El Caribe ama bonito y te estremece. Es un abrazo de sal y humedad que te avisa que el tiempo, a partir de ahora, será distinto. Llegamos a Portobelo un viernes por la tarde, justo cuando este histórico pueblo de Colón empezaba a encenderse con la luz del ocaso. Al cruzar el umbral de La Morada de la Bruja, mis ojos se detuvieron en la bahía: un abismo de aguas mansas rodeado por la selva y la historia. Pequeñas embarcaciones, mecidas por el vaivén de las olas, descansaban sobre el agua. El sol se despedía con un espectáculo de malvas y amarillos sobre el azul de la bahía. Nos hospedamos en la “casa blanca”, parte del conjunto de casitas que componen este refugio de la artista Sandra Eleta. Es un espacio diseñado para quien quiera sumergirse en este territorio de origen cimarrón, donde el tambor habita en cada calle. por: Eliana Morales Gil fotos: Cortesía ESCAPADA Un fin de semana en la casa de la artista Sandra Eleta, un refugio donde la fotografía de Putulungo vigila la bahía y el tambor nunca da tregua. UNA MORADA EN PORTOBELO 22 27.02.2026 ENTRE NOS ELLAS Estar en esa casa es una experiencia con vida propia. Instalada sobre el mar, su terraza es una invitación abierta a la brisa; un palco para observar el baile del sol y la lluvia, para ver a la gente partir y llegar. Allí el arte, la fuerza ancestral y la tradición conviven libremente. Y cuando es necesario, también hay silencio. La morada respira arte. En la cocina, en las habitaciones, en los baños, en las escaleras. En cada paso está la mano de la creadora. En la terraza nos observa Putulungo el pulpero, quizás la mirada más profunda de la fotografía panameña. Es una de las imágenes más icónicas de Sandra, capturada en la década de los 70: un hombre negro con su dignidad infranqueable sostiene una mantarraya como quien carga un cetro. Sus ojos escudriñan y se ahondan en el alma de quien lo mira; es un encuentro cara a cara con la soberanía de Portobelo. Y LOS LIBROS Hay libros. Muchos. Tuve en mis manos El Imperio eres tú, de Javier Moro; también una edición de bolsillo de El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, con su revolución íntima y caribeña. Más abajo, Divorcing the Dictator, de Richard Feinberg, abría preguntas sobre rupturas políticas recientes. Una biblioteca que parece hablar de la vida observada desde todas las orillas. Me habría quedado allí, suspendida entre esa estética y sus historias, pero afuera la vida caía con sus propias leyes. Una noche profunda y cargada de sonidos. El repique de un tambor terminó por sacarme del refugio. Y ahí, en la calle, la mística se volvió carne: risas estruendosas, miradas que te miden sin miedo y manos que castigan con ritmo el cuero del tambor. Frente a la Escuelita del Ritmo, un grupo de portobeleños le ganaba a la noche a punta de repique. Pasaban del coro urbano de Hawái, de Bad Bunny, a la cadencia de Gotas de lluvia, esa vieja salsa del Grupo Niche. De vez en cuando, soltaban un sonido congo, como homenaje a la tierra que los parió. EN PUERTO FRANCÉS Al día siguiente, la playa Puerto Francés nos esperaba a 20 minutos de lancha. Efraín gobernaba la embarcación. Con las manos curtidas en el mar, llevaba el timón con la autoridad de
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