5A La Prensa Panamá, sábado 6 de diciembre de 2025 Panorama Annie Canavaggio, directora de la película ‘Hijo de Tigre y Mula’. Cortesía Del istmo al Caribe: el viaje de ‘Hijo de Tigre y Mula’ Lucero Maldonado ESPECIAL PARA LA PRENSA [email protected] CINE La directora de cine panameña Annie Canavaggio culmina su recorrido por festivales internacionales de 2025 y comenta cómo Hijo de Tigre y Mula revive la memoria de las negociaciones del Canal y dialoga con audiencias globales. Hijo de Tigre y Mula, la película que narra un complejo juego de diplomacia internacional durante las negociaciones previas a la firma de los Tratados Torrijos-Carter de 1977, fue seleccionada entre miles de postulaciones para participar y competir en el Festival del Nuevo Cine de La Habana, Cuba. La cinta, cuyo nombre se debe a que el Premio Nobel Gabriel García Márquez, amigo de Omar Torrijos, le decía que era un cruce entre la sagacidad del tigre y la terquedad de la mula, tuvo su preestreno en Panamá, donde llenó las salas con un récord de 20,000 asientos durante 6 semanas. Ahora el turno es en La Habana este 6 y 7 de diciembre. ¿Qué significa que ‘Hijo de Tigre y Mula’ compita en el Festival del Nuevo Cine de La Habana? Desde que empecé a estudiar cine en Londres y luego en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba, era un sueño llegar a este festival de tanto prestigio. Que entre una película panameña es un sello a nivel profesional. La característica de este festival es que las películas deben tener calidad y la capacidad de atraer al público. Es un festival importantísimo. ¿Cómo se dio esta selección? Mi distribuidor internacional, la compañía Habanero Films, se encargó de aplicar a este festival desde hace meses, cuando se abrió la convocatoria para ser considerada. El festival nos eligió entre miles de películas; seleccionan 10 documentales y 10 ficciones. ¿En qué otros festivales ha participado ‘Hijo de Tigre y Mula’? Hijo de Tigre y Mula estuvo en el Festival de She- eld, Inglaterra, también muy prestigioso, y ahí abrió internacionalmente. Después la película ha estado en otros festivales importantes como el Festival de Cine de Biarritz, Francia, en septiembre, y luego en noviembre estuvo en el Festival Panorámica en Estocolmo, Suecia, que es un festival muy selecto donde eligen las películas con pinzas. Ahora en La Habana estaré presente con mi coguionista (Vicente Ferraz). Anoche ganamos el Premio a la Excelencia Documental de la Universidad de Panamá. ¿Qué experiencia trajo de los Festivales de Biarritz y Estocolmo? Me gustó mucho el Festival de Biarritz, porque te encuentras con personas que solamente viajan a Biarritz —que es un balneario turístico— y acuden por siete días para ver cuatro películas al día. Te encuentras cinéfilos, más no cineastas. También eligen los documentales entre miles de aplicaciones y las salas se llenan. ¿Alguna anécdota en específico con el público? En Biarritz te paran en la calle para preguntarte sobre la película, te encuentras al público en la farmacia, en la tienda, en el restaurante de al lado, y se ponen a conversar con uno y uno a conversar con otros directores. Es un festival hecho de una forma que permite comunicarse con el público de una forma amena e íntima. ¿Qué le preguntaban sobre Panamá? Como la película Hijo de Tigre y Mula salió en un momento en el cual Trump estaba hablando mucho del Canal de Panamá, la gente de los festivales no conocía cómo se había logrado recuperar el Canal de Panamá y la antigua Zona del Canal. Había mucho desconocimiento, entonces el tema interesó mucho por el contexto actual. En Estocolmo la gente amó la película; les interesó hablar de colonialismo. Hicieron una sesión de preguntas y respuestas en donde se habló del colonialismo en el mundo y esta película lo retrata fielmente. Una colonia no necesariamente es un lugar donde había militares y personas que cercaban, también había colonias mentales: desde no tener opción de ver otras películas en el cine. Eso es lo que hacen estos