7A La Prensa Panamá, viernes 19 de diciembre de 2025 Contacto [email protected] Los artículos de opinión y las caricaturas son responsabilidad exclusiva de los autores. La opinión de La Prensa se expresa únicamente en el Hoy por Hoy. Porque el agua del Río Indio no es solo un recurso. Es herencia. Allí el agua es memoria, alimento, trabajo y espiritualidad. Es la columna vertebral de la agricultura campesina, de la pesca artesanal, de los huertos familiares y de la vida cotidiana de cientos de familias. Reducir su valor a una función estratégica para la infraestructura nacional es un error que muchos países ya están pagando caro. Un proyecto verdaderamente sostenible no comienza con excavadoras, sino con cuencas vivas: suelos regenerados, bosques restaurados, agricultura responsable y una gobernanza del agua que nazca desde la comunidad hacia el Estado, y no al revés. Pero hay un elemento aún más valioso que rara vez aparece en los informes técnicos: la gente. Campesinos, agricultores, recolectoras, artesanas, pequeños emprendedores y familias enteras que han sostenido este territorio con dignidad, incluso cuando el país solo parece mirar al campo cuando necesita apropiarse de sus recursos. Ese modo de vida rural austero, resiliente, profundamente ligado a la tierra, es patrimonio panameño. No puede ser borrado en nombre del Canal, del “crecimiento” ni de ningún discurso que promete futuro sacrificando el presente de quienes han sido los guardianes silenciosos del ecosistema. Si Panamá aspira a un proyecto hídrico Las colaboraciones para la sección de Opinión deben incluir la identificación del autor. Los artículos no deben exceder 650 palabras. No se publican colaboraciones que hayan aparecido en otros medios y La Prensa se reserva el derecho de seleccionar, editar y publicar. No devolvemos el material. Noticia de un secuestro Salud mental ro que, en unos pocos años, reemplazarán a los actuales diccionarios. Dentro del ascensor, la Torre de Babel tiene envidia: 30 conversaciones distintas, ninguna importante y ninguna que me importe, pero tampoco me lo preguntaron porque preguntar o pedir permiso ya no existe. La alaraca es una competencia de volúmenes, como queriendo que el ruido alcance pronto el techo del ascensor, con tonos entre chillones y roncos, que se mezclan con los chillidos y llantos de los niños asfixiados a la altura de las rodillas de sus madres, abuelas, hermanos, extraños o doctores. No lloran porque hay doctores, sino porque no encuentran a su familia. Las luces del ascensor anuncian los pisos que se va tragando y los clientes solo alcanzan a decir, en algún momento: “Ay, me pasé de piso”. Menos mal que se dieron cuenta antes de pensar que se habían equivocado de edificio. La Sala de Espera está hecha para esperar, y más si se trata de consultorios médicos. Allí encuentro un par de madres con sus hijos pequeños, entre 3 y 9 años, todos con celulares en manos, y otra que, en lugar de distraída con las travesuras de sus hijos, está metida ella también en un tranque de celulares. Los niños usan pantallas porque sus padres se las dan. Así de simple. Una especie de pacificadores, reemplazan al chupete de antaño, y la tecnología digital parece venir encriptada en el cerebro fetal. Los 1.3 mil millones de niños -entre 3 y 17 años- que aún no están conectados a las redes, la mayor parte en África y Asia, “están en desventajas frente a la urgencia de adquirir competencias digitales”, dice oronda la nota periodística, pero, ¿será esto una desventaPedro Ernesto Vargas Río Indio: el desarrollo que podemos hacer bien Gobernanza del agua En Panamá repetimos la palabra “desarrollo” como un mantra. La usamos en discursos, conferencias y comunicados oficiales. Pero pocas veces nos detenemos a mirar el territorio con la honestidad que merece. El debate en torno al proyecto del Río Indio nos coloca frente a un espejo incómodo: ¿qué entendemos realmente por progreso cuando este implica decidir sobre el agua, la tierra, la identidad cultural y el modo de vida de comunidades rurales que existían mucho antes que cualquier estudio de factibilidad? Lo que está en juego no es simplemente un embalse. Es la forma en que concebimos el campo y a quienes lo habitan. Los moradores del Río Indio no le temen al desarrollo; lo que rechazan es ser tratados como una variable sacrificable del mismo. La participación ciudadana no puede seguir siendo un trámite burocrático, una reunión protocolar donde el micrófono se abre solo para legitimar decisiones ya tomadas. La verdadera democracia territorial exige algo más incómodo: escuchar de verdad, ceder poder y aceptar que la voz comunitaria no es decorativa, sino vinculante. De hecho, la