico. Los resultados del Censo 2023 han confirmado una vez más un fenómeno que muchos urbanistas veníamos observando desde hace décadas: las viviendas del centro de la metrópolis se vacían de residentes permanentes mientras incorporan usuarios de cuartos de alquiler, locales comerciales, oficinas y otros usos transitorios. El distrito de San Miguelito, durante años el principal motor del crecimiento demográfico urbano, registró por primera vez una contracción significativa: perdió más de 34,000 habitantes entre 2010 y 2023. Lejos de ser un síntoma de colapso urbano, este ajuste revela el funcionamiento de lo que podríamos llamar una Ciudad Escalera: un sistema en el que la movilidad residencial opera como estrategia de ascenso social. En esta lógica, barrios populares y antiguos asentamientos informales funcionan como estaciones de arranque. Las familias llegan con pocos recursos, acceden a vivienda mediante posesión, autoconstruyen, consolidan su patrimonio y, con el tiempo, transforman ese “capital de ladrillo” en una plataforma para mejorar su ingreso, educar a sus hijos y aspirar a un siguiente peldaño residencial. Cuando ese objetivo se alcanza, el desplazamiento geográfico suele tener un destino claro: la periferia metropolitana. Esto explica por qué, mientras San Miguelito pierde población, distritos coAna Gabriela Lucas Quintero Fundado en 1980 Miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa Presidente fundador Roberto Eisenmann Jr. Director emérito Guillermo Sánchez Borbón † Gerente Comercial Sudy S. de Chassin Esta es una publicación de Corporación La Prensa, S.A. ©. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción, sin la autorización escrita de su titular. ISSN 2953-3252: La Prensa ISSN L 1605-069X: prensa.com en la edición de contenidos y mejorar la experiencia de lectura. Garantizamos que todo contenido publicado es creado y rigurosamente revisado por nuestro equipo editorial antes de su difusión. Utilizamos la IA como herramienta de apoyo para asegurar la precisión y calidad de la información que entregamos a nuestros lectores. 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