Hay lugares que se visitan, pero hay otros que se quedan contigo. Chiriquí es uno de ellos. Es ese instante en el que el tiempo parece ir más lento, en el que el sonido del mar reemplaza el ruido y la naturaleza no solo se observa, se vive. Desde Punta Tierra y Puerto Pedregal hasta Puerto Armuelles, hoy impulsado por su nuevo puente como símbolo de conexión y futuro, se traza una ruta que no solo une destinos, sino emociones. Es el inicio de un viaje que lleva hacia uno de los paisajes más impactantes del país: las islas del Golfo de Chiriquí. Allí, todo cambia. El agua se vuelve más clara, el aire más puro y el silencio más profundo. Cada isla es un refugio, un espacio donde la naturaleza se expresa sin prisa y sin filtros. Playas intactas, manglares llenos de vida y horizontes infinitos construyen un escenario que no necesita explicación, solo ser sentido. Y lo más sorprendente es su cercanía. Islas como Paridas, Gámez pertenecen al distrito de David, lo que permite que en tan solo 45 minutos, desde Punta Tierra o Puerto Pedregal, cualquiera pueda pasar de la ciudad a un paraíso natural. En ciertas épocas del año el mar regala uno de sus momentos más conmovedores: el avistamiento de ballenas. Verlas emerger libres y majestuosas no es solo un espectáculo, es un recordatorio de lo pequeño que somos frente a la inmensidad y de lo importante que es cuidar lo que nos rodea. Chiriquí no es solo un destino. Es una experiencia que conecta, que transforma y que deja huella. Un lugar donde el mar no solo toca la costa… toca el alma. Stefanie Terrado Tesoros ocultos de Chiriquí, d de el m abraza el alma
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