festivales: te permiten ver otras realidades, otros contextos. ¿Qué la llevó a contar este episodio de la historia de Panamá? Veía que los jóvenes no sabían lo que había pasado con las áreas revertidas. Pensaban que esto siempre nos lo habían dado. Por eso, cuando empezó Trump a hablar, había gente que decía: “bueno, demos el Canal de Panamá de vuelta, si ellos lo van a manejar mejor”. Cosas tan incongruentes y sin sentido: no sabían todo lo que tuvimos que luchar para recuperar un territorio que nos pertenecía. Tú quieres regalar algo cuando sientes que no lo luchaste, cuando sientes que no te pertenece. Entonces había una historia que quería contar, y que todos luchamos para lograrlo. ¿Cuánto tiempo le llevó hacerla? Siete años, porque tuvimos que buscar mucho material de archivo alrededor del mundo, y en el medio de todo nos vino la pandemia, que nos bloqueó el trabajo a alta definición. ¿Cuál fue la decisión narrativa más difícil de este trabajo? Utilizar a los negociadores de los tratados como contadores de la historia y hacer una historia paralela entre la población de Coclesito — que significaba la parte íntima del líder de las negociaciones, Omar Torrijos— y la parte externa, que es lo que todo el mundo veía, pero contada a través de los negociadores, por los mismos que estuvieron ahí: Aristides Royo, Adolfo Ahumada, Omar Jaén, Nicolás Ardito Barletta (vivos). Ángulos que rescató y que usualmente están por fuera de los relatos comunes. La parte interna y la parte externa. Esa forma de Omar Torrijos de trabajar con el exterior diplomáticamente con un perfil de personas, y la otra más íntima, más campechana, más básica de él. Como dijo el presidente de Colombia de esa época, Alfonso López Michelsen: era un personaje que tenía la capacidad de ser rústico y capaz de comunicarse con la mayoría de las personas de un país y también podía comunicarse con Valéry Giscard d’Estaing, presidente de Francia, y ser capaz de leerlo. Y creo que también fue capaz de leer a los norteamericanos de esa forma: desde un punto de vista empático, de comunicar, no de cerrarse. Tenía cosas tan básicas como decir: “si voy a un pueblo y veo que un perro está flaco, sé que la gente tiene hambre”. ¿Qué descubrió en Coclesito? Para mí, Coclesito era su lugar de meditación, sobre cómo trascender. Justamente decía: “me meto al río vestido y me abstraigo”. Creo que era una persona muy al servicio de la gente. Él nació en Santiago de Veraguas, pero conoció Coclesito porque hubo una inundación y entonces el cura les pidió que le escribieran una carta porque habían perdido todas sus cosechas. Él se fue para allá, decidió traerles ayuda y usarlos como plan piloto. Los vio que querían trabajar, entonces empezó a moverse y se construyó una casa como ellos. ¿Usted conocía Coclesito previo a ‘Hijo de Tigre y Mula’? No, fui para allá para entrevistar a quienes lo habían conocido y para conocer la Casa Museo, y la verdad me impresionó mucho cómo la gente en ese lugar tenía otro punto de vista: habían conocido al hombre detrás del uniforme. ¿Lo más difícil de conseguir material para hacer la narrativa de la película? Conseguir la combinación de archivos; las fotos de Tom Zimbero¯ de la Fundación Omar Torrijos fueron muy importantes. Otro material importante fue del GECU. Para las nuevas generaciones que quieren estudiar cine, ¿algún consejo? Hay que trabajar el cine como si fuera cualquier otro trabajo, tener disciplina y no pensar que esto va a ser solamente arte; que tu inspiración te sirva como energía para seguir el camino. Creo que hay que aprovechar mucho el Fondo del Cine de Panamá, que apoya a los jóvenes, ir aprendiendo sobre la marcha, no tirarte a lo grande: ir poco a poco aprendiendo y creciendo. Por último, no podemos subestimar la importancia de leer, de escribir, de expresarse, y la importancia de tomar clases que tengan que ver: de dirección, de actuación, de expresión; tomar otro tipo de cursos que te van a alimentar lo que vas a hacer. ¿Vendrán otras historias sobre