propia ACP ha reconocido impactos humanos, sociales, económicos, físicos y naturales en al menos 75 lugares poblados del área del proyecto, y ha destacado la colaboración de más de 765 familias que aportaron voluntariamente información fundamental para el futuro desarrollo del territorio. emblemático, la respuesta no está en repetir el modelo extractivo del siglo pasado. La oportunidad es otra, más audaz y más inteligente: convertir a Río Indio en un laboratorio de planificación territorial sostenible. Un territorio donde el agua se gestione con criterios ecológicos y donde las comunidades sean socias del desarrollo, no víctimas colaterales. Un espacio que combine agricultura regenerativa, turismo rural, producción orgánica, fortalecimiento de emprendimientos locales y corredores biológicos que devuelvan vida a la cuenca. Capacidad existe. Hay talento técnico, conocimiento local y organizaciones comunitarias dispuestas a colaborar. Lo que falta es voluntad política para cambiar la forma en que Panamá ha gobernado históricamente sus territorios. El debate sobre Río Indio no debería dividirnos; debería despertarnos. El agua es el corazón del país: sin ella no hay Canal, no hay ciudades, no hay agricultura, no hay futuro. Pero proteger el agua jamás puede significar despojar a quienes la han cuidado durante generaciones. Hoy tenemos una oportunidad que rara vez se presenta: pasar de un proyecto hídrico convencional a un proyecto territorial justo, regenerativo y profundamente humano. Un proyecto que dignifique a las comunidades en lugar de desplazarlas. Que restaure la naturaleza en vez de degradarla. Que construya confianza en lugar de conflicto. El desarrollo verdadero no se impone. Se co-crea. Y para lograrlo, Panamá tiene que escuchar y atreverse a gobernar su territorio de una manera distinta. Opinión EL AUTOR es arquitecto y estudiante de maestría en Ordenamiento Territorial para el Desarrollo Sostenible. EL AUTOR es médico. ja para su salud mental? Un estudio con 1,471 niños en Estados Unidos analizó su exposición temprana (12 meses de edad, 18 meses de edad y 24 meses de edad) a las pantallas de televisión y videos. Encontró que la exposición temprana de los niños a medios digitales podría ser un factor de riesgo potencial para el desarrollo de perfiles sensoriales atípicos: niños apartados y desinteresados de las actividades cotidianas, siempre en búsqueda de estímulos más intensos en el ambiente o anonadados por sonidos muy altos o luces muy brillantes. Estos trastornos de procesamiento sensorial son similares a los encontrados en el espectro autista (90%) y en niños con Trastorno de Hiperactividad y Déficit Atencional (60%), aunque no son elementos del diagnóstico de estas entidades. Este riesgo es mayor entre más temprano se introducen las pantallas durante el desarrollo de los niños. En los países con gran conectividad digital, los niños, expuestos a los dañinos contenidos frecuentes y comunes en las redes (abuso sexual, matoneo o bullying, contenidos de odio y violencia, contenidos indeseados sobre sexualidad), experimentan serias consecuencias en su salud mental: ansiedad, autodaño, ideación suicida y muerte por suicidio. El cerebro de los adultos amañados a las pantallas sufre, se ha observado, adelgazamiento de la corteza cerebral, con lo que se producen: trastornos del sueño, alteraciones del humor y las emociones, disminución de las habilidades cognitivas, pobre atención, dificultad para enfocarse en lo que se hace, disminución o pérdida de memoria, entorpecimiento del lenguaje, incapacidad de pensamiento crítico y, como es de esperarse, el secuestro cerebral por las adicciones. No diga después que no tuvo “Noticia de un secuestro”. Después de ver la película de esta mañana, antes de llegar a mi oficina, cerré mi iPad. Esto escrito es -como en las novelas- producto de la imaginación, nada que ver con la realidad, no es mi biografía, tampoco ocurre en un consultorio pediátrico. Si se les parece a Uds., solamente denme el crédito de la creatividad. Trato de doblar en la calle la dirección de mi auto para entrar al estacionamiento del edificio donde se encuentra mi oficina. Detrás de mí hay una caravana de autos conducidos por impacientes conductores porque el auto que les precede se detiene con pasmosa tranquilidad a comprar hojaldras de un quiosco con ruedas y candela e ignora que la luz del semáforo está verde hace 40 segundos. Delante de mí, en pleno inicio del giro de mi timón para entrar al andén que me lleva al aparcadero subterráneo, tengo tres peatones: dos en una dirección y el otro en la dirección contraria, encontrados y cruzándolo, sin seguros de vida por accidente o suicidio. Realmente solo uno cruza; creo que con un periscopio que le permite ver hacia adelante cuando tiene los ojos metidos en el celular a la altura de la cintura. Los otros dos se han detenido a corregir palabras en los suyos, quizás para hacer el mensaje menos jeroglífico y, el resto de la población, que espere. Finalmente aparco y la espera del ascensor me permite contar cuántos celulares están siendo manoseados mientras los ascensores abren sus puertas y nadie entra, solamente yo. De repente, la andanada atropellándose decidió atrasar el cierre de las puertas porque tenían que completar sus mensajes con OK, Wao, dedito para arriba, dedote para abajo, siyú, Bai, vocablos todos nuevos contra los que lucha la Academia Española de la Lengua, peEl debate sobre Río Indio expone la necesidad de repensar el desarrollo desde el territorio, el agua y las comunidades rurales, cuestionando modelos extractivos y apostando por una gobernanza hídrica justa. Samy John Agrazal Una escena cotidiana sirve de punto de partida para reflexionar, con ironía y datos científicos, sobre el uso desmedido de pantallas y sus efectos en la salud mental infantil y adulta. Fatiga, consumo y olvido: una sociedad que dejó de sentir Consumismo Hubo un tiempo —y no hace tanto— en que trabajar significaba sostener la vida, no consumirla. Recuerdo, como muchos, esos momentos simples que parecían eternos: tumbarse en una hamaca a sentir la brisa, escuchar la lluvia caer sobre el techo de zinc, hablar con un vecino sin mirar el reloj ni el teléfono. Eran instantes sin “productividad”, sin métricas, sin la ansiedad de estar siempre corriendo detrás de algo. Hoy, en cambio, nos encontramos convertidos, casi sin darnos cuenta, en una maquinaria que no se detiene. Los días se nos van en jornadas extenuantes, respondiendo correos que no pueden esperar, cumpliendo exigencias que nunca terminan, tratando de llenar expectativas que no sabemos ni de quién son. Trabajamos para vivir, sí, pero cada vez más vivimos para trabajar. Y, en medio de todo eso, el consumismo se nos volvió un espejismo brillante. Una promesa vacía. Se nos convenció de que la dignidad se mide por lo que podemos comprar, no por la calidad de la vida que construimos. Nadie niega que el dinero es necesario: comer, vestirnos, cuidar nuestra salud. Pero algo cambió cuando empezamos a confundir bienestar con poseer, cuando dejamos que el deseo de “más” — más cosas, más aparatos, más estatus— nos hiciera olvidar que lo verdaderamente valioso no se compra. Las casas se llenan de compras impulsivas y las agendas, de responsabilidades ajenas. Mientras tanto, nuestra salud física y emocional se desgasta silenciosamente. La voracidad del consumo nos ha robado el tiempo que antes dedicábamos a escucharnos, a mirarnos de verdad, a sentirnos vivos. Cambiamos conversaciones por pantallas, compañía por algoritmos y pausas por un scroll infinito de contenido vacío. La pregunta que ronda, que se impone, es esta:¿en qué momento dejamos de lado nuestra propia vida para complacer a un sistema que nunca estará satisfecho? Tal vez sea hora de recuperar la pausa. De aprender a decir “basta”. De recordar que no somos máquinas, que no nacimos para funcionar sin descanso, que la dignidad no se mide por lo que tenemos, sino por lo que somos. No se trata de demonizar el trabajo ni el progreso, sino de recordarnos que la vida no está en las metas productivas, sino en los pequeños momentos que todavía podemos rescatar… si decidimos detenernos a vivirlos. LA AUTORA es maestra y escritora. Ebony López Castillo Fundado en 1980 Miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa Presidente y Director Editorial (Encargado) Jorge Molina Mendoza Gerente Comercial Sudy S. de Chassin Subdirectora y Editora de la Unidad de Investigación Mónica Palm Subdirector Asociado Rolando Rodríguez B. Editora Digital Yolanda Sandoval Editor del Impreso Juan Luis Batista ISSN 2953-3252: La Prensa ISSN L 1605-069X: prensa.com Aviso sobre el uso de Inteligencia Artificial Este periódico emplea inteligencia artificial (IA) para asistir en la edición de contenidos y mejorar la experiencia de lectura. Garantizamos que todo contenido publicado es creado y rigurosamente revisado por nuestro equipo editorial antes de su difusión. Utilizamos la IA como herramienta de apoyo para asegurar la precisión y calidad de la información que entregamos a nuestros lectores. Esta es una publicación de Corporación La Prensa, S.A. ©. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción, sin la autorización escrita de su titular. Presidente fundador Roberto Eisenmann Jr. Director emérito Guillermo Sánchez Borbón
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