6A La Prensa Panamá, viernes 14 de noviembre de 2025 Panorama Respeto en las filas… ¿y eso con qué se come? URBANITAAS Raúl Lancheros ESPECIAL PARA LA PRENSA [email protected] Hay un lugar mágico en el que el tiempo se detiene, la paciencia se evapora y los modales se tiran por la ventana: la fila. Llámese fila para el banco, para el bus, para el baño público o incluso para el cielo (aunque dicen que allá sí se respeta), las filas son ese espejo donde la sociedad se ve tal cual: a veces educada, muchas veces desesperada… y, en ocasiones, muy creativa. Tomemos por ejemplo la fila del banco. Uno llega con cara de resignación, ficha en mano, dispuesto a esperar su turno como todo buen ciudadano. Pero entonces aparece “el vivo”, ese personaje que se desliza como culebra entre la gente, con el celular en la oreja, murmurando: “yo solo voy a preguntar algo rapidito”. Spoiler: nunca es rapidito, y nunca solo pregunta. Sale con un préstamo aprobado y una sonrisa que da ganas de cambiarse de banco… o de país. En las filas del transporte público es donde se libran las verdaderas batallas épicas. Como la señora que saca codo con precisión quirúrgica para colarse en el metrobús. O el caballero que, en un acto de sacrificio supremo, “acompaña a su tía” en la fila… pero se sube primero que ella. Aquí, el que no improvisa, no avanza. Y si hay lluvia, prepárate: las filas se disuelven como azúcar en café. Todos corren, nadie respeta, y siempre hay uno gritando “¡yo estaba primero!” desde un charco. Y no hablemos de las filas en carretera. Ahí el respeto es opcional y el “juega vivo” es ley. Siempre hay uno que se tira por el hombro, avanza 200 carros y luego pone direccional con cara de inocente, como diciendo: “¿me dejas meterme? Es que tengo el arroz en el fuego…” El resto lo mira con odio puro, pero al final alguien lo deja pasar, y ahí es cuando el mal triunfa. Hay que admitirlo: en este país, el karma viene con tráfico incluido. La pandemia nos enseñó a hacer filas a dos metros de distancia. Algunos aprovecharon para hacer amistad; otros, para meditar. Pero también surgió el fenómeno del “guardador de puesto profesional”: “Voy adelante, mi priRecreación artística inspirada en Lucho Azcárraga. Creado con IA / ChatGPT-5 Bailando con Lucho Azcárraga Juan Ramón Vallarino L. ESPECIAL PARA LA PRENSA [email protected] ÉPOCA Desde muy joven se destacó en la música. En tiempos de cine mudo tocaba el piano en los intermedios de los cines Cecilia, El Dorado y Amador, cobrando un dólar por función. A los 15 años, cuando cursaba cuarto año de secundaria en el Colegio Javier, despertó en mí el interés por los bailecitos y las reuniones con muchachas. Por esa época llegó a Panamá una instructora de baile norteamericana llamada Lona Sears, que se puso muy de moda entre los padres de los adolescentes. Decenas asistíamos a sus clases de baile y buenos modales, dictadas en el recién inaugurado Hotel El Panamá. Allí conocí a varias muchachas y también a estudiantes del Colegio La Salle, el otro colegio católico de la época. Mi madre y varias de sus amigas consideraron importante que participara en reuniones sociales con jóvenes de mi edad y organizaron encuentros bailables en la residencia del Dr. Antonio González Revilla, donde vivía su hija Quetita, contemporánea mía. De esas reuniones recuerdo a Antonieta Alfaro, Ana Elena Sosa, Julieta De León y a la propia Quetita. Con las clases de Lona Sears y las prácticas en casa de Quetita ya estaba listo para asistir a los bailes de 15 años, muy populares entonces. Se celebraban en el Club Unión, en el Salón Bella Vista del Hotel El Panamá, en El Ateneo de Ciencia y Arte y en residencias particulares. Eran bailes formales y las muchachas asistían muy engalanadas y perfumadas. La experiencia de bailar “Mejilla con mejilla” o “Pegado” resultaba difícil de entender en un tiempo en que se monitoreaban estrictamente las relaciones entre adolescentes, al punto de que estudiábamos en colegios separados los varones y las muchachas. En varios de estos bailes tocó el célebre organista y compositor Lucho Azcárraga, acompañado por sus hijos Frank (saxofonista) y Chipi (percusión). Lucho interpretaba música alegre y, cuando el ritmo se ponía más movido, organizábamos trencitos que recorrían la pista con entusiasmo. Otra modalidad era cuando tocaba “La Raspa”, que ponía a todos en movimiento. Si una pareja destacaba por su destreza, formábamos una rueda para admirarlos. Asistir a un baile de 15 años donde tocara Lucho Azcárraga era una experiencia inolvidable. Algunos nos acercábamos a verlo manejar el teclado del órgano y, al conversar con él, descubríamos su gran sentido del humor, siempre con comentarios jocosos. También se organizaban bailes más informales en residencias particulares, usando el sistema de “Pasa la voz”. Esto originó el fenómeno de “los paracaidistas”: muchachos que llegaban sin invitación ni conocer a los dueños de la fiesta, a ver cómo les iba. Con el tiempo esta costumbre se salió de control y hubo casos de peleas entre invitados y extraños. Por ello, los padres comenzaron a sentarse en la entrada con una lista para verificar quién podía entrar. Si el nombre no estaba en la lista, llamaban al adolescente anfitrión para decidir si se permitía el ingreso. En estas fiestas se consumía whisky o scotch, a diferencia de la actualidad, donde predominan otros licores como ron, seco o ginebra. Justo cuando comenzó mi interés por las fiestecitas surgió el ritmo del cha cha chá. Entre los jóvenes causó furor y las muchachas disfrutaban los saltitos característicos. Los cha cha chás más populares entre mi generación fueron El bodeguero, Los marcianos y Me lo dijo Adela. Además de Lucho Azcárraga y del cha cha chá, se bailaba mambo, popularizado por Dámaso Pérez Prado. También irrumpió el rock and roll, con Elvis Presley, Bill Haley, Little Richard y otros músicos. Mi generación creció escuchando música alegre. La vida de Lucho Azcárraga merece una referencia especial. A los seis años contrajo polio en la pierna izquierda, lo que le dejó una cojera permanente. A pesar de ello, desde muy joven se destacó en la música. En tiempos de cine mudo tocaba el piano en los intermedios de los cines Cecilia, El Dorado y Amador, cobrando un dólar por función. Lucho fue músico activo desde temprano. Tocó en el antiguo Club Miramar con el cantante Miguelito Valdés, conocido como Mr. Babalú, como relata Luis Celerier en su obra Bits and pieces of the history of Panama. También tocó en el Club Unión y en jardines como El Rancho. Su talento lo hizo muy conocido en la Zona del Canal y en Estados Unidos, país que visitaba con frecuencia por compromisos musicales. Viajaba como músico de planta en el barco Cristóbal, que hacía la ruta Panamá–Nueva York transportando empleados de la Compañía del Canal y a sus familias. El ambiente en el barco era festivo, animado por la música de Lucho y su conjunto. Una anécdota notable: cuando el general Dwight Eisenhower visitó Panamá, fue invitado a una fiesta en el Club Unión donde tocaba Lucho. Ante la pregunta de qué canción quería escuchar, Eisenhower pidió una melodía que Lucho no conocía. Lucho le pidió tararearla y, gracias a su talento, logró interpretarla, impresionando al general. Por sus viajes y trayectoria, Lucho Azcárraga se convirtió en el músico panameño más conocido en el exterior, distinción que mantiene hasta hoy, quizá igualada únicamente por Danilo Pérez. Varias piezas que interpretaba eran composiciones de Ricardo Fábrega, en ritmos de bolero y tamborera, muchas de ellas cantadas por Silvia De Grasse y que hoy forman parte de la historia musical panameña. Panamá también se ha destacado por la calidad de sus organistas: Avelino Muñoz, Toby Muñoz, Mario Fábrega, Ramón Tito Mouynes, Chacho de la Rosa y Frank Preto, entre otros. Lucho Azcárraga dedicó su vida a la música, especialmente al órgano. Desde los 12 años, cuando comenzó a tocar en los cines, hasta su muerte en 1996. Recibió las condecoraciones Vasco Núñez de Balboa y Manuel Amador Guerrero. Entre sus grabaciones destacan: Alegría en Panamá Bailando en Panamá Carnaval de oro en Panamá Carnaval en Panamá El nuevo Panamá fiesta Golden anniversary Panama Canal Society Lindo Panamá Lucho en Perú Melodías tropicales Mi Panamá Noche en Panamá Panamá Panamá fiesta Panamá típico Panamá presenta Recuerde Panamá Siesta en Panamá El autor abogado. mo viene atrás con cinco más, pero ya tú sabes, estamos juntos desde las vacunas”. Y ni hablar de las filas del supermercado. Uno cree que va de salida cuando aparece la señora con el carrito repleto y cara de “¿me dejas pasar? Solo llevo dos cositas”. Acto seguido, saca 38 latas, una sandía, tres gallinas y un bono navideño vencido. Y uno, que dijo que sí por pena, termina viendo crecer las canas. Por si fuera poco, están las filas invisibles: esas que nadie hace, pero todos reclaman. En el ascensor, en el baño de mujeres o en el cumpleaños cuando reparten pastel. Siempre hay uno que “no vio la fila”, pero tiene plato y cuchara listos. En fin, respetar las filas es más que urbanidad: es una forma de reconocer que todos tenemos prisa, que nadie quiere perder tiempo y que sí, todos tenemos arroz en el fuego. Tal vez, si nos tratáramos como nos gustaría ser tratados en la fila del cielo, este mundo sería un poquito más decente... o al menos un poquito más paciente. Hasta entonces, respira profundo, haz tu fila… y lleva buen calzado. Porque el respeto, como el buen humor, siempre está de pie. Y si te desesperas, recuerda: podrías estar peor… en la fila del Seguro Social. El autor es ingeniero retirado.
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