Panamá? Estoy escribiendo un guion sobre mujeres, una película sobre una mujer que va a impactar. Es una historia franco-panameña donde le doy importancia a la mujer como factor revolucionario o de cambio en un país. Los que no han podido ver ‘Hijo de Tigre y Mula’, ¿cuándo volverá a estar en Panamá? Hijo de Tigre y Mula se presentará en Panamá el 15 de diciembre de 2025 en dos tandas, a las 7 y 9 de la noche, en el Teatro Ateneo de Ciudad del Saber. La entrada es libre, así que lleguen temprano. Frank Gehry en Berlín, 2017. EFE El legado de Frank Gehry: del Biomuseo a la reinvención de la arquitectura global DECESO Reyna Katiuska Hernán [email protected] El arquitecto canadiense-estadounidense Frank Gehry, autor del emblemático Biomuseo en la Calzada de Amador, falleció este viernes 5 de diciembre en su residencia de Santa Mónica, California, a los 96 años, debido a complicaciones respiratorias, según confirmó su jefa de gabinete, Meaghan Lloyd. Nacido en Toronto y radicado desde la adolescencia en Los Ángeles, Gehry se convirtió en una de las figuras más influyentes de la arquitectura contemporánea, célebre por sus formas audaces, su acercamiento escultórico al diseño y su capacidad para transformar ciudades mediante obras icónicas. Gehry tuvo una conexión especial con Panamá, país natal de su esposa Berta Aguilera Gehry, quien desempeñó un papel determinante para convencerlo de aceptar la propuesta de diseñar su primera obra en Latinoamérica: el Biomuseo. Para Ana Lucrecia Tovar de Zarak, expresidenta de la Fundación Amador, la presencia del arquitecto en este proyecto representó “un gran honor y una oportunidad extraordinaria”, pues posicionó a Panamá en la conversación global de arquitectura y museografía contemporánea. El Biomuseo se concibió como un edificio que narrara la historia del surgimiento del istmo de Panamá y su impacto decisivo en la biodiversidad del planeta. Tovar recuerda que, durante la visita de Gehry en 2023, tuvo la oportunidad de recorrer con él la obra ya terminada. Al preguntarle si cumplía con sus expectativas, el arquitecto respondió primero con un “¡No!”, que la dejó sin palabras por un instante. Luego añadió: “Esto es mucho más de lo que yo esperaba”, expresión que ella considera un motivo de orgullo para el país. La construcción del Biomuseo no solo fue un hito para la arquitectura panameña, sino también un ejemplo de colaboración internacional. Gehry utilizó colores intensos y formas irregulares para reflejar la riqueza natural de Panamá. El edificio integra un atrio al aire libre protegido por toldos metálicos multicolores, pensados para resguardar a los visitantes de la lluvia tropical, y plasmar la diversidad del entorno. El museo fue también una alianza entre la visión del arquitecto y el aporte de especialistas panameños que desarrollaron el contenido científico y museográfico. La importancia de Gehry para la arquitectura contemporánea se comprende a partir de tres elementos centrales. Primero, introdujo un lenguaje formal innovador, en el que los edificios se comportan como esculturas dinámicas, desafiando la rigidez tradicional. Segundo, fue pionero en el uso de tecnologías digitales avanzadas, como el software CATIA, adaptado de la industria aeronáutica, que permitió diseñar geometrías complejas con precisión milimétrica. Y tercero, demostró que la arquitectura podía revitalizar ciudades completas, como ocurrió con el Museo Guggenheim Bilbao (1997), obra que impulsó desarrollo cultural, turístico y económico, y que definió el llamado “efecto Bilbao”. Gehry había ganado en 1989 el Premio Pritzker, la distinción más prestigiosa de la arquitectura, mucho antes de convertirse en una figura reconocida mundialmente por sus obras revolucionarias. Su visión también dejó huella en Panamá. El Biomuseo nació gracias a la iniciativa de panameños como Rodrigo Eisenmann, quienes soñaban con un espacio que narrara cómo un pequeño territorio cambió la historia natural del mundo.
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