23 27.02.2026 ELLAS.pa quien domina el agua y el viento por oficio. Desembarcamos en ese rincón donde el Caribe es íntimo y la selva recupera su espacio. Calor abrasador, brisa loca. El eco de un mar que a veces se torna bravo al golpear las rocas. Mi amiga Sol y yo fantaseamos con quedarnos allí para siempre. De vuelta en La Morada, el atardecer nos encontró en la terraza, intentando procesar el contraste entre la furia del mar y la paz de la casa. Era sábado 31 de enero. La noche trajo una luna llena que dejó la bahía en blanco y negro, pero abajo, en la plaza, el tambor no daba tregua. Bailamos. No hubo noción del tiempo, solo ritmo, tradición y el pulso eléctrico que solo saben liberar los congos cuando la noche les pertenece. LA ESTIRPE QUE VIGILA Llegó el domingo. El sonido de un mar potente, que parecía haber recobrado fuerzas durante la madrugada, terminó por sacudir la inercia de las sábanas y animó a los cuerpos a buscar el sol. Pero antes de salir, la habitación reclamó su cuota de atención. Dormir en La Morada es hacerlo bajo la vigilancia de una estirpe. En las paredes del cuarto, las imágenes dictaban su propia ley. Un cuadro mostraba a un niño coronado como un pequeño rey congo; su torso desnudo y su expresión seria, casi adulta, enmarcados por un borde de símbolos verdes y blancos que parecían un código secreto de la selva. A pocos pasos, otra pieza de Sandra detenía el tiempo: unas manos curtidas, oscuras como el carbón, se posaban sobre la cabeza de un joven, como si le estuvieran transfiriendo todo el peso de Portobelo en un solo gesto. SANDRA Y LOS NIÑOS Esa conexión entre Sandra y los niños tiene una historia profunda; fue el cimiento de todo. Al principio, para la gente del pueblo fue incomprensible que una mujer blanca, de la capital, decidiera instalarse en la casa del muerto D’Orcy, un hogar sin electricidad ni comodidades. Ella misma lo describió como una “extrañísima sensación”, un destino que le resultaba absolutamente natural. Todo eso se cuenta en el libro Sandra Eleta: El entorno invisible. Allí se relata que la integración con Portobelo no le llegó por los adultos, sino a través de los niños. Atraídos por la curiosidad que despertaban sus velas y su música clásica, ellos fueron el puente sin prejuicios. Primero la llamaron “la loca”, pero pronto, por esas mismas velas que encendía en la oscuridad de la noche, el apodo mutó a uno definitivo y cargado de un respeto ancestral: “La Bruja”. Así, lo que empezó como una extrañeza se convirtió en una integración profunda que hoy se respira en cada rincón de la casa. Caminé a la terraza. El café sabía a despedida. El sol de la mañana golpeaba la bahía y el viento soplaba incesante, rebelde y borrascoso. Había aviso de tormenta. Esa agitación del clima parecía ser el último mensaje de la costa: Portobelo no te deja ir sin recordarte quién manda. El mar, que el viernes nos recibió con un “besito” engañoso, ahora mostraba los dientes. Al final de la tarde, Sol y yo emprendimos el regreso a la capital. Efraín, nuestro guía en el agua, cambió el timón por el volante para sacarnos de aquel universo. Se acercaba la noche y otra vez el Caribe enseñaba la exuberancia de los colores que se dilatan cuando el sol se despide. El mar ahora estaba más furioso. Desde la carretera observamos el feroz baile de las olas rompiendo contra la costa. Fue entonces, con la ciudad asomando en el horizonte, cuando le conté a Sol la historia inacabada que yo tenía con La Morada. Le hablé de esa visita que quedó truncada hace más de una década, de los muros que otros levantaron en ese entonces. Ella me escuchó en silencio y, con la sabiduría de quien sabe leer a la gente, me dijo: “La vida redime”. Entendí entonces que ese fin de semana la estancia entre cuadros y libros había sido, en el fondo, un acto de justicia personal. Estar allí, bajo mis propios términos, fue mi propia forma de ganar. La Morada de la Bruja sabe esperar a que cada uno llegue a su puerta en el momento exacto. LA HABITACIÓN VERDE con los cuadros de los niños congo. Es la imagen que ilustra “dormir bajo la vigilancia de una estirpe”. PUERTO FRANCÉS, Portobelo, en Colón. LA CASA BLANCA de La Morada de la Bruja, en Portobelo, Colón